Año tras año se repite la liturgia: guardar la agenda vieja, comprar una nueva; repasar el año que termina, aventurar cómo serán los doce meses -inmaculados- que se presentan por delante. El tiempo no espera por nadie, y mi deseo ante el nuevo 2010 es disponer del suficiente para gastarlo en procurar la felicidad de la gente que quiero. Decía López Aranguren -objeto de una exposición retrospectiva este 2009- que el tiempo se nos escapa “precisamente, paradójicamente, porque corremos tras él”. Pues bien, mi deseo es que tengamos -yo y quienes lean estas líneas- tiempo para lo verdaderamente importante. En estos momentos en los que 2010 es ante todo un horizonte de posibilidades, zambullámonos en sus aguas -como el nadador del enigmático fresco de la colonia griega de Paestum (Italia), que parece arrojarse con entusiasmo a lo desconocido- y disfrutemos del porvenir. ¡Feliz Año Nuevo!
Archivo mensual: diciembre 2009
Amor por el centrifugado
Qué estampa tan dichosa la de ver a los niños y niñas subidos en alguno de los tiovivos que estos días de fin de año se instalan en las plazas de la ciudad, pasándoselo en grande dando vueltas sin parar una y otra vez, en una felicidad infinita. La diversión de rodar por rodar en el carrusel, que en inglés se llama, con acierto, merry-go-round (algo así como “la alegría da la vuelta”, en una traducción libre). ¿Anidará en alguna parte de nuestro ADN esta querencia por los centrifugados? Luego crecemos, pero nos sigue gustando el movimiento, el viaje, la búsqueda de algo distinto, de pastos que tengan diferente verdor: no en vano somos una especie trashumante.
Lo tuyo no es una familia
Tú que vienes de otro mundo, Faktuna, ¿tienes familia? ¿Y cómo es? ¿Estás casado por tu iglesia, has tenido los hijos que te mande tu dios, comulgas y confiesas tus pecados todos los domingos? ¿No lo haces? ¡Qué me dices! Pues entonces lo tuyo no es ni familia, ni nada; es un paripé. No es que lo diga yo, no, sino una instancia que responde a las siglas CEE, del siglo, ¿de qué siglo?, y que pretende seguir pontificando de cara a los milenios venideros como si la España de hoy en día no estuviera conformada por familias de todo género y condición, mal que les pese a los organizadores de eventos como el del pasado domingo en Madrid. Es necesario repetirlo, para que no se apropien de las palabras: su familia no es la única familia digna de tal nombre, su moral no es la única moral existente, mal -de nuevo- que les pese a estos señores de negro (suelen ser señores) que llevan dos mil años de mal humor.
Pespunteando el horizonte
Bandadas de aves en formación perfecta salpicaban ayer por la tarde, cuando no faltaba mucho para la puesta de sol, el cielo de Madrid desde mi ventana, hacia el ¿suroeste? Era una tarde gris, pero las aves volaban por encima de las nubes que impedían dejar pasar el sol, y sus cuerpos actuaban reflejando hacia abajo los rayos solares, pespunteando el horizonte nublado con destellos intermitentes. Lo hacían con tal perfección que en algunos momentos el dibujo de su vuelo se asemejaba a una vainica doble. Eran puntos luminosos que rompían el gris invernal celeste, y su belleza superaba con creces a cualquiera de las lucecitas de colores que estos días de Navidad adornan las calles de esta gran metrópoli.
Estrella tu copa
Es curioso el destino fatal de algunas cosas. Las copas de cristal (no los vasos, pero sí las copas, estos días tan presentes en las mesas de estas celebraciones) suelen terminar rotas en mil pedazos al menor descuido. Los paraguas, ahora que estamos en invierno, tienden a perderse a la mínima de cambio. Los calcetines tienen la fea costumbre de desaparecer, pero sólo uno de los dos: ¿alguien sabe si en las lavadoras existe alguna especie de agujero negro que los engulla? Singular fin el de estos objetos, sí. Por eso, estrella tu copa; total, algún día (más próximo que tarde) se hará añicos y te cortará las manos. Desempareja tus calcetines; total, ellos siempre lo hacen por su propia iniciativa. Abandona tu paraguas en cualquier taxi; total, siempre acaban olvidados en algún sitio. Con estos consejos, total, no estarás más que anticipando en el tiempo el destino fatal de estos tres objetos. ¿Cuánto tenemos de copas, paraguas y calcetines las personas?
Corazón partido
A estas alturas del año, cuando llega el solsticio de invierno, mi hija Estrella, inventora de Faktuna, tiene el corazón partido entre dos pasiones. Hoy tuvo su cita con el primero de estos amores, Papá Noel; el próximo día 6 tendrá la segunda y más importante, los Reyes Magos. Para Santa Claus, Estrella me dictó la siguiente carta, que el señor gordinflón ese de rojo (yo soy de los Reyes Magos) se ha debido de encontrar esta noche junto al árbol navideño: “Papá Noel, como eres muy goloso, Estrella te ha dejado un pequeño Santa Claus de chocolate y una leche [sic], de parte de mamá. Y luego, de parte de papá, te he dejado una pegatina de esqueletos porque los Reyes Magos se asustan con las pesadillas”. Ella ya sabe que entre uno y otros hay pique; seguro que la noche del 5 me dicta otra misiva.













