Las rebanadas de buen pan se van empapando de leche azucarada, antes de pasar por huevo y sumergirse en el aceite de oliva caliente, ese elixir incomparable patrimonio de la cocina mediterránea. Vuelta y vuelta, evitando que se queden secas. Unos breves minutos de chisporroteo y salta la torrija de la sartén a la bandeja. Una vez tostadas, me gusta pintarlas con el almíbar que tengo preparado en un cacito y espolvorearlas de ¡más azúcar! y algo de canela. Ya va una buena remesa y no queda pan. Qué delicia. Me encantan las torrijas, y ahora es tiempo de ellas. Cuando se acabe esta fuente haré otra; ya dejaremos para más adelante la operación bikini; la lorza hay que cuidarla y engrasarla. Hasta a tres euros las venden en algunas pastelerías de Madrid; en esta fuente hay una pasta, pues. Mientras me relamo de gusto con la que me acabo de zampar, imagino: ¿por qué no sustituir estos días las aburridas banderas de los edificios oficiales, que tenemos tan vistas, por grandes torrijas ondeantes, chorreando dulce? Los padres y madres alzarían a sus niños sobre sus hombros para coger un cacho de la bandera torrijera y dársela de comer a los pequeños; esa sí que sería una buena comunión con el ser de esta piel de toro, en la que tantos símbolos gastronómicos compartimos: pan, aceite, vino, queso… y torrijas de Semana Santa. Gracias de corazón a tod@s los que siguen este modesto bloc de notas (¡ya van casi 4.000 visitas!) y me animan con sus comentarios: buen descanso, si pueden, y hasta la vuelta. A quienes salgan, que vean paisajes que les ensanchen y endulcen el alma.
Archivo mensual: marzo 2010
% y molde
Admiro estos cacharros electrónicos contemporáneos de bolsillo, que en unos pocos centímetros cuadrados reúnen capacidades para realizar mil cosas: hablar por teléfono, ver vídeos, hacer fotos, conocer las cotizaciones bursátiles, navegar por Internet, leer el correo… Aunque, al final, casi siempre acaba uno usando menos cosas de las que el aparato nos ofrece y se limita a emplear unas pocas. Suele pasar lo mismo con nuestra vida: traemos muchas posibilidades de serie en nuestro manual de instrucciones (aunque vengamos sin él cuando nacemos), pero a la postre empleamos sólo unas cuantas, un pequeño tanto por ciento. Y, además, lo que hacemos se guía casi siempre por el molde de lo que hemos venido haciendo desde siempre, por la tiránica fuerza de la costumbre que describía el pensador francés Michel de Montaigne allá por el siglo XVI: “Porque la costumbre es en verdad una maestra violenta y traidora. Establece en nosotros poco a poco, a hurtadillas, el pie de su autoridad; pero, por medio de este suave y humilde inicio, una vez asentada e implantada con la ayuda del tiempo, nos descubre luego un rostro furioso y tiránico, contra el cual no nos resta siquiera la libertad de alzar los ojos” (Los ensayos, según la edición de 1595 de Marie de Gournay, cap. XXII. Barcelona: Acantilado, 2007). Así pues, ahí quedan dos cuestiones para reflexionar: ¡Incrementa el tanto por ciento de ti mismo que usas! ¡Rompe los moldes y las costumbres! ¿Por qué no intentarlo? ¿Vamos a ser menos que un smartphone?
La piedra
«Sobre la piedra se fundó un credo, creo recordar, hace cieeeentos de aaaañossss. Después de unos decenios más austeros, la piedra hasta se envolvió en oropeles; a la piedra siempre le gustó el lujo. La piedra se fue recubriendo luego de moho y de grietas (en el desierto espiritual, con las temperaturas extremas, el agua del día se transforma en hielo por la noche y raja cualquier pedrusco por duro que sea; los cambios de temperatura difieren hasta en cuarenta grados; no hay piedra que resista tal violencia). Sobre la piedra se alzaron construcciones ideológicas y hasta teológicas; parecía tener vida propia y de vez en cuando supuraba humores corporales y otros fluidos que tenían una extraña querencia para depositarse sobre infantes/as. Y la pregunta final es: ¿no es curioso que, a fuer de buscar lo celestial, de ansiar la comunión con lo que (suponen los piedrólogos) hay arriba, la piedra acabara siendo tan abyectamente terrenal?»
Cuento escatológico
«Buenas tardes, doctora, qué guapa está. Aquí Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Vengo a verla porque tengo problemas con los gases. Expelo ventosidades a gran velocidad, pero siempre miro a izquierda y a derecha cuando estoy en lugares cerrados, en el Metro por ejemplo, porque suele quedarme la duda de si mis vecinos de vagón se habrán percatado de mi procacidad y me me da vergüenza que mis congéneres detecten mi carácter porcino. Y el caso es que luego acudo a comidas, tertulias y otros encuentros sociales en los que, ¡oiga!, excreto gran cantidad de basura por la boca, y me importa un comino lo que piensen de mí. Me crezco especialmente cuando estoy con mis cuñados, esa gentuza de izquierda con quienes mis hermanas tuvieron el error de contraer matrimonio; les dejo atónitos y como desencajados con mis comentarios de hombre recto y de bien, de español sin tacha y orgulloso de serlo, que es lo que no son esos desgraciados: el 11-M, un montaje del PSOE; el caso Gürtel, un invento de Rubalcaba; los inmigrantes, al mar; a los parados, que les den; los socialistas, unos ladrones; pagar impuestos, de tontos. Aquí el único que puede robar soy yo, que desfalco todo lo que puedo en mi empresilla y tengo contratada a una mucama sin papeles a la que le pago cuatro duros; que se joda, y si no, que se hubiera quedado en su país. ¿Me da alguna medicina, doctora? Sí, algunas pastillas para la tripa; bueno, lo he pensado mejor: para mí no; para mis cuñados, para que se les pase el estreñimiento.»
Mapa del tesoro
Me vino mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas de Faktuna, con un gran secreto: “Papi, este es tu mapa del tesoro”. Mi mapa, porque confeccionó otras dos copias, una para su madre y otra para ella. Y en efecto, me hizo entrega de un pergamino (un folio enrollado) con un mapa dibujado con boli azul de arriba a abajo y los siguientes elementos en su composición: unas nubes, un barco pirata en el cielo, un sol de aspecto burlón, una isla con montañas, unas olas, un ser sin identificar (“un señor”), una palmera. A la derecha de la palmera parten unas decenas de puntos -pasos- que llevan a un lugar señalado con una equis… que es donde se encuentra el tesoro, claro. Mi niña me precisó: “Papi, debajo de la palmera, en la playa, antes de ir a buscar el tesoro, nos tomaremos un cóctel” (el suyo sin alcohol, apostillo yo). Lo que no me indicó es cuál es el tesoro, pero creo que le da igual. Estrella tiene claro que lo importante en la vida es el misterio y las ganas de jugar, de aprender y de avanzar, sin pensar en lo que haya al final del camino.













