La crisis golpea con especial crudeza a los medios de comunicación, y muy especialmente a la prensa escrita. En el caso de los periódicos, su delicada situación económica se complica por un replanteamiento del modelo de negocio que se necesita para sobrevivir, a cuenta de la revolución que ha supuesto Internet. ¿Seguirán existiendo periódicos en papel dentro de unos pocos lustros? ¿Cómo serán los medios que consultarán nuestros nietos? Es un interrogante. Pero lo que siempre serán necesarios serán periodistas que separen el grano de la paja, que nos desbrocen la actualidad entre los ramajes de la jungla, que filtren y contrasten la información, que respeten unos mínimos códigos éticos y profesionales; que nos ofrezcan un producto de calidad. Que hagan, en suma, buen periodismo y combatan el rumor, la crispación y el insulto que tanto se estilan. Profesionales, a la postre, que sean humildes y pequeños historiadores de lo cotidiano, como gustaba de decir un viejo compañero de este digno oficio. Sobre estas cuestiones reflexionaba este jueves, en El País, José Luis Barbería, que firmaba un interesante artículo, Elogio del periodista. De lo contrario, la comunicación en la aldea global se irá pareciendo cada vez más a un gallinero lleno de gritos y voces, de un ruido ensordecedor para nuestros nietos.
Archivo mensual: marzo 2010
Brama la caverna
Escucho las tertulias nocturnas que perpetran algunos medios; cada uno tiene sus depravaciones y mortificaciones. Y oigo que brama la caverna contra la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, que este miércoles por la mañana, en unas jornadas del PSOE en el Senado sobre Universidad e Igualdad, apuntó la idea de que la tradición intelectual feminista pueda tener una mayor presencia en la formación universitaria, para reivindicar así un mayor protagonismo de los estudios de igualdad en las aulas; qué osadía más condenable. Es curioso que todas las iniciativas de este Ministerio reciban una descalificación inmediata y feroz por parte de la derecha sociológica (quizá pueda un@ consolarse con el cervantino ladran, luego cabalgamos). La ignorancia es muy atrevida, y cuando se reviste de la intolerancia derechista que exhiben algunos llega a ser un engrudo demasiado estomagante. Son los mismos que se olvidan de que no fue hasta hace sólo un siglo -marzo de 1910- cuando se autorizó el acceso sin restricciones de las españolas a la universidad; o sea, al conocimiento superior; ¿lo sabían? Es la misma caverna que, por cierto, no abre la boca -por citar otra cuestión de actualidad- ante las reiteradas y constantes denuncias de abusos sexuales a niños que se vienen sucediendo en estos días en instituciones religiosas. Esto último sí que es una vergüenza absoluta sin paliativos que merece una condena eterna por los siglos de los siglos amén. ¡Digan algo!
El Guernica
Ya se ha movido bastante. Comenzó su andadura en París, con motivo de la Exposición Universal de 1937, mostrando al mundo, desde el pabellón español, el horror de los bombardeos fascistas en la Guerra Civil. De allí pasó a Nueva York, a su Museo de Arte Moderno, con algunos otros viajes de por medio. De esa gran metrópoli, capital del mundo, regresó a esta gran otra ciudad que es Madrid, a los pocos años de la Transición democrática, en 1981, cumpliéndose así el deseo de Picasso de que esta obra no volviera a España mientras estuviera bajo el yugo y las flechas franquistas. Su primer hogar fue el Casón del Buen Retiro, frente al parque homónimo; y era grato dar un paseo por el parterre que está enfrente y pasar luego a echar una ojeada al cuadro. De allí lo movieron al Reina Sofía,en 1992. Así que, en efecto, mejor que no se mueva más, porque además, por su avanzada edad, presenta un delicado estado de salud. Total, sin necesidad de más mudanzas, es un cuadro que forma parte de la memoria colectiva y que decoró muchas de nuestras habitaciones de adolescentes, como un símbolo permante del horror de la guerra. El Guernica está bien donde está.
Voces y jadeos
«Buenas tardes, doctora. Uso audífono desde hace muchos años, desde que comencé a quedarme sordo, demasiado pronto para mi edad. Pero ahora me preguntaba si lo puedo dejar de usar, o al menos cambiarlo por uno menos potente; no sé. Verá, me acabo de comprar una casa de segunda mano. Cuando entré en ella, me transmitió muy buenas vibraciones. Estaba sin amueblar, salvo la cocina y el baño. En la cocina me llamó la atención un mueble especiero muy bonito; creo que es de madera de palo de rosa. Lo sorprendente es que los anteriores dueños de la casa, una pareja joven sin niños, habían dejado allí botes llenos de especias y algunos recipientes con otros productos. Destapé un bote de cebollas, que aún se conservaban bien -qué extraño-, y al instante creí oír unos lloros; sí, eran voces mezcladas con llantos. Lo volví a tapar, asustado. Luego cogí un bote de curry, y resonó en mi audífono una melodía romántica. Probé con un bote que ponía “especias picantes” y surgieron unos jadeos entrecortados; éste sí que lo tapé rápido, porque ya voy mayor y mi corazón no aguanta estas emociones. ¿Qué puedo hacer? ¿Tiro el audífono y me quedo en silencio? ¿O me deshago del especiero?»
PPG
PPG, siglas del Partido Pro Gorrión, de inminente aparición. Cuentan los medios de comunicación que los especialistas y amantes de estas avecillas están/estamos en alerta ante la caída de su población, de la que culpan a la competencia de otras especies -como las palomas y las cotorras- y a la excesiva limpieza de las calles, que elimina su magro sustento. Su censo es, todavía, muy elevado (hay 160 millones de ejemplares de gorrión común en España), pero su población ha bajado un 5% al año entre 2002 y 2008 (en tres comunidades se ha contabilizado una pérdida anual de 400.000 ejemplares). La situación es análoga a la que se viven en otros países: en Londres, por ejemplo, la especie roza el peligro de extinción después de que haya perdido más del 70% de su población desde 1970, relatan los periódicos. Así pues, ¡salvemos al gorrión! Que alguien haga algo y constituya ya el PPG: no privemos a nuestros hij@s del placer de ver a estos delicados animalitos bricando en los parques con su característico estilo, persiguiendo una miga de pan o una cáscara de pipa de calabaza; ellas todas pardas, ellos con la garganta negra.
La difícil sencillez
“Yo siempre he dicho que soy un hombre sencillo que escribe sencillamente”, decía el autor. Se ha ido Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), uno de los grandes de la literatura española, creador de novelas y de personajes imborrables (cómo olvidar al Azarías de Los Santos Inocentes, llevada al cine por Mario Camus, con su “milana bonita”). Quienes glosan su figura y su obra suelen destacar un rasgo de su creación literaria -aparte de coincidir en muchas de las virtudes que acompañaban al novelista y a la persona-, que comparte también cualquiera de sus lectores: la sencillez de la prosa de Miguel Delibes. La difícil sencillez, agrego yo, que al final resulta lo más complicado de conseguir para quien se dedica al oficio de las letras. La complejidad de escribir con sujeto, verbo y predicado, sin artificios, y pretendiendo dar respuesta, o no, a alguno de los grandes interrogantes que nos acompañan desde que venimos a este mundo: el sentido de la vida, la muerte, el sexo, el misterio del amor.
La maqueta
«Contemplo desde los ventanales de mi despacho, en la planta 33 de un edificio al suroeste de esta capital, el bullir de las calles en esta tarde soleada, la ciudad postrada decenas de metros más abajo, como una miniatura. Tras un rato de ensimismamiento, los ojos se me van luego hacia una maqueta real de otra ciudad en la que viví hace muchos años; la encontré tirada en el despacho de una compañera. Estaba algo mutilada y llena de polvo, la rescaté y aquí la tengo, al lado del ordenador, de pisapapeles, para que no vuelva a extraviarse. Me imagino las minividas de las gentes en esta maqueta: el ir y venir de Antón al periódico, el camino que Helena seguía para asistir a las clases del instituto, la ruta que hacía la señora Uxía para comprar en el mercado quesos de nabiza y lacones; tiempo ha. Vuelvo la mirada hacia las cotizaciones del Dow Jones y del Ibex 35 de la pantalla; qué apasionante. Y los ojos se distraen de nuevo con la maqueta: creo haber entrevisto una luz encendida en una casita del centro, al lado de la catedral; sí, es una estudiante que se aplica sobre los libros; y de otro edificio de la calle de la Reina me sube un olor a bizcocho recién hecho. Lo único que le falta es que la riegue un poco; este despacho tiene el climatizador a tope, el ambiente está muy reseco y esta maqueta debe añorar las lluvias de la ciudad que representa. Quizá la riegue, sí, y le pinte algún tejado de colorines, para alegrar el gris.»













