«Doctora, mi vida es similar a la del vizconde demediado de la fábula de Italo Calvino, al que un cañonazo de los turcos partió en dos, y cuyas mitadas siguieron viviendo por separado, una mala y otra mejor. En mi caso, mi división es semántica, porque aparentemente estoy entero y no tengo costuras. Pero ocurre que desde pequeño me crié sólo con la mitad de las palabras, las contenidas en el tomo de la H a la Z del diccionario de la Real Academia, que me regalaron mis abuelos (a los pobres no les llegó el dinero para el otro volumen, de la A a la G). Y ahí está el origen de mis problemas, porque noto que a mi mundo le faltan la mitad de los significados. Por ejemplo, sé qué es “ir de paseo” porque son palabras contenidas en el mismo tomo, pero tengo problemas con “hacer el amor”, que ya corresponden a tomos distintos, y ahí sí que me hago, perdone la crudeza de la expresión, la picha un lío y no acabo de aclararme: ¿qué es “hacer el amor”?; por su cara deduzco, doctora, que tiene que ver con el bricolaje. El caso es que en apariencia escribo tirando de palabras de ambos volúmenes, pero en la práctica no sé de lo que hablo. ¿Puede recetarme usted unas grandes dosis de sopas de letras, para ver si así logro recomponer mi universo semántico? (la pasta, que sea sin gluten, que aunque no sé qué es, creo que me cae mal).»
Archivo mensual: junio 2010
Días de hogueras
21 de junio, solsticio de verano: los aficionados a la astronomía explican que “la Tierra en su movimiento alrededor del Sol experimenta una ligera inclinación en su eje de rotación, que ocasiona una diferencia en la cantidad de irradiación de la luz solar en su superficie. Con un ángulo de 23 grados y 27 minutos el hemisferio norte obtiene este día el mayor número de horas de luz solar”, o sea, que afrontamos el día más largo del año, y la noche más breve, y comienza de manera oficial del verano (a las 13:28 de hoy), que promete ser uno de los más calurosos de los últimos tiempos. Arranca una semana en la que se suceden también las celebraciones de la noche de San Juan, tachonadas de hogueras en numerosos puntos de la piel de toro, desde Levante hasta Galicia (San Xoan), con jóvenes y no tan jóvenes saltando por encima de las brasas. ¡Ponga una hoguera en su vida! Llamas para quemar lo viejo, espantar los malos espíritus que tanto abundan, purificar y dar paso a la nueva esperanza de la luz y el calor. ¿Tiene lumbre?
Culpa de fogueo
Para evitar que los fusiladores tengan sentimiento de culpa por la muerte del que fusilan, uno de los fusiles dispara una bala de fogueo. No saben cuál de ellos escupe la bala de mentira, y así se consigue que el sentimiento de culpa se diluya, de este modo logran “que ninguno tenga la seguridad de haber causado la muerte al condenado, una rendija para manejar mejor la culpa”, como escribe Ramón Lobo en El País, tras conocerse la noticia de la ejecución en Utah del reo Ronnie Lee Gardner. La vida que acaban de finiquitar da igual, lo importante es que la culpa no les atormente (que mucho no debe de hacerlo, porque los que se prestan a disparar por orden del Estado son, generalmente, voluntarios, que por tanto eligen libremente apretar el gatillo). Este simple procedimiento se idea para acallar el Pepito Grillo que pudiera surgir en quienes disparan, porque sus ojos sí han visto lo que acaban de hacer, aunque no sea suyo, sino del fusilado, el corazón que sienta las balas, salvo la de fogueo. Ocurrió esta semana en Estados Unidos, país tan admirable en tantas cosas, y tan detestable en otras, como la pena de muerte vigente en 35 de sus estados, una práctica que le condena a ser miembro de un deleznable club del que forman parte países con tan pocas credenciales democráticas como Irán o China, una bárbara distinción que una de las democracias más antiguas del mundo y que tantas aportaciones ha hecho a la historia de la humanidad debería erradicar de una vez por todas.
Tiempo de brevas
José Saramago se ha ido en tiempo de brevas, el primer fruto de la higuera, que llega a las plazas de abastos españolas a mediados de junio y sólo se prolonga unas pocas semanas, y que presagian ya los higos de final de verano, más pequeños y dulces, igual de apetitosos. El escritor portugués vivía en la isla de Lanzarote, que no es precisamente tierra de higueras, y de él siempre recuerdo una anécdota sobre árboles, real pero narrada con su maestría de fabulador como gran autor que era: su abuelo, cuando intuyó que le llegaba la hora de morir, se despidió con un abrazo de cada uno de los árboles que había en su huerto. Ese sentido de fraternidad universal que posiblemente heredó de su abuelo impregnó la obra del Nobel portugués. Sus libros, como los de tantos escritores y escritoras, se enraizan en la tierra y dan frutos como las brevas mediterráneas que picotean los gorriones, pajarillos que suelen reparar en las más dulces, antes de que su almíbar llegue a los anaqueles del mercado y a los estantes de nuestras librerías. Hasta siempre, maestro, desde este rincón de la balsa de piedra.
La culpa siempre es de ellas
Parece mentira que el mundo ruede y ruede, vivamos en la era digital dospuntocerista y los seres humanos nos aprestemos a explorar Marte. Porque hay cosas que no cambian, especialmente todas las relacionadas con nuestros a menudo retrógrados usos y costumbres; los prejuicios más acendrados que nos salen por los poros. Ejemplo: siempre la culpa de lo que va mal es de las mujeres, que tienen una naturaleza maléfica y perversa que pierde al inocente hombre, siempre. Lo ha sido desde el principio de los tiempos y lo sigue siendo. Lo sostiene hasta un diario tan “serio” como el británico The Times, cuando informó con grandes titulares de la reciente derrota de la escuadra española frente a la helvética: Sexy Sara sinks Spain (La sexy Sara hunde España -o sea, la reportera de Deportes de Telecinco desplazada a Suráfrica, al parecer novia del portero de la selección para los profanos del mundo esférico, como es mi caso, y que, claro, descentra al joven, pobre-). La culpa siempre es de ellas, siempre. Adán se perdió por Eva. Troya se perdió por una tal Helena. Los Beatles se separaron por Yoko Ono (lo cantaban con ironía los Def con Dos: “La culpa de todo la tiene Yoko Ono”). Oigan, pero, ¿no somos tan modernos?, ¿y seguimos con estos rancios y casposos prejuicios machistas y estas milongas? Deseo con toda mi alma, y lucho por ello, que mi hija pueda vivir en una sociedad libre de estas miserias, pero cada vez lo tengo menos claro. Qué pena me doy; qué pena damos.
¿Qué fue de?
«Doctora, qué complicado es en estos días esféricos trabar una conversación cuando a uno no le gusta el fútbol. Menos mal que con usted, aquí en el diván, todo es distinto, y la simple visión de su sonrisa, la comprobación de su escucha solícita a mis paranoias y sus sabios consejos posteriores son todo un consuelo. Ayer, fíjese, parece ser que un bollo suizo con exceso de levadura estalló en plena cara de La Roja, y lo más curioso es la que se montó cuando acabó el partido: la proliferación de ese fenómeno tan español del que hemos hablado alguna vez: el cenizo yoyaísta (No, si yo ya decía que estos chavales a la hora de la verdad se vienen abajo; No, si yo ya sabía que España no pasa de la primera fase). Qué país, y ya le digo que a mí el fútbol me trae al pairo, pero, ¿por qué nos falta tanta empatía? En fin, doctora, que menos mal que usted me escucha; así que, cambiando de asunto, y como veo que a usted tampoco el gusta el balompié, aprovecho para plantearle un tema que ha atribulado mis sueños esta pasada noche: ¿qué fue de los hare krishna? ¿Se acuerda de ell@s? Esos jóvenes y jóvenas de melena lacia y largas vestiduras, que antes eran tan habituales en las calles del centro de esta capital, moviendo las caderas al ritmo de sus salmodias (Hare Krishna Hare Krishna / Krishna Krishna Hare Hare / Hare Rama Hare Rama / Rama Rama Hare Hare). Tod@s hemos tarareado ese mantra alguna vez cuando veíamos su show en Sol, o en Preciados, aun sospechando que era una secta rara. ¿Qué fue de ellos? ¿Ha tenido alguna vez en esta consulta a alguno, doctora?»
¡No hay peces!
Mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas, me confesó la otra mañana, camino del cole, su último descubrimiento. El pasado jueves estrenó, en la piscina a cuyas clases acude desde hace tiempo para soltarse en el agua, unas gafas de natación, para que el cloro no le enrojezca los ojitos. Y de repente lo tuvo todo claro. Al poder ver bien entre el agua con su nuevo aditamento, se llevó un chasco, que me reveló con una mezcla de asombro y desilusión que me produjo una tierna pesadumbre: “¿Sabes, papi? ¡En la piscina no hay peces!”. Yo le tranquilicé -aunque tampoco parecía muy intranquila cuando me hizo esta revelación- y le recordé que con las gafas de su imaginación siempre podrá ver peces de colores en todos los lugares que quiera, por muy grises y turbias que sean las aguas. El poder de la imaginación que siempre acompaña a los niñ@s y que cuando nos hacemos mayores parecemos abandonar (sobre todo algunos); qué pena.













