«Doctora querida, tengo menos credibilidad que una acción de Bankia y menos palabra que un portavoz del gobierno del PP. Me hundo como las cotizaciones bursátiles y estoy más quemado que los puros que se fuma pausada y relajadamente Rajoy en La Moncloa mientras todo arde y se va al carajo a su alrededor. Mi cuerpo atufa y despide un olor a rata como las ratas financierobancarias que nos han llevado a una crisis que el común de los mortales no ha originado, pero que el común de los mortales sufre como una de las siete plagas de Egipto. Mi mente se desmantela al ritmo que se están desguazando servicios públicos, proyectos vitales y grupos de trabajo. Después de esta charleta, tengo, doctora, una mala noticia que darle: me quedan cuatro chavos en la cuenta corriente porque me acaban de finiquitar con la nueva reforma laboral, así que no sé cómo pagar sus, por otra parte, para mí inestimables servicios. No deje de atenderme, porque me quedaré sin brújula a la que encomendar mi norte, que ya no sé si estará en mi sur, en mi este o en mi oeste.»
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La plebe semos asín
«En los cuentos de mi hija, doctora, los reyes son seres generalmente magnánimos y sabios. También los hay cabronzuelos, pero acaban siendo derrocados en actos de justicia poética. No los hay escopeteros, ni cazaelefantes. A ver cómo le explico a la niña, a mi reina, que es preferible que se quede con esos, con los reyes de los cuentos, que son inofensivos, o con los Reyes Magos, en los que tanto cree y que por tanto existen, que son los que traen regalos y, como mucho, escopetas de juguete con balas de corcho atadas con un cordel. Pero esta niña que es tan lista seguro que se preguntará cuando vea la noticia en los telediarios: “¿Y este rey no se podría dedicar a cazar otras cosas? Por ejemplo, a cazar comida para toda la gente que en el barrio la busca en los contenedores de basura, algo cada vez más frecuente. O a cazar trabajos para los casi seis millones de españoles que no lo tienen y que posiblemente jamás puedan viajar hasta Botsuana, el territorio de la realidad irreal donde el rey caza paquidermos”. La plebe semos asín, doctora, ni pensamos en cazar elefantes, ni queremos ir a Botsuana. Solo deseamos, doctora, que no nos caiga un elefante sobre la cabeza en forma de mala noticia, como quedarnos sin trabajo en estos días inciertos.»
PD.- Si viviéramos en la III República y el presidente hubiera protagonizado semejante episodio, ¿qué pasaría? Casi con toda seguridad, se habría tenido que ir a su casa a recuperarse de la operación de cadera, para siempre.
Los sabáticos selváticos
«¿Y si emprender un año sabático, doctora, fuera un peaje obligatorio a estas alturas de la vida? Los guiris anglosajonaicos se toman esta práctica con 18 años, pero lo que mola es hacerlo ahora, en el ecuador del camino. Venga, descompresión. Fuera agobios. A reírse y a descansar. La crisis, para los crisáceos y los crisantemos. Nosotros a disfrutar, a fundirnos los pocos ahorros antes de que se los coma el BCE y a viajar quién sabe dónde. Una baja voluntaria en el trabajo, un avión y a volar. Pirémonos a algún sitio o selva donde ni siquiera entiendan nuestro idioma, el idioma de los urbanitas tontos. No, no hace falta ir al extranjero, igual podemos encontrar el paraíso aquí mismo. Venga, si nada merece la pena, pirémonos. A la vuelta, si hay retorno, ya pensaremos qué demonios hacemos con nuestras vidas, si es que hay vidas. Doctora, rompa su rutina y deje de atender pacientes tarados: escápase conmigo, pongámonos ambos en barbecho sabático, a descansar la tierra de nuestros cuerpos en alguna selva, a ver qué germina y qué florece en el futuro.»
Peligro: zona de babas
«Doctora, esta puede ser una división presente en todas las relaciones humanas. Yo maldigo tanto a los pelotas como a quienes les gusta ser peloteados. Esos seres que solo sueltan babas asquerosas ante sus superiores, confeccionando feos vestidos de saliva. Sí, amo. Sí, bwana. Qué personajes. Y esos peloteados, sus superiores, que en su infinita vanidad se creen los más listos, los más inteligentes y los más mejores del mundo mundial. Unos y otros se necesitan en una relación patológica de naturaleza psicosomática, que diría usted: los primeros para hacer sus vestidos de baba; los segundos para vestirse con ellos. Tienen relaciones de interdependencia y no pueden vivir los unos sin los otros, y viceversa. No se dan cuenta de que esos vestidos son bastante pobres y asquerosos, que se desbaratan con un simple golpe de viento, y que, al final, los peloteados están absolutamente desnudos aunque no quieran ser conscientes de ello. Y que los pelotas se vuelven naturalezas muertas sin sus babas.»
¡Hombre al agua!
«Doctora, usted a quien yo veo tan perfecta porque aguanta con estoicismo mis peroratas, ¿también tendrá su parte chunga, no? Dígame una cosa, doctora: ¿cómo soporta todas las charletas y confesiones que le pegamos sus pacientes? No sé si medicará también usted o algo, porque sin duda que el suyo es un trabajo muy meritorio. Tras esta loa inicial a su persona, le expongo el comecome que hoy me trae a la consulta: somos seres presos, con más frecuencia de lo que pensamos, de un complejo cóctel de vicios y virtudes que nos chutan los genes heredados de nuestros ancestros, una carga genética que actúa como una tirana que nos impide dar un paso y de cuya férula hay que liberarse. Todos en nuestra infinita vanidad tendemos a pensar que somos seres perfectos y libres como un rayito de sol, pero no: ¡ay de nuestra parte chunga! Y a este complejo cóctel -que hay que controlar en la cabecita de cada cual para que no se vuelva molotov- se agregan todos los prejuicios, miedos y malajes varios que nos vienen por nuestra herencia sociocultural. Total, que todo se entremezcla, agita y convulsiona y a veces uno se siente como un hombre al agua en medio de las aguas procelosas de la confusión. ¡Doctora, écheme un cable o deme una espada para acabar con la herencia genética y con los usos y costumbres antes de que me vaya pal fondo!»
Letras y ciencias
«Cuando tenía 20 años, doctora, tuve una novia que estudiaba Medicina. Yo hacía una carrera de Letras, pero sentía que las letras no me bastaban para comprender la mecánica de mi cuerpo; los engranajes, vaya. Así que comencé a frecuentar el comedor de la cercana Facultad de Medicina, y no paré hasta que comencé a salir con una estudiante de mi edad y con las mismas inquietudes, solo que al revés: a ella las ciencias no le explicaban lo suficiente las reacciones de su cuerpo y necesitaba una mente de letras que intentara descifrarle los misterios de la vida, del amor y del deseo. Hacíamos el amor a todas horas para engranarnos y engrasarnos mejor: en los baños de la facul, en casas de colegas, en el coche de sus viejos, en donde podíamos. A fuego lento, eso sí, para que las ciencias y las letras emulsionaran en puntos de cocción adecuados. A fuerza de conjunciones fuimos comprendiendo nuestros respectivos engranajes, pero se dio la paradoja de que pasado el tiempo nos aburrimos el uno del otro porque ya no teníamos nada que explicarnos, ni que desvelarnos. Ella acabó saliendo con una alumna de Cirugía, porque quería recomponer algunos engranajes que las letras no reparaban, y yo, doctora, acabé en manos de una estudiante de Metafísica que me descubrió significados por encima de las palabras.»
La desconfianza
«Ay, doctora, de esos seres (en España son legión) que pasean por la vida escudriñando la vida de los demás con tono displicente y la suficiencia arrebatada en forma de permanente mirada por encima del hombro. Esos seres para quienes los demás somos siempre sujetos culpables de algo, y somos solo inocentes en un estadio secundario. Los seres que se aproximan a los demás con la curiosidad del fiscal y un principio básico: veamos qué oculta este bobo que tengo enfrente, que le convierte en culpable a ojos de mi criterio siempre infalible. En su retorcida cabeza le dan la vuelta al principio de presunción de inocencia (“todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario”), y proclaman sin que haga falta juicio: “Todo el mundo es culpable hasta que yo no diga que son inocentes”. Yo, doctora, prefiero lo contrario, será porque rayo en la estulticia, pero prefiero pensar -no sin prevenciones, que todo se pega- que todos los que pululan por ahí fuera son inocentes hasta que no hagan algo que les convierta en culpables. Esa desconfianza, por no hablar de la envidia, tan querida al ser de España. Las maneras de ser de la España negra, un color tan paradójico en un país bañado por el sol.»













