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Archivo de la categoría: Historias inventadas

El cometa

Cometa

Cometa

Estábamos en el pueblo esperando que en el cielo apareciera el cometa. Él se lleva los males, nos quita de todo lo malo y nos deja solo lo bueno. Cada vez que se ha manifestado ha ocurrido algo bueno: la muerte del emperador, la huida de la zarina, la caída del campanario. Siempre es venir el cometa y liarse una gorda, pero para mejor. Hace tiempo que no vemos el cometa, pero con esta política de recortes seguro que los ajustes han llegado también al espacio celestial y ahora estas manifestaciones tan caras han quedado restringidas. Atanasio lleva días haciendo unas raras danzas que encontró en un manuscrito para, dice, atraer los cometas. Leovigilda dejó de salir a cazar porque cree que eso también es favorecedor. Tomasito ya no pesca percas. Todos estamos junt@s y conjurados en la llamada al cometa, que se lleva lo malo y nos deja lo bueno. Y en esto estábamos cuando llega el que dice ser nuestro rey y mata un elefante, que son tan amigos de los cometas por su naturaleza sagrado. Hay que joderse con el pavo este. No vamos a volver a ver al cometa nunca jamás.

 
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Publicado por en 17 abril 2012 in Historias inventadas

 

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El robot

Robot

Robot

«Me compré, doctora, un robot limpiador para que me hiciera compañía. Desaparecida mi familia y los pocos seres que me querían (ahí todavía le incluyo a usted, que sigue escuchándome con suma paciencia mientras me tiendo en en el diván) necesitaba sentir la presencia de algo o de alguien. Y de repente vi en el periódico que también me acompaña desde que era jovencillo una promoción de cupones para conseguir un robot limpiador. Cuando reuní la cartillla y fui a recogerlo, me sentí como un niño con zapatos nuevos. Fue llegar a casa, sacarlo de la caja y ponerlo en funcionamiento, y la dicha fue completa. El robot iba limpiando y encerando toda la casa, en una rutina diaria que parecía no causarle ningún quebradero de cabeza, justo lo contrario de lo que me sucede a mí. Un día le puse un palo y unos ropajes; con una calabaza de juguete le monté una cabeza. Desde ese momento el robot y yo nos damos largos paseos por la ciudad, él limpiando y encerándolo todo, y yo dándole conversación. A veces me lo bajo a Madrid Río, y el robot se ríe (digo yo que se ríe, porque se le encienden todos los pilotos luminosos de golpe) dando sustos a los ciclistas y tirándose al agua para jugar con los patitos del Manzanares, a los que se empeña en abrillantar las plumas. Pegando la hebra con él me doy cuenta de que en las calles hay una plaga de robots que no son tan listos como el mío, doctora, do quiera que uno mire, aunque vayan con traje y corbata y hablen por el móvil.»

 
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Publicado por en 28 noviembre 2011 in En la consulta, Historias inventadas

 

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Pedaleando

Patines

Patines

«Mi madre me dijo que nunca dejara de pedalear. Que pedaleara fuerte, fuerte, cuando comienza la subida de la loma de la salida del pueblo, en la carretera que lleva a la vega, y que me dejara llevar por la bici cuando comenzara el descenso. Me dijo que no me acalorara cuando apretase el sol, que me cubriera la cabeza y que llevara siempre mi cantimplora. Mi madre se fue, y nunca supo si yo llegué a manejarme en la bici. Porque ocurre que siempre que aprendía a guardar el equilibrio y a conducirme con propiedad, a finales de verano, enseguida llegaba el frío y se acortaban los días. Dejaba de salir por el pueblo con la bici, y se me olvidaba cómo pedalear durante los meses oscuros. Así que cada verano, cuando volvía el color y la calor, tenía que repetir el rito de encaramarme en el cacharro, aprender a guardar el equilbrio y tirar para adelante esquivando los obstáculos que la vida te pone por delante. Han sido tantos años así que nunca he aprendido a montar bien del todo. Este año que el verano se está prolongando tanto y que todavía sigo usando la bici, este año que me está dando cuartelillo, igual lo consigo y logro aprender sin que se me olvide luego. Claro que mis amigos dicen que la bici ya no se lleva; que ahora lo molón son los patines. Hay que joderse. Así es la vida.»

 
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Publicado por en 14 octubre 2011 in Historias inventadas

 

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La tuneladora

Tuneladora

Tuneladora

«En cuanto que empieza septiembre me gusta irme a la tuneladora. Tampoco me queda otra opción, porque ese es mi trabajo. Tengo alma de topo. Me paso agosto a la luz del sol, tostando mi piel, bronceándome para todos los meses ayunos de calor que me esperan luego pilotando la tuneladora. Abro zanjas, cavo fosas, devoro terrones de tierra sin prisa pero sin pausa, llevando la civilización tuneladora a todos los confines para los que mi empresa me manda. Por el camino como raíces de árbol, veo nidos de animales raros que me miran aunque no me vean, porque están ciegos. Maniobro con la tuneladora y me acuerdo de mis abuelos, a los que no traté demasiado, pero de quienes me dijeron que uno fue labrador y el otro un panadero que tocaba el clarinete en sus escasos ratos de ocio. Yo no he heredado ninguno de esos oficios: no sé labrar la tierra; solo la roturo por dentro. Tampoco sé hacer pan, aunque los efectos explosivos de la levadura quizá podrían emplearse para abizcochar la tierra, para hacerla más esponjosa cuando la horado con la tuneladora. Vienen meses de estar sumergido con la tuneladora, y de aflorar en algún momento para ver si afuera sigue luciendo el mismo sol del que me despedí en agosto.»

 
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Publicado por en 1 septiembre 2011 in Historias inventadas

 

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El dilema de Atanasio

Durex

Durex

Hacer caja o hacer valores. He ahí el dilema que desde hace unos días atenaza la plácida vida de Atanasio González-Salsero, farmacéutico. Atanasio regenta una botica sita junto a un colegio elegido como base de la JMJ 2011, la fiesta del orgullo católico que ha traído a este tranquilo barrio de los suburbios de Madrid a más de mil jóvenes católicos de Europa, que pernoctan en el mencionado centro educativo. Atanasio es tan católico, o más, que ellos. En sus treinta y cinco años como boticario jamás de los jamases se ha prestado a vender ni un solo condón, ni uno. Cuando alguien se ha acercado a su farmacia con la aviesa intención de adquirir una caja de sucios preservativos, su respuesta furiosa siempre ha sido la misma: “¡¡Yo no vendo de eso!!”. Pero ahora, pero ahora… Su mujer le hizo abrir los ojos: miles de jóvenes a orilla de su farmacia… Que por muy devotos y seguidores de los preceptos que sean sentirán también la llamada de la carne en algún momento… Dios santo… Qué dilema. Las ventas podrían suponerle enderezar este mes de agosto. Y su mujer, que no es tan piadosa como él ni tan temerosa del Señor, sino más práctica porque comprende que el camino a la gloria eterna está lleno de pedruscos, le implora: “Atanasio, ¿llamo a Durex para hacer un pedido o elevas consultas a tu Dios?”.

 
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Publicado por en 17 agosto 2011 in Actualidad, Historias inventadas

 

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Somatizando

Pop Party

Pop Party

«Doctora, tiendo a somatizar los males, a transformar problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria. Hace muchos años regenté durante un tiempo una panadería y me venía muy bien el negocio aquel para evitarme males mayores, porque, cuando tenía grandes comecomes, me ponía a hacer unos panes, mezclaba harina, agua, levadura y mis penas, encendía el horno… y las preocupaciones volaban lejos en forma de olorosas y apetitosas volutas de humo panificado, para reposo de mis carnes. Lo que ocurría, doctora, es que la clientela acababa un poco desnortada cuando comía mi pan y el negocio quebró. Desde entonces tengo que volver a engullir yo mismo las desazones y los males, sin horno que me alivie. Así que tiendo a somatizar en mi cuerpo. Le pongo un ejemplo, doctora: creo que siempre meto la pata últimamente porque estoy predestinado a ello, y me he levantado con sendas torceduras reales en los pies, primero en uno y luego en otro. Ahora ando inquieto porque he amanecido por todo el cuerpo, pero por todo el cuerpo, con unas grandísimas magulladoras de color azul. Esto último no sé si será algo permanente, o pasajero, aunque no tiene pinta de que ese color vaya a desaparecer en un tiempo. Aunque para mi consuelo me repito que siempre después de una marea azul acabará llegando otra roja y mi piel recobrará su tono habitual, seguro que sí, doctora.»

 

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Piknik

Cosimo

Cosimo

«Sí, piknik; no sé si se escribe así o si es picnic; no tuve facilidades para los idiomas y aquí arriba en el árbol no tengo guguel ni diccionario electrónico para consultarlo. Digo piknik porque empezó todo así. Cuando llegó la primavera, alguien propuso en la oficina: hey, caraculos, ¿que tal si hoy pasamos de ir a papear el menú del bareto de enfrente?; ha llegado la caló, ¿nos compramos unos bocatas en el mesón de la esquina y nos montamos un piknik en el parque de abajo, antes de volver al tajo por la tarde? Lo hicimos así, pero, cuando mis compañer@s decidieron volver al trabajo, yo me quedé tirado en la hierba, dejando que el sol, que en abril ya pica, me tostara la cara y las ideas. Vi el arbol tan frondoso y me subí, como el muchacho aquel, Cosimo, de la novela de Italo Calvino que leí de adolescente. Y aquí sigo: llevo un par de semanas y he escrito esto en una serie de pañuelos de papel anudados. Sólo he bajado una vez en estas dos semanas para dejarles unos mensajes garabateados en unos papelujos a mis compas; se los dejé en los parabrisas de los coches (los aparcan en un parking al aire libre que puedo ver desde aquí). No sé si volveré a bajar.»

 
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Publicado por en 4 abril 2011 in Historias inventadas

 

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