Tuve noticias de que se me iba a montar una revolución en el patio de atrás y, como no lo tengo en esta microvivienda, las tensiones se han trasladado a la cocina. La tostadora no para de escupir panes requemados contra el lavavajillas, que a su vez produce grandes cantidades de espuma asfixiante sin depurar que están a punto de cortocircuitar la nevera; ésta, mientras, ha creado en su inmensa perversidad unos hielos afilados que están rayando la vitrocerámica, que está alcanzando unas temperaturas infernales para fundirlo todo, siguiendo el viejo adagio de “de perdidos al río” (o “from lost to the river” parece ser que ha dicho a sus ex colegas de cocina, chapurreando algo de inglés teniendo en cuenta que todos son made in korea). Por lo que me dicen mis informadores apostados entre los tarritos de especias de los estantes superiores -porque yo tengo miedo de mirar dentro del cuarto, no vaya a ser que me salpique la sangre de la escabechina- lleva las de ganar la lavadora, que conoce al detalle los trapos sucios de tod@s. Y ya se sabe que la información es poder.
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El mono maniático (II)
«Echo tanto de menos al mono maniático acerca de cual escribía ayer… Hoy me he vuelto a acordar de él después de leer esta información de la revista Nature que publican hoy varios medios: “Cuando los antiguos habitantes de la costa asiática decidieron bautizar a los simios de la localidad como orangután, que significa hombre del bosque, no sospechaban que años más tarde la ciencia les daría la razón. Un consorcio internacional de 34 universidades, liderado por la Universidad de Medicina de Washington en St. Louis, logró secuenciar el genoma completo de un orangután de Sumatra, el pariente vivo más antiguo del ser humano, logrando resultados inesperados: pese a haberse separado de la rama evolutiva que dio origen al homo sapiens hace unos 15 millones de años, hoy comparte un 97% de los genes del ser humano y está sólo un 2% alejado de gorilas y chimpancés, los simios más parecidos a nuestra especie. El hallazgo, que aparece hoy en la portada de la revista Nature, ha llamado la atención de la comunidad científica, al comprobarse el gran parecido genético entre las especies, a pesar de haberse separado en Pongos (orangutanes) y Homínidos (gorilas, chimpancés y hombres). Aunque Devin Locke, genetista evolutivo del centro de Genética de la Universidad de Washington, explicó a La Tercera que su trabajo consiste en centrarse en el 3% de diferencia, ya que eso es lo que les permitirá conocer más detalles sobre el proceso evolutivo de las especies en su camino para formar al ser humano.” Está claro que tengo a mi mono maniático más cerca de lo que pensaba.»
El mono maniático
«El mono venía de regalo con un paquete grande grandísimo de magdalenas. Fue un momento extraño, porque llegué a pagar a la caja del Ahorramás y la señorita de la susodicha me dijo que me había tocado de regalo aquel animal. Era muy listo. Al principio en casa se pasaba el día encaramado a las estanterías de mi biblioteca; a falta de lianas, le gustaba colgarse de las hojas de mis libros. Luego le dio por leerlos y más luego por comérselos. Así adquirió un grande saber. Tenía querencia por los relatos con final infeliz. El día que bajó de las estanterías de los libros, después de haberlos arrasados casi por completo, noté que tenía la cabeza más grande y la mandíbula menos desarrollada: parecía casi humano. Se fue al patio de atrás de mi casa y lo convirtió en un jardín. Un día compró un cerdo por Internet, lo crió en ese mismo patio con mondas de patata y de naranja y un diciembre lo sacrificó para hacer chorizos y jamones. Se le daba bien amaestrar y domesticar otras realidades. Lo mejor es que era amoral y no tenía sentimiento de pecado, ni de culpa por nada. Un mes de febrero se hizo un curso online de tiro al blanco y menos mal que se marchó, porque me miraba a veces con ojillos raros, como si me me quisiera utilizar de diana. Era un mono maniático, sí. Todos somos monos maniáticos.»
Putogato
«Putogato aquel. Fuckingcat. Menuda me lió. Siempre tenía calor el jodío bicho. Siempre. Desde que le rescaté entre unos arbustos del patio de mi casa. Siempre parecía quejarse de tener mucho pelo. Pues haber nacido calvo, o en Groenlandia, no te jode, le decía yo. Le encantaban las bebidas frías con mucho hielo. Sus favoritas eran los gintonics. Cuando me descuidaba, le pegaba un lametazo al cóctel que siempre me acompaña en la medianoche. Sus ginebras favoritas, la Hendrick’s y la Seagram’s que me recomendó Pat. Qué pajaro. No sé qué pasó aquella noche de agosto, aunque lo barrunto. Me despertó un ruido raro del motor de la nevera. Y el olor a chamusquina. Me acerqué al refrigerador, y allí estaba. Había un arañazo en la puerta. Se ve que putogato quiso abrir la puerta buscando un hielo. Qué loco. Y había un cable pelado. Pobre. Se quedó tieso como la mojama. Cuando le saqué de debajo de la nevera ya estaba como él siempre quería, frío.»
Universo indiferente
Decía siempre Edadepiédrix que vivimos en un universo indiferente al sufrimiento humano. “¿Y Dios, dónde está dios?”, bramaba desde que los romanos nos expulsaron de nuestra querida aldea gala en el noroeste de la Galia (no podía estar en otro lado) y tuvimos que decirle adiós a nuestros pastos, a nuestros ríos y a nuestros montes, y venirnos pa España. Él siempre temió una cosa, una sola cosa (que no eran precisamente ni que nos cayera un pepinazo de coreadelnortecoreadelsur o que los especuladores se merendaran la economía de nuestro país de adopción, no). Su única preocupación, su único temor, como buen galo, era que el cielo se desplomabara sobre su cabeza. Todo el santo día estaba con la misma cantinela. Vivía acongojado y acojonado incluso, con una cara de susto y de espanto que ni siquiera se le pasaba cuando representábamos nuestros locos espectáculos enfrente de los niños. Bueno, no es que tuviéramos el tirón de los cantajuegos, pero teníamos nuestro público. Y hete aquí que llegamos a hacer unos bolos a Oviedo, en plena cornisa cantábrica. Estábamos tomando unas sidrinas afuera de un chigre (El Llagar de Carmiña se llamaba) y, ¡pumba!, un cacho de cornisa del edificio colindante, que no había pasado la ITE, le pegó en tó lo alto a Edadepiédrix. Fue una muerte fulminante, oiga, y, créame, se le dibujó una sonrisa en el rostro. Al final resultó que el cielo se le desplomó sobre la cabeza. Yo creo que fue una especie de acto de justicia poética la manera que tuvo de morir el probe.
¿Qué habría pasado si…?
«(Un teletipo de Loco Carioco News) El portavoz del Gobierno, Alejandro Agag, ha anunciado esta mañana, en la rueda de prensa posterior a la reunión del Consejo de Ministros presidido por Mariano Rajoy y vicepresidido por Ana Botella, que el Ejecutivo del PP acaba de acordar un amplio programa de ajuste con el objetivo de ahorrar 95.000 millones de euros y reducir el actual déficit público del 11% hasta el 3% a lo largo de la legislatura. La enorme dimensión del ajuste -que la oposición socialista considera que se debe más a las pulsiones ideológicas de los conservadores, siempre defensores de reducir el peso del Estado, que a una necesidad inevitable de acabar con el déficit a esa velocidad- se va a traducir en la pérdida de casi medio millón de empleos públicos, una reducción media del 19% en cuatro años en el gasto de los departamentos ministeriales, unos recortes adicionales de 8.000 millones de euros de ayudas sociales…» Vale, vale, paro, no se abandonen a los ansiolíticos; es una ficción que se apoya en los datos del recorte que acaba de decidir en el Reino Unido el Ejecutivo conservador. Pero, ¿qué habría pasado en España si en esta crisis, en vez del PSOE, hubiera estado gobernando el PP?
From lost to the river
«Cuando me desperté, el dinosaurio seguía allí. Se me viene a la cabeza una copia del cuentecillo de Augusto Monterroso, agente, porque ocurrió tal que así: al incorporarme de la siesta, me encontré con el cadáver de la casera, doña Rogelia, en el suelo de la cocina, todo roído hasta los huesos. No es que esté comparando a la señora con un dinosaurio, no, aunque sus años tenía ya. El probecito se lo había comido entero. ¿Quién es el probecito? Le cuento; apunte, agente, apunte. Esta buena mujer cuyos restos están ahí desparramados, mi casera (lo que queda de ella), vino a visitarme esta mañana y se empeñó en recoger la cocina y en limpiarlo todo. Yo no lo veía tan sucio, pero es que la viejuna era obsesiva. Se puso a colocar los estantes, a frotar la encimera, a limpiar los azulejos con baldosinín, amoniaco, lejía y KH7… ¡Muerte a la grasa! Qué tipa. A mí, plim. Le dije que, muy bien, que limpiara lo que quisiera, que eran las cuatro de la tarde y yo me iba a echar un rato. Y mira que se lo advertí: doña Rogelia, el refrigerador mejor no lo toque, y, sobre todo, no se le ocurra abrir la olla naranja que está dentro de la nevera. Pero, oiga, la viejuna era tozuda, qué quiere que le diga, agente. En la olla naranja vivía él, un alien que surgió un buen día, estos meses de atrás, transmutado de unas albóndigas putrefactas que no me comí; yo le tenía cariño al probecito alien, y de hecho usaba la olla naranja para echar basurillas varias, que el probecito alien roía con gula; a mí me quería bien y no me hacía nada. Pero, claro, a la viejuna no le conocía, se debió sentir amenazado y… le saltó a la yugular. ¡Mira que le dije que no abriera la olla naranja! Pobre mujer; si ya le decía yo que tanta obsesión con la limpieza no era buena. Mire, mire, agente, el alien se ha encaramado a la estantería y se relame de gusto cuando repara en los huesos de doña Rogelia. ¿Ha visto qué dientecillos tan afilados tiene?; cortan como un bisturí. Pero, ¿qué hace, agente?, no le dispare al probe, que me va a agujerear los azulejos. En fin, agente, que de perdidos, al río (from lost to the river, ¿en inglés se dice así, ¿no?; yo es que estoy aprendiéndolo
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