Cumplo años: 43. Supongo que estaré en el ecuador de mi vida. Bueno, lo he sobrepasado ya salvo que vaya a vivir hasta los 86, una frontera que vista desde aquí me parece una edad bestial e inalcanzable. Nunca se sabe dónde va a estar el final del camino: a cualquiera nos puede caer un cacho de cornisa en la cabeza y quitarnos de enmedio de un instante para otro. La vida es un don efímero y en estos días inciertos es especialmente complicada. Pero quiero pensar que me queda mucho tiempo para dar, para aprender, para amar, para hacer muchas cosas que tengo pendientes y que, ¡ay!, todavía no me he atrevido a poner en práctica. Llevo 43 años de andadura y me queda camino por andar: tengo los zapatos en buen estado aunque la suela se vaya desgastando, creo que sé cómo evitarme algún que otro esguince, tengo buena vista para mirar al horizonte, la vida no me resulta indiferente y sigo cargando una mochila llena de ilusiones y de esperanza en un futuro mejor para vencer (o intentarlo al menos) al miedo.
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Espantar la soledad, ahuyentar la tristeza
El cantante canadiense Neil Young publicó en 1992 una preciosa canción sobre la amistad y su pérdida, “One of These Days”, dedicada a todos los amig@s que había ido conociendo y con los que había ido perdiendo el contacto a lo largo de su vida. Como le ocurre a él, a todos nos pasa que el paso de los años nos separa de los otros. Evocando esas músicas de Young me acuerdo de un amigo y compañero de la Facultad de Periodismo, un zamorano apellidado Antúnez al que perdí de vista hace más de veinte años. Antúnez era muy rockerito, tenía una banda propia y una novia muy estilosa que estudiaba moda en Madrid. Me mandó por correo un verano, desde su ciudad, en una caja de zapatos de cartón, una serie de casetes. En uno de ellos enlató clásicos anglosajones de The Velvet Underground, The Monochrome Set, The Rolling Stones, The Beatles… Las canciones de Antúnez tuvieron la virtud y la magia de abrirme a la música, a las muchas músicas que ahora escucho; un universo al que luego contribuyó mi pareja, de manera decisiva, con su gramola global. Es complicado hacer amigos como aquel, al que perdí, por incapacidad propia en muchas ocasiones, y por incapacidad de los demás también en algunas. La vida se convierte en una travesía a menudo demasiado desértica, hasta que de repente aparece entre la arena un pozo con una superficie bruñida en medio de la nada, una sonrisa que de manera permanente espanta la soledad y ahuyenta la tristeza. Y la música de la amistad, que parecía perdida a estas alturas del viaje, sigue sonando. Es la magia de vivir.
Una habitación propia
Mi hija Estrella está manos a la obra con un proceso de “deshacer lo invisible”, dice ella para explicarse, o de hacer visible lo invisible, para que nos entendamos. Se refiere a que está plasmando en imágenes lo que hasta ahora solo existía en su imaginación de chiquilla despierta. Los Reyes Magos, tan majos, le han traído, entre otros presentes, unas imágenes adhesivas de monstruos inocentes y dragones naif con las que decorar las paredes de su cuarto, y ella anda pegando con ayuda de los mayores las grandes pegatinas sobre los muros, con toda la ilusión del mundo. Por fin ve sobre las paredes de su habitación, proyectados, los mundos que tanto le gustan, y que existen en verdad para ella porque ella desea que existan. La ilusión y las esperanzas son el motor de nuestra vida; si se pierden, las paredes se tornan mustias y descoloridas, al tiempo que nuestras vidas se vuelven lacias como una planta que no recibe los rayos del sol. La búsqueda de un cuarto propio, de un lugar en el que sentirse uno reconocido y protegido como está haciendo ahora mi niña, no cesa en toda la vida.
Historias por contar
La vida la van marcando los espacios en los que se desarrolla. Cuando eres canijo coincides con los familiares, los cercanos y los lejanos, de cuando en cuando, en eventos BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones). Luego se centra uno en su propia existencia: emparejamientos y descendencia. Cuando pasa un poco más de tiempo te enteras de que tal o cual pareja de amigos y conocidos se separó o se divorció (ya no hay celebraciones). Y a partir de los 40, por puro reloj biológico, constatas con sufrimiento que la vida va en serio cuando las personas que te han precedido en el camino, los padres y madres propios y de amigos y conocidos, van desapareciendo. Hablo de la silenciosa muerte de los españoles y españolas nacidos en la década de los 30 del pasado siglo, que sufrieron la llegada de la Guerra Civil, la propia contienda y el atroz franquismo. Gentes humildes que vinieron a trabajar a la gran ciudad (o tuvieron que emigrar allende nuestras fronteras), desde La Mancha, Andalucía, Castilla, Galicia, Extremadura… Que nos criaron aquí a nosotr@s, los niños y niñas del baby boom de los 60, y sostuvieron sobre sus hombros todo el peso del país en años de plomo. Buenas gentes que en muchos casos nunca han sido suficientemente valoradas (¿estará alguien escribiendo su historia?). Están marchándose, muriendo poco a poco, haciendo mutis por el foro tan mansamente como vivieron, cayendo como copos de nieve sobre un campo de Castilla en un frío día de invierno. A todos ell@s vaya mi modesto homenaje, mi gratitud y mi reconocimiento.
La llama humana
Escuchando el otro día en vivo en Madrid a una cantautora en ladino en un recital organizado por Casa Sefarad Israel, la judía Mor Karbasi, reparaba en que son las mujeres las que han transmitido la llama de la humanidad desde el origen de nuestra especie. Son ellas las que en todos estos siglos oscuros pasados -y en tantas oscuridades presentes- se han ocupado de poner luz a todas las cosas verdaderamente importantes, mientras nosotros los hombres estábamos ocupados en un sinfín de gilipolleces. Y a pesar de todo, han sido históricamente despreciadas, vituperadas, violentadas. Y no menos despreciado, vituperado y violentado ha sido el movimiento feminista que ha emancipado a las mujeres. Sé que estoy escribiendo cosas de perogrullo, pero no por ello deja de resultar escandalosa esta realidad, que se evoca al escuchar un romance en ladino que se ha podido transmitir de generación en generación, desde hace siglos, gracias a la magia de las mujeres que mantuvieron viva la llama de Sefarad en sus hogares.
Ignorancia del árbol
Siendo como somos una evolución de los monos que en su momento bajaron de las ramas, no deja de ser paradójico el olvido urbanita contemporáneo hacia la identidad de lo que nos sustentó: el árbol. Esto es, ¿quién de ustedes es capaz de distinguir un fresno de un aliso, un roble melojo de un carballo? Los habitantes de la ciudad vivimos de espaldas a la naturaleza, que solo queda bien como fondo de las fotos de postal que nos gusta hacer. Pero la mayoría lo ignoramos todo sobre la vida de las plantas, lo cual no deja de ser sangrante en un país con tanta presencia del campo como es España. Yo reconozco mi gran ignorancia, y me avergüenzo de esta incultura arborícola que no sé si se reparará para las generaciones venideras mediante la inclusión de tratados para plantas en los manuales de Conocimiento del Medio (“Cono”, como dicen los niñ@s). Vean lo que ocurre durante estos días festivos con las cosas verdes que imitan a los árboles de la naturaleza y que colocamos en distintas peanas en nuestros comedores. Compramos abetos plasticosos fabricados a mansalva en China para evitar que se talen los abetos de verdad, sin que nos importen las condiciones laborales de porquería en las que se fabrica el susodicho abeto. No se talan árboles de verdad, pero estamos contribuyendo a que se talen derechos laborales y sociales en China, a que se levanten vidas falsas y modelos socioeconómicos trucados en Oriente que luego se pretenderán imponer en Occidente (al tiempo). En vez de la pescadilla que se muerde la cola, el abeto que se muerde la cola. Al final está todo relacionado por la ignorancia.
La desconfianza
«Ay, doctora, de esos seres (en España son legión) que pasean por la vida escudriñando la vida de los demás con tono displicente y la suficiencia arrebatada en forma de permanente mirada por encima del hombro. Esos seres para quienes los demás somos siempre sujetos culpables de algo, y somos solo inocentes en un estadio secundario. Los seres que se aproximan a los demás con la curiosidad del fiscal y un principio básico: veamos qué oculta este bobo que tengo enfrente, que le convierte en culpable a ojos de mi criterio siempre infalible. En su retorcida cabeza le dan la vuelta al principio de presunción de inocencia (“todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario”), y proclaman sin que haga falta juicio: “Todo el mundo es culpable hasta que yo no diga que son inocentes”. Yo, doctora, prefiero lo contrario, será porque rayo en la estulticia, pero prefiero pensar -no sin prevenciones, que todo se pega- que todos los que pululan por ahí fuera son inocentes hasta que no hagan algo que les convierta en culpables. Esa desconfianza, por no hablar de la envidia, tan querida al ser de España. Las maneras de ser de la España negra, un color tan paradójico en un país bañado por el sol.»













