«Agente, aquí Cleofás Cista, viejo conocido de Dios y de usté. Vengo a vocear a los cuatro vientos que aquí hay que trincar y chulear con clase, tó trajeao y encorbatao. Me relamo de gusto, agente, cuando para más inri (o para más enri), encima veo al que nos perseguía, el tal Garsón, prácticamente enchironao y apresao. La próxima vez que vaya al sastre me voy a encargar unas puñetas como las que luce el pavo ese, que me van a quedar a las mil maravillas con el traje de 1.000 euros. Pringaos, que sois tós unos pringaos; que no se os ocurra robar un día una gallina para alimentar a vuestros hijos, que pasaréis 65 años en el trullo. Agente, para iniciar un proceso de beatificación y próxima santificación celestial, tras la intolerable mortificación a la que han sido sometidos algunos de mis correligionarios (o es correlegionarios), ¿es usted el indicao, o le tengo que poner un imeil a alguna otra instancia espiritual o celestial? [El infierno es para los pobres y los de clase baja y a los de alta cuna no nos interesa, porque no tiene pinta de que ahí abajo haya tiendas de lujo.]»
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Colesteroles
«Doctora, doctora, ¿se acuerda de mí? Soy un viejo conocido, Cleofás Cista. Vengo a darme un garbeo por su consulta, después de tanto tiempo, porque tengo el colesterol disparado y disparatado. En mi caso son tres los tipos de colesteroles de mi cuerpo: tengo el bueno, el malo y el fascistoide. Este último está por las nubes en mi organismo, porque no para de recibir nutrientes en forma de tertulias e informaciones de las cada vez más numerosas radios y teles de ultraderecha y de la prensa revenida. Todo yo huelo a tocino y lo bueno es que no paran de aparecer medios cavernarios: nuestro espacio ideológico es interminable, en una nada casual casualidad. Así que vengo para que me pueda poner algún tratamiento para poder seguir comiendo de tó lo rancio, que es lo que me gusta. ¡Gracias!»
El censor
«Amada doctora, le habla Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Perdone que no haya podido ir a la consulta y que le escriba este correo eléctrónico, pero me dio un ataque de melancolía pensando en cuando era más joven y trabajaba de censor para el régimen. ¡Ah! Qué placer me producía cortar una película subidita de tono en la que aparecía un beso, no le digo nada si el corte afectaba a un seno incipiente, o a la curva de un muslo… Pero no era menor el también intenso placer que me generaba cortar de un libro palabras como “democracia”, “derechos humanos”, “libertad”. ¿Y qué hacía con todos esos recortes? Los iba archivando en una caja, y por las noches los mezclaba en fantasías interminables, con un sucio y paradójico sentimiento de culpa. Lástima que la llegada de la democracia arruinara mi trabajo y me condenara a vagar como alma en pena. Estoy ya mayor, pero, dígame la verdad, ¿cómo estoy de salud para emigrar a otro país en donde pudiera retomar mi vieja querencia por las tijeras, China por ejemplo? Si lo de China no me lo recomienda, había pensado como alternativa irme a Valencia: allí seguro que el presidente Camps me podría dar un buen puesto para eliminar de las emisiones públicas palabras como “correas”, “bigotes”, “trajes”. ¡Gran placer!»
Yo apoyo a Garzón
«Señor agente, buenas noches, aquí Cleofás Cista, listo para denunciar. Quiero denunciar a todos los que dicen que los fascistas estamos detrás de la persecución contra el juez ese de las gafas, el tal Garzón. No estamos detrás, oiga, ¡que no se enteran y por eso tengo que presentar una denuncia! Estamos DELANTE, adelante, a la cabeza de la manifestación, junto con los falangistas, franquistas, terroristas, contrabandistas y otros -istas, todos muy juerguistas moviendo las caderas y pasándolo en grande al ver a nuestro querido amigo y ex perseguidor sentado en el banquillo por aquellos a quienes solía perseguir. No lo pasaba tan bien desde hace muchos años, desde aquellos felices años con el caudillo, cuando éramos tan jóvenes. Nunca tuve remordimientos de conciencia por lo que hicimos durante cuarenta años; nunca tuve que pedir perdón, nunca tuve que dar explicaciones, porque eran otros los que me las daban a mí (aún recuerdo sus rostros desencajados), y ahora encima ocurre esto. ¡Mi felicidad es completa, y encima un 14 de abril, Día de la República, qué fecha tan linda para seguir meándonos de risa!»
Cuento escatológico
«Buenas tardes, doctora, qué guapa está. Aquí Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Vengo a verla porque tengo problemas con los gases. Expelo ventosidades a gran velocidad, pero siempre miro a izquierda y a derecha cuando estoy en lugares cerrados, en el Metro por ejemplo, porque suele quedarme la duda de si mis vecinos de vagón se habrán percatado de mi procacidad y me me da vergüenza que mis congéneres detecten mi carácter porcino. Y el caso es que luego acudo a comidas, tertulias y otros encuentros sociales en los que, ¡oiga!, excreto gran cantidad de basura por la boca, y me importa un comino lo que piensen de mí. Me crezco especialmente cuando estoy con mis cuñados, esa gentuza de izquierda con quienes mis hermanas tuvieron el error de contraer matrimonio; les dejo atónitos y como desencajados con mis comentarios de hombre recto y de bien, de español sin tacha y orgulloso de serlo, que es lo que no son esos desgraciados: el 11-M, un montaje del PSOE; el caso Gürtel, un invento de Rubalcaba; los inmigrantes, al mar; a los parados, que les den; los socialistas, unos ladrones; pagar impuestos, de tontos. Aquí el único que puede robar soy yo, que desfalco todo lo que puedo en mi empresilla y tengo contratada a una mucama sin papeles a la que le pago cuatro duros; que se joda, y si no, que se hubiera quedado en su país. ¿Me da alguna medicina, doctora? Sí, algunas pastillas para la tripa; bueno, lo he pensado mejor: para mí no; para mis cuñados, para que se les pase el estreñimiento.»
Cefaleas espectaculares
«Se presenta Cleofás Cista, doctor; para servir a Dios y a usted. Necesito algún tratamiento. Vengo revirado, con la cabeza a vueltas, a punto de reventar por las costuras (y me disgustaría mucho mancharle este mobiliario tan fino con mis feos sesos). El problema es el siguiente. Durante los últimos años -antes de la crisis, claro- me hinché a pedir créditos, que ya sabe que hace un tiempo se daban con una alegría pasmosa: para un coche que apenas usaba, para un apartamento que visitaba dos veces al año, para cambiar de casa, para irme de vacaciones, para la comunión de los hijos… Un endeudamiento sin fin que me permitió levantar castillos en el aire con gran facilidad. ¿Y sabe qué me ha pasado ahora? Que vivo asfixiado, no puedo más, me falla el riego sanguíneo en el cerebro y encima mi mujer me ha pedido el divorcio, por insoportable. Ya ve, el castillo se me ha caído encima y los cascotes me han machacado el cráneo, generándome esta terrible migraña. Y, ¿de quién es la culpa de todo esto que me ocurre? Del maldito Gobierno, claro. ¿Alguna aspirina, entonces, o mejor me corta usted la cabeza y termina con mi mal? Póngame a los pies de su señora.»












