Dicen que el naufragio del crucero italiano es toda una metáfora de la deriva de la nación transalpina por culpa de la crisis y de otros males. Aquí, en esta España con tantos vínculos italianos, habría que pensar si el naufragio a su manera de Spanair es también una metáfora de nuestra particular deriva crítica como nación en estos momentos, sin apenas datos halagüeños a la vista a pesar de que se haya producido y consumado el Advenimiento Marianil que nos iba a salvar de todos los males pasados, presentes y futuros. Mientras Spanair se queda en tierra para siempre, las vidas de muchos paisanos y compatriotas también se van por el sumidero como consecuencia de la recesión brutal. Gentes que están intentando aterrizar sus vidas como pueden, en confusos aeropuertos españoles vacíos de pasajeros y de curiosos, porque esto es un sálvese quien pueda en el que ni siquiera se sabe si quedará alguien para apagar la luz. Otras gentes están intentando alzar el vuelo mientras la pista de despegue se achica, el cielo descarga una feroz tormenta y el horizonte solo se ve negro, negrísimo.
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A la excelencia por la putrefacción
Estamos en un punto tan crítico en esta crisis de mierda que la solución que pergeñan algunos pasa por aliarse con la susodicha caca para ver si conseguimos dar alguna brazada hacia adelante. Al igual que un veneno en pequeñas dosis obra un efecto beneficioso y medicinal, y que en grandes cantidades es mortal, ese parece ser el principio activo de algunas propuestas que se vienen conociendo. Que si un banco malo que agrupe los productos inmobiliarios putrefactados, que si minijobs, minitrabajos con sueldos de mierda para crear empleo… Todo suena muy raro, y al tiempo, los verdaderos malos de todo este tinglado, lo que se están llevando muerta la pasta con sus juegos malabares con la deuda soberana, no parán de engordar sobre los restos del naufragio, sin que nadie se atreva a meterles mano. Llegar a la excelencia y salir de la crisis cogiendo carrerilla sobre la mierda… o conseguir que la suela del zapato se hunda aún más en la porquería. ¿Alguien entiende algo?
Tulipanes espectrales
«En la tele del Metro de Madrid que me llevaba al trabajo decían el otro día que para descansar bien por la noche no hay que consumir productos excitantes en los momentos previos, no hacer ejercicio antes de dormir e irse a la cama con la mente limpia. Yo, doctora, que soy fiel seguidor de todos los consejos de salud por mi naturaleza hiponcondriaca, sigo al dedillo estas recomendaciones. Pero no por ello en estos tiempos de crisis brutal dejo de tener pesadillas sobre el presente y el futuro, que quiebran mi ser, de natural optimista. Esta pasada noche soñé que dormía en una especie de vitrina de cristal, a ras de suelo, desde la que veía un campo de tulipanes entre cuyos colores sobresalían unos seres espectrales, y me desperté sobresaltado, porque aquello parecía un camposanto. Me pregunto, doctora, si todos los especuladores que están haciendo caja con los jirones del euro, que seguro que consumirán todo tipo de productos excitantes, harán ejercicios compulsivos antes de irse a la piltra y tendrán la mente sucia pensando en un chorro de dinero que les cae sin cesar con sus siniestros juegos malabares, que están arruinando a sociedades enteras, dormirá a pierna suelta y roncando sin parar. Y no hace falta ser un genio, doctora, para temer que sí que lo harán.»
Polvorones
La tradición y la costumbre no escritas en la piel de toro establecen que un polvorón, antes de llevárselo a la boca, debe ser estrujado, amasado y aplastado a conveniencia, con el envoltorio de papelillo puesto, para que luego no se desparrame y se desmigaje cuando se le quita el papel y la ingesta sea más cómoda. En esto la sociedad española, tan dada a tener cincuenta opiniones por cabeza y por minuto, cambiantes y contradictorias las unas con las otras, no admite discrepancias. El buen polvorón hay que trabajárselo previamente para que la experiencia sea completa. Nadie sabe dónde está Mr. Depende, que sigue sin emitir señales una semana después de su resonante victoria, pero posiblemente esté recibiendo instrucciones de allende los Pirineos, de Germania o más allá, para ir preparando la masa polvoronosa poco edulcorada, amarga más bien, que los españoles y las españolas vamos a empezar a engullir en breve y sin compasión. Va a ser una receta que pasará a los anales gastronómicos. Y sin masaje previo, que no hay que malgastar esfuerzos.
Inside Vote
En estos tiempos de crisis mundial hay una descripción de lo que ha ocurrido que también es una máxima que se ha venido aplicando en estos años: los beneficios se privatizan, las pérdidas se socializan. La industria financiera se volvió loca en Estados Unidos, al calor de la absoluta desregulación del sistema según parámetros neoconservadores gestados en la administración Reagan, y dejó de prestar servicios al resto de la economía para convertirse en un fin en sí misma y para enriquecerse a toda costa, repartiendo millonarios dividendos entre sus miembros. Fueron los tiempos en los que a unos pocos se les ocurrieron alambicadas y complejísimas formas de hacer negocio con las hipotecas y los ahorros de la mayoría, hasta que la burbuja reventó con desastrosas consecuencias sociales para Norteamérica y para el resto del mundo, España incluida (en nuestro país, con el agravante de la burbuja ladrillera). De todo esto se habla en el conocido documental Inside Job (Charles Ferguson, 2010), que en esta jornada de reflexión merece un pase en la tele de cada cual y podría pasar a llamarse Inside Vote. Porque el modelo económico que reventó en 2008 en Estados Unidos no surgió por generación espontánea: se produjo al amparo de políticas neoconservadoras que en nuestro país, mañana llamado a las urnas, tienen seguidores con nombre y apellidos. El pato de la crisis en España no lo pueden pagar ni el Estado del Bienestar, ni los servicios públicos, ni las gentes que menos tienen. Para que las pérdidas no se socialicen, porque no todos los partidos ven igual quién ha de pagar el pato y cuáles son las recetas para remediar la situación.
Poblados espectrales
Hay grandes extensiones de terreno en los paisajes españoles arruinadas por el ladrillo. Espacios enormes repletos de edificaciones a medio terminar y que posiblemente nunca llegarán a albergar a nadie. Promociones urbanísticas gigantescas de casas vacías, varadas como cáscaras de nuez en medio de páramos inhóspitos. Adosados levantados en los tiempos del frenesí urbanístico, edificados a un ritmo muy superior al de la demanda real. Eran los tiempos de la burbuja que comenzó a crecer aproximadamente en 1996, cuando los precios empezaron a ponerse por las nubes y aquí se seguía vendiendo todo a precios desorbitados, con la premisa de que “la vivienda nunca va a bajar de precio” y el sustrato sociológico del culto al ladrillo tan extendido en la piel de toro. Las familias se endeudaron hasta límites intolerables para pagar casas cuyo precio no era real, y los bancos se endeudaron para prestar dinero a todo tren y la burbuja se siguió inflando hasta que reventó y nos devolvió a la más cruda de las realidades. Me vienen a la cabeza imágenes de la costa sur de Lanzarote, en la que hay muchas promociones urbanísticas abandonadas, y de caminar a través de ellas atravesando poblados espectrales, sintiendo mucho frío a pesar de que fuera julio cuando anduve allí.
Horror vacui
Conocida es la tendencia humana a rellenarlo todo. Un estante en un hogar no es tal si no está lleno de cosas hasta reventar. Cuanto mayor es el bolso, más objetos le metemos dentro. Buscamos coches grandes con grandes maleteros para coparlos por completo de cacharros inservibles. Llenamos nuestros bolsillos de chorradas. Necesitamos trasteros para desprendernos de todas las absurdancias que acumulamos y apenas hemos usado un par de veces. Las aceitunas sin hueso vivían felices hasta que a alguien se les ocurrió rellenarlas de pseudoanchoas, o de pimiento. El afán de que no quede un hueco libre llegó también al arte, con manifestaciones artísticas que no dejan un solo milímetro sin decorar siguiendo las directrices de un estilo que recibe un nombre en latín: horror vacui. Ha habido mucho de horror vacuii en esta crisis que comenzó en 2008. Nuestra sociedad se rellenó hasta los topes de euros estos años de atrás, librados por bancos y banqueros sin escrúpulos que lo inundaron todo de créditos a mansalva. Una inundación de dinero fácil que se volatilizó como el agua, dejándonos desnudos y solos ante el miedo al vacío de esta crisis global.
Las quitas
Las ilusiones forman granden olas sobre el mar de las vidas, que uno contempla calladamente en la distancia, primero con esperanza ante lo que pueda venir; luego con espanto. Rompen en espumas que dejan cuerpos y objetos diversos en la orilla. Cuando baja la marea también se ve la suciedad que arrastra la existencia: maderos rotos de barcos, plásticos con extrañas inscripciones procedentes de otras latitudes, a veces incluso cadáveres, tan frecuentes en esta crisis que ya no llaman la atención. La existencia oscila, ciclotímica, entre las pleamares y las bajamares, mientras las ilusiones se van, por momentos, desvaneciendo. Los líderes europeos acaban de decretar una quita, una rebaja, en la deuda griega, para que el torbellino heleno no engulla a toda la Unión. Pero las quitas de las ilusiones que vamos todos sufriendo en esta crisis global interminable llevan mucho tiempo decretándose, y no parecen tener fin. Al contrario, tienen pinta de ir formando un cada vez más gigantesco tsunami sobre nuestras existencias.














