Cada vez que se muere un don me echo a temblar por las loas que se derraman y los inciensos que se prenden, envolviéndolo todo en un aroma denso, dulzón, impenetrable, que tapa las sombras del personaje. Cuánta querencia hay en España a la hagiografía, más que a la biografía; a beatificar y a santificar al personal ilustre y pretérito. Como si la partícula diera dignidad a lo que viene detrás, el significante se convirtiera en significado y nos olvidáramos, en este país con tan poca memoria, de los muchos dones y doñas que han construido la democracia. Ha muerto Fraga, don Manuel para sus admiradores: por mi parte respeto a su marcha, y ya está, desde la más profunda discrepancia ideológica hacia un personaje autoritario y muy de derechas. Todos los días se están yendo en silencio y sin reconocimiento alguno muchas personas que de manera anónima y con la más absoluta humildad pusieron su granito de arena para construir la democracia en España, gentes que en muchos casos sufrieron exilio, o represión, o cárcel por sus ideas, y que no se criaron a los pechos del régimen anterior. Don nadies que son ejemplos para muchos, aunque vivan en espacios más reservados para la memoria, y también en pastos más frecuentes para el olvido.
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Cuando voto
Cuando voto siempre pienso en las generaciones de españoles y españolas que se vieron privadas de este derecho. En los millones de españoles que durante cuarenta años de cerrojo franquista no pudieron expresarse en libertad para elegir a su gobierno. En los millones de represaliados y exiliados por el régimen. En los millones de personas que no tan lejos de esta piel de toro, a pocos cientos de kilómetros, no lo pueden todavía ejercer en libertad. Pienso en que la fuerza de los votos ha permitido impulsar proyectos colectivos en un país tan poco amigo de lo colectivo como es España: establecer la educación pública y gratuita, crear pensiones dignas para los trabajadores, becar a millones de estudiantes para que pudieran acceder a la educación en igualdad de condiciones, dotarnos de uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo, desarrollar nuestras infraestructuras, ampliar ayudas para proteger a los desamparados, afianzar nuestra joven democracia. Cuando voté esta mañana en el comedor del colegio público al que asiste mi hija pensé en ella, en las conversaciones que una niña tan espabilada e inteligente (herencia de su madre y sus abuelas, sin duda) mantendrá en esta estancia, entre bocado y bocado, con sus amigos y amigas del cole, nacidos dentro y fuera de este país, las futuras generaciones de españoles y españolas. Cuando voté esta mañana no pude evitar emocionarme pensando en mi madre que se fue hace un año, y voté con más fuerza y orgullo que nunca, por ella, socialista de corazón, y por mí, por las siglas en las que he creído desde que era adolescente, sintiendo que su mano se posaba sobre la mía, por las siglas del Partido Socialista.
Repugnancia
El régimen de Libia era una tiranía, una farsa en manos de un déspota al que, ¡ay!, Occidente le rio las gracias durante varias décadas. Solo cuando, al hilo del contagio de la primavera árabe, el dictador se pasó de vueltas y empezó a masacrar las revueltas, solo entonces Occidente decidió intervenir para poner fin a la farsa, algo posiblemente necesario para que el sátrapa no se perpetuara en el poder otros cuarenta años (con la misma risa bobalicona occidental). Pero se debería haber garantizado la captura en vida de Gadafi, y haber evitado lo que se asemeja demasiado a un cruel linchamiento y posterior distribución propagandística de la imagen su cadáver. El villano tenía que haber sido conducido a un tribunal de Justicia, para responder de sus crímenes, como cualquier mortal. Para que fuera juzgado con todas las garantías, precisamente las garantías que nunca tuvieron sus detractores. Porque lo que ha ocurrido ha sido, simplemente, repugnante, una repugnancia por cierto exhibida una y otra vez, pareciera que con cierta delectación, por las cadenas de televisión de todo el mundo. Una barbaridad más en una cruenta guerra tras cuyo inminente fin el objetivo debe ser establecer una democracia que vele por la justicia social, el desarrollo de la sociedad aprovechando los grandes recursos del país y la igualdad de los derechos de la mujer. Si no se avanza en esa dirección, lo de Libia seguirá siendo una tragicomedia que se seguirá desarrollando, a escasas horas de aquí, ante nuestra indiferencia. El Occidente que se implicó en poner fin a la tiranía debe involucrarse ahora en el futuro democrático de Libia.
Camps, dimita ya
En una democracia avanzada, como la británica, el primer ministro va a comparecer hoy en el Parlamento para dar su versión de los hechos sobre el escandaloso caso de las escuchas ilegales del extinto diario News of the World del grupo Murdoch (al que por cierto presta sus servicios nuestro JM Aznar). En una democracia menos avanzada, como la nuestra, hay un presidente autonómico que está a punto de sentarse en el banquillo de los acusados por un flagrante caso de corrupción, sin que de momento haya noticias de que haya presentado su dimisión, que es lo que tendría que hacer -y si no lo hace él, su partido debería obligarle sin demorarse un segundo-. A todo esto, sus superiores jerárquicos (empezando por Rajoy, que opta nada menos que a ser primer ministro de España) siguen sin dar una explicación sobre el particular. Si quieres recordarle a Camps cómo deberían funcionar las cosas en una democracia avanzada, firma esta petición de Avaaz para que se vaya a su casa.
Ban, paren la represión en Siria
«Estimado señor Ban Ki-moon: enhorabuena antes de nada por su reelección al frente de tan prestigiosa institución. Espero que los parabienes no le impidan ver el bosque de problemas que siguen al acecho de la especie humana, como me consta que ha hecho en los últimos años y para lo que usted ha llevado a cabo valientes iniciativas durante su primer mandado al frente de la ONU. Aprovechando su recién comenzado segundo mandato, yo y muchos como yo queremos llamar la atención de usted en relación a la situación en Siria, que estamos seguros de que le preocupa, en donde un ser que se dice presidente (¿?) sigue masacrando a un pueblo que pide democracia. La comunidad internacional estuvo muy presta para intervenir en Libia, parando la escabechina de Gadafi, pero no parece manifestar la misma diligencia para (intentar) poner fin a las tropelías del presidente (¿?) sirio. Así que, ¿harán ustedes algo antes de que ese país se acabe de desangrar por completo? Espero que hagan algo antes de 2016, que es cuando vence su segundo mandato. Quedo a la espera de sus noticias: los sirios tienen bastante menos tiempo.»
Chismorreo universal
«Verá, doctora, pero es que tengo mucha preocupación por el futuro de un ente llamado opinión pública. La opinión pública la conformaban antes los medios de comunicación que se regían por unas mínimas reglas (con desigual respeto, todo hay que decirlo). Este negociado ha dado un vuelco desde anteayer con la invención de las redes sociales. Ahora cualquier persona emite, genera y produce un mensaje, y cualquier cosa se puede divulgar como la yesca y prender como una llama en un prado reseco de agosto. Yo hice una prueba el otro día: difundí un bulo en una de las redes más populares, y al instante el bulo comenzó a crecer como una bola de nieve. Una conversación de bar, una ocurrencia, puede entronizarse ahora como trending topic y dominar el escenario.El riesgo es que, con esta facilidad, la conversación global se puede convertir, ¡ay!, en pasto de gentes hábiles y/o manipuladoras que manejen a otras gentes, ¡ay!, manipulables. Creo en las nuevas tecnologías, pero me preocupa que, en este campo que nos ocupa, una opinión pública seria, fundamentada y rigurosa se pueda ver sustituida por el chismorreo universal sin contrastes ni matices.»
Democracia
¿Pueden cambiarse las cosas? Claro: vota, elige, decide. El 22-M tienes una buena oportunidad. No todas las formaciones políticas son iguales, ni defienden lo mismo. la socialdemocracia ha construido el Estado del Bienestar, hay que recordarlo porque en este país la memoria tiende a ser laxa. Decir que todos los políticos son iguales solo le acaba haciendo el caldo gordo a los de siempre, a la derecha. Políticos podemos ser cualquiera, tú o yo, cualquiera que aspire a gobernar el espacio público.¿Es el sistema imperfecto? En efecto, seguro que sí. ¿Que prefieres quedarte en casa? Es otra opción, aunque también puedes elegir el voto en blanco. Es comprensible el cabrero de mucha gente, y hasta se puede compartir: las tesis neoconservadoras nos han metido en una crisis que la gente trabajadora, los que no tenemos asegurado nuestro futuro, no nos merecemos. Pero la democracia representativa de partidos que conocemos en Occidente, por la que mucha gente ha derramado y sigue derramando su sangre, es el mejor sistema político con el que se ha dotado el ser humano, a tenor de lo que uno puede ver cuando le echa un ojo a los libros de Historia. Al menos, es el menos malo. Y seguro, seguro, que se puede perfeccionar, y posiblemente de las protestas que tienen lugar estos días se pueda extraer una lección.
Al-Mulk
En las ruinas de la arrasada ciudad medieval palaciega árabe de Medina Azahara, levantada en el siglo X al lado de Córdoba, se han hallado numerosos restos de cerámica que presentan una inscripción: “Al-Mulk” (el poder), que pueden verse en su museo anexo. No he buscado demasiadas interpretaciones del porqué de esa leyenda, pero llama la atención la abundancia de estos restos: los especialistas dicen que es uno de los 99 nombres que puede adoptar Alá. A mí, sin base alguna, me da por pensar que quizá tenga que ver con la reafirmación y la proclamación de la soberanía del califato omeya de Córdoba, el reino que deslumbró a Occidente. Sabe Dios. Los omeyas que fundaron este próspero estado hispanoárabe, cabeza de Al Andalus, procedían de Damasco, la capital de lo que hoy es Siria, en la que en la actualidad el poder encarnado por Bachar el Asad se resiste a decir adiós y prefiere hacer saltar por los aires las frágiles vidas de cerámica de sus conciudadan@s que piden democracia y libertad. Ojalá que fuera él quien se marchara al museo, pero al museo de los horrores, junto con el resto de déspotas que han gobernado en los estados de la cuenca del Mediterráneo.














