«Yo todas las mañanas, doctora, me intento liberar del sopor, como hará usted, con el telefonillo de la ducha. Por este apéndice llegan mensajes raros del mundo exterior hasta mi cabeza, todavía embotada a tan temprana hora: haz café, vete a trabajar, reúne algo de dinero para intentar recortar la voraz hipoteca… El telefonillo, aplicado al cerebro, conversa con la realidad que afuera, en la calle, también se despereza entre bostezos. Tiene mucha vida el telefonillo, sí. A una amiga mía, cuando era preadolescente, una monja que tenía de profesora solía asustarle no sin cierta delectación con que el telefonillo lo cargaba el diablo: la monja sabría por qué en lugar de dialogar con Dios mediante el telefonillo de la ducha procuraba un cielo ardiente con Lucifer. Mi amiga se quedaba un tanto extrañada en su todavía alma de niña, y solo más tarde pudo aprender las otras ventajas del aparato para su cuerpo, que desde entonces emplea con frecuencia para liberarse de la realidad mediante la inmersión en el deseo. Los poderosos, doctora, también usan telefonillo para sacudirse el estupor. En la imagen de la izquierda, que para mi consuelo se publicó ayer en numerosos diarios, la canciller Merkel parece aplicarse a la oreja una especie de teléfono de los antiguos, que en apariencia se asemeja más bien a un telefonillo de ducha. Al otro lado debía de estar conversando con la afligida Europa, medio hundida por la crisis: “Canciller, sáquenos del hoyo, ¡no nos deje caer!”, debió de suplicarle la UE a la jefa del Gobierno germano. En ese último deseo nos jugamos nuestra realidad presente y futura, doctora.»
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Vuelve lo retro
Las muñecas de los seres humanos, al menos las muñecas de los seres humanos con los que me cruzo en el Metro, se están poblando de relojes de aspecto retro, de aquellos Casio de pantalla monocolor que yo también tuve cuando era adolescente. Es una vuelta más de lo retro en la moda, que avanza hacia adelante y hacia detrás. Es solo moda, seguro, aunque esta tendencia retro tan presente en el presente, ¿es una señal del futuro inminente? De hecho, lo retro está bien presente en España merced a políticas y políticos tan antañones como Esperanza Aguirre, por citar el ejemplo más cercano a mi condición de madrileño, quien -en una muestra más de su bonhomía y naturaleza cordial- acaba de arremeter contra los profesores que ponen en solfa el enésimo recorte en enseñanza (pública, claro) que ha perpetrado la presidenta. En una clara maniobra para ganarse el favor de la retroopinión pública, la mentada dama les acusó poco más o menos de no querer dar un palo al agua, enlazando con esa vieja y garrula mentalidad patria del “trabajas menos que un maestroescuela”. Pena de país que durante siglos ha pensado de manera semejante sobre quienes enseñan a nuestros hij@s. Ay de las retronaciones que recortan en educación, bibliotecas, servicios públicos: están recortando el futuro, ni más, ni menos. Ay de los retros que amenanan a los maestros y maestras. No sé si la presidenta luce un Casio en la muñeca, porque, total, lo lleva bien colocado en el cerebro. Y gracias, por último, a todos quienes la retrovotaron el pasado mes de mayo, y que esperan esperanzados el Advenimiento Marianil, el Sumo Hacedor de lo Retro (¡Dios no lo quiera!): ¿ninguno se arrepiente de lo que retrovotó?
El dilema de Atanasio
Hacer caja o hacer valores. He ahí el dilema que desde hace unos días atenaza la plácida vida de Atanasio González-Salsero, farmacéutico. Atanasio regenta una botica sita junto a un colegio elegido como base de la JMJ 2011, la fiesta del orgullo católico que ha traído a este tranquilo barrio de los suburbios de Madrid a más de mil jóvenes católicos de Europa, que pernoctan en el mencionado centro educativo. Atanasio es tan católico, o más, que ellos. En sus treinta y cinco años como boticario jamás de los jamases se ha prestado a vender ni un solo condón, ni uno. Cuando alguien se ha acercado a su farmacia con la aviesa intención de adquirir una caja de sucios preservativos, su respuesta furiosa siempre ha sido la misma: “¡¡Yo no vendo de eso!!”. Pero ahora, pero ahora… Su mujer le hizo abrir los ojos: miles de jóvenes a orilla de su farmacia… Que por muy devotos y seguidores de los preceptos que sean sentirán también la llamada de la carne en algún momento… Dios santo… Qué dilema. Las ventas podrían suponerle enderezar este mes de agosto. Y su mujer, que no es tan piadosa como él ni tan temerosa del Señor, sino más práctica porque comprende que el camino a la gloria eterna está lleno de pedruscos, le implora: “Atanasio, ¿llamo a Durex para hacer un pedido o elevas consultas a tu Dios?”.
Un relato
Si “en el principio era el verbo y el verbo era Dios”, debe de querer decir que la fuente de todo está en un relato, real o imaginado. El poder de las palabras que cambian nuestras vidas, la historia de un hombre que existió, o no, resucitado, o no, hace dos mil años, que transformó la historia del mundo, y al que muchos hoy siguen adorando a través de los relatos bíblicos. La historia de cualquier hombre, con sus sueños realizados y frustraciones por lo que nunca se atreven a realizar. Hay un personaje de la última novela de Paul Auster, Sunset Park, que desea “escribir un ensayo sobre las cosas que no ocurren, las vidas que no se han vivido, las guerras que no se han librado, los mundos en la sombra que corren paralelos al mundo que tomamos por real, lo que no se ha dicho y no se ha hecho, lo que no se recuerda”. Frustraciones eternas y frustraciones más terrenales, como ésta: ¿por qué (casi) siempre diluvia en Semana Santa?, ¿es el dios de los cristianos el dios de la lluvia? Este sí que es un misterio por resolver.
Mundos plásticos
En el colegio público de esta Comunidad de Madrid gobernada por la derecha-derecha al que va mi hija hay niñ@s que dan religión y otros que no. A muchos nos sigue pareciendo extraño que un colegio público sostenido con fondos aportados por creyentes y no creyentes tenga seguir albergando clases de religión (religión católica, claro; esto en un colegio en el que hay críos procedentes de familias de credos diversos), pero ese es otro debate. El caso es que, cuando toca clase de religión, los que no están apuntados a esa sesión de adoctrinamiento (mi hija entre ellos), tienen que salir de su aula habitual e irse a un despacho. Mientras dura la clase de religión, mi hija y sus amigos leen cuentos, mientras quizá en su clase están leyendo otros cuentos sobre la creación del hombre. El otro día, mi hija me confesó que, durante ese tiempo, había estado modelando algunos seres en plastilina, una peonza y una trompeta en concreto, mientras tal vez en su clase les estuvieran contando que Dios modeló a Adán con barro para insuflarle vida después. Todo son ficciones.
Universo indiferente
Decía siempre Edadepiédrix que vivimos en un universo indiferente al sufrimiento humano. “¿Y Dios, dónde está dios?”, bramaba desde que los romanos nos expulsaron de nuestra querida aldea gala en el noroeste de la Galia (no podía estar en otro lado) y tuvimos que decirle adiós a nuestros pastos, a nuestros ríos y a nuestros montes, y venirnos pa España. Él siempre temió una cosa, una sola cosa (que no eran precisamente ni que nos cayera un pepinazo de coreadelnortecoreadelsur o que los especuladores se merendaran la economía de nuestro país de adopción, no). Su única preocupación, su único temor, como buen galo, era que el cielo se desplomabara sobre su cabeza. Todo el santo día estaba con la misma cantinela. Vivía acongojado y acojonado incluso, con una cara de susto y de espanto que ni siquiera se le pasaba cuando representábamos nuestros locos espectáculos enfrente de los niños. Bueno, no es que tuviéramos el tirón de los cantajuegos, pero teníamos nuestro público. Y hete aquí que llegamos a hacer unos bolos a Oviedo, en plena cornisa cantábrica. Estábamos tomando unas sidrinas afuera de un chigre (El Llagar de Carmiña se llamaba) y, ¡pumba!, un cacho de cornisa del edificio colindante, que no había pasado la ITE, le pegó en tó lo alto a Edadepiédrix. Fue una muerte fulminante, oiga, y, créame, se le dibujó una sonrisa en el rostro. Al final resultó que el cielo se le desplomó sobre la cabeza. Yo creo que fue una especie de acto de justicia poética la manera que tuvo de morir el probe.













