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Los sabáticos selváticos

¡Oh, sorpresa!

¡Oh, sorpresa!

«¿Y si emprender un año sabático, doctora, fuera un peaje obligatorio a estas alturas de la vida? Los guiris anglosajonaicos se toman esta práctica con 18 años, pero lo que mola es hacerlo ahora, en el ecuador del camino. Venga, descompresión. Fuera agobios. A reírse y a descansar. La crisis, para los crisáceos y los crisantemos. Nosotros a disfrutar, a fundirnos los pocos ahorros antes de que se los coma el BCE y a viajar quién sabe dónde. Una baja voluntaria en el trabajo, un avión y a volar. Pirémonos a algún sitio o selva donde ni siquiera entiendan nuestro idioma, el idioma de los urbanitas tontos. No, no hace falta ir al extranjero, igual podemos encontrar el paraíso aquí mismo. Venga, si nada merece la pena, pirémonos. A la vuelta, si hay retorno, ya pensaremos qué demonios hacemos con nuestras vidas, si es que hay vidas. Doctora, rompa su rutina y deje de atender pacientes tarados: escápase conmigo, pongámonos ambos en barbecho sabático, a descansar la tierra de nuestros cuerpos en alguna selva, a ver qué germina y qué florece en el futuro.»

 
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Publicado por en 12 abril 2012 in En la consulta, Historias reales

 

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De Stradivarius

Stradivarius

Stradivarius

«Mire usted, doctora, que pensaba yo en la cantidad de gente que va de jefe, pero no sabe comportarse como tal, especialmente en estos tiempos de crisis. Que no sabe ejercer su responsabilidad, ni cuidar a sus subordinados. Imagine usted tener un Stradivarius, que no están ni a su alcance ni al mío (yo solo los he visto en el Palacio Real de Madrid), y en lugar de conservarlo en perfecto estado y en una vitrina, lo tuviera usted descuidado y cubierto de polvo. Y cuando lo fuera a tocar, le echara la culpa de que desafinara al pobre instrumento. No, oiga, si la culpa es de usted, que no cuida cosas tan valiosas, ni sabe lo que quiere. Digo yo, doctora, que esa persona de lo que debería preocuparse es de tener afinado el Stradivarius y en perfecto estado de revista, de mimarlo, de ser, en definitiva, buen director de orquesta y de de dejar de echar las culpas a los demás. (Por cierto, ¿qué nos dan de mamar en este país para que siempre haya seres que tengan que estar buscando culpas y culpables?) Porque el supuesto jefe que no respeta a los demás en su trabajo, el que desprecia y no trata bien a sus subordinados, es que no les quiere y, por tanto, no se los merece, ni se merece que a él le quieran.»

 
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Publicado por en 2 abril 2012 in Historias reales

 

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¡Hombre al agua!

Salvavidas

Salvavidas

«Doctora, usted a quien yo veo tan perfecta porque aguanta con estoicismo mis peroratas, ¿también tendrá su parte chunga, no? Dígame una cosa, doctora: ¿cómo soporta todas las charletas y confesiones que le pegamos sus pacientes? No sé si medicará también usted o algo, porque sin duda que el suyo es un trabajo muy meritorio. Tras esta loa inicial a su persona, le expongo el comecome que hoy me trae a la consulta: somos seres presos, con más frecuencia de lo que pensamos, de un complejo cóctel de vicios y virtudes que nos chutan los genes heredados de nuestros ancestros, una carga genética que actúa como una tirana que nos impide dar un paso y de cuya férula hay que liberarse. Todos en nuestra infinita vanidad tendemos a pensar que somos seres perfectos y libres como un rayito de sol, pero no: ¡ay de nuestra parte chunga! Y a este complejo cóctel -que hay que controlar en la cabecita de cada cual para que no se vuelva molotov- se agregan todos los prejuicios, miedos y malajes varios que nos vienen por nuestra herencia sociocultural. Total, que todo se entremezcla, agita y convulsiona y a veces uno se siente como un hombre al agua en medio de las aguas procelosas de la confusión. ¡Doctora, écheme un cable o deme una espada para acabar con la herencia genética y con los usos y costumbres antes de que me vaya pal fondo!»

 
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Publicado por en 24 enero 2012 in En la consulta

 

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Letras y ciencias

Engranaje

Engranaje

«Cuando tenía 20 años, doctora, tuve una novia que estudiaba Medicina. Yo hacía una carrera de Letras, pero sentía que las letras no me bastaban para comprender la mecánica de mi cuerpo; los engranajes, vaya. Así que comencé a frecuentar el comedor de la cercana Facultad de Medicina, y no paré hasta que comencé a salir con una estudiante de mi edad y con las mismas inquietudes, solo que al revés: a ella las ciencias no le explicaban lo suficiente las reacciones de su cuerpo y necesitaba una mente de letras que intentara descifrarle los misterios de la vida, del amor y del deseo. Hacíamos el amor a todas horas para engranarnos y engrasarnos mejor: en los baños de la facul, en casas de colegas, en el coche de sus viejos, en donde podíamos. A fuego lento, eso sí, para que las ciencias y las letras emulsionaran en puntos de cocción adecuados. A fuerza de conjunciones fuimos comprendiendo nuestros respectivos engranajes, pero se dio la paradoja de que pasado el tiempo nos aburrimos el uno del otro porque ya no teníamos nada que explicarnos, ni que desvelarnos. Ella acabó saliendo con una alumna de Cirugía, porque quería recomponer algunos engranajes que las letras no reparaban, y yo, doctora, acabé en manos de una estudiante de Metafísica que me descubrió significados por encima de las palabras.»

 
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Publicado por en 22 enero 2012 in En la consulta

 

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Dos apuntes: cambio e indulgencia

Change

Change

«Estaba pensando, doctora, en que el cambio de los usos y costumbres que no nos gustan comienza en lo cotidiano. No me valen quienes proclaman una cosa desde los altares y hacen otra distinta de puertas hacia adentro, en su casa. El cambio de patrones y modelos retrógrados no se puede solo predicar en los discursos, hay que llevarlo a la práctica, lo primero, con la gente que te rodea, que nos rodea. Solo a partir de ahí se puede seguir construyendo una nueva sociedad más justa y avanzada. Lo demás es impostura, hipocresía y cinismo. Creo también, doctora, que no se puede ser tan duro e intransigente con la gente, usted que trata el alma humana lo sabe mejor que nadie. Me tiene que perdonar que a veces me crea estúpidamente yo el doctor, pero tantas horas de conversación con usted empiezan a surtir efecto. A mí siempre me mueve un sentido de indulgencia con la gente: todos decimos, escribimos y hacemos chorradas, porque la naturaleza del ser humano tiende a patinar; no somos robots programados para hacerlo todo perfectamente. El que se crea perfecto es el más imperfecto de los seres, doctora.»

 
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Publicado por en 17 diciembre 2011 in En la consulta

 

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Tulipanes espectrales

Tulipanes

Tulipanes

«En la tele del Metro de Madrid que me llevaba al trabajo decían el otro día que para descansar bien por la noche no hay que consumir productos excitantes en los momentos previos, no hacer ejercicio antes de dormir e irse a la cama con la mente limpia. Yo, doctora, que soy fiel seguidor de todos los consejos de salud por mi naturaleza hiponcondriaca, sigo al dedillo estas recomendaciones. Pero no por ello en estos tiempos de crisis brutal dejo de tener pesadillas sobre el presente y el futuro, que quiebran mi ser, de natural optimista. Esta pasada noche soñé que dormía en una especie de vitrina de cristal, a ras de suelo, desde la que veía un campo de tulipanes entre cuyos colores sobresalían unos seres espectrales, y me desperté sobresaltado, porque aquello parecía un camposanto. Me pregunto, doctora, si todos los especuladores que están haciendo caja con los jirones del euro, que seguro que consumirán todo tipo de productos excitantes, harán ejercicios compulsivos antes de irse a la piltra y tendrán la mente sucia pensando en un chorro de dinero que les cae sin cesar con sus siniestros juegos malabares, que están arruinando a sociedades enteras, dormirá a pierna suelta y roncando sin parar. Y no hace falta ser un genio, doctora, para temer que sí que lo harán.»

 
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Publicado por en 1 diciembre 2011 in En la consulta

 

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El robot

Robot

Robot

«Me compré, doctora, un robot limpiador para que me hiciera compañía. Desaparecida mi familia y los pocos seres que me querían (ahí todavía le incluyo a usted, que sigue escuchándome con suma paciencia mientras me tiendo en en el diván) necesitaba sentir la presencia de algo o de alguien. Y de repente vi en el periódico que también me acompaña desde que era jovencillo una promoción de cupones para conseguir un robot limpiador. Cuando reuní la cartillla y fui a recogerlo, me sentí como un niño con zapatos nuevos. Fue llegar a casa, sacarlo de la caja y ponerlo en funcionamiento, y la dicha fue completa. El robot iba limpiando y encerando toda la casa, en una rutina diaria que parecía no causarle ningún quebradero de cabeza, justo lo contrario de lo que me sucede a mí. Un día le puse un palo y unos ropajes; con una calabaza de juguete le monté una cabeza. Desde ese momento el robot y yo nos damos largos paseos por la ciudad, él limpiando y encerándolo todo, y yo dándole conversación. A veces me lo bajo a Madrid Río, y el robot se ríe (digo yo que se ríe, porque se le encienden todos los pilotos luminosos de golpe) dando sustos a los ciclistas y tirándose al agua para jugar con los patitos del Manzanares, a los que se empeña en abrillantar las plumas. Pegando la hebra con él me doy cuenta de que en las calles hay una plaga de robots que no son tan listos como el mío, doctora, do quiera que uno mire, aunque vayan con traje y corbata y hablen por el móvil.»

 
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Publicado por en 28 noviembre 2011 in En la consulta, Historias inventadas

 

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