En el colegio enseñan, o enseñaban, sintaxis. En casa enseñan, o enseñaban, profilaxis. En plata: hablar bien y hablar educadamente, vaya. Sintaxis y profilaxis en el manejo de las palabras, que son las que almohadillan el mundo que nos rodea. Sintaxis para hacer oraciones gramaticalmente perfectas, que expresen mi mundo y me permitan hacerme entender ante el mundo de otro. Profilaxis para que nuestras oraciones mantengan su sentido piadoso y no hieran a los demás. De igual modo que somos, o solíamos ser, extraordinariamente pulcros con lo que nos llevamos a la boca, que se limpia primero bajo el chorro del agua del grifo, deberíamos serlo también con lo que sale de ella: que tus palabras no hiedan ni hieran innecesariamente al que tienen enfrente. Que también pases bajo el chorro del agua del grifo de alguna fuente de tu mente lo que vas a decir antes de que atraviese tus labios. Pero, no sé, siento que cada vez se están perdiendo ambos mandamientos: que cada vez a un mayor número de gente le da lo mismo la construcción de sus frases, y que también les trae el pairo que las palabras que salen de su boca se conviertan en dardos malolientes.Ni sintaxis, ni profilaxis.
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Algo va mal
«Algo va mal, agente, y como no tengo clara la responsabilidad ni la identidad del culpable, pues hete aquí que vengo a interponer una denuncia contra todo dios, urbi et orbe. Denuncia contra los que lo envuelven todo en plástico, que estoy harto de bajar todos los días un bolsón de basura lleno de lo susodicho al reciclado que supera con creces los residuos orgánicos: toda una metáfora contemporánea. Denuncia contra los que no hacen nada para evitar que nuestra Europa unida, patrimonio democrático de la humanidad como dijo Lula, haga aguas. Denuncia contra quienes ensucian los mares y producen que los peces que tanto me gustan cada vez estén más llenos de mierda que luego se mete un@ pal cuerpo. Denuncia contra las empresas que no tienen reparos en producir en países que no tienen un mínimo respeto por los derechos humanos y cuyos productos también lo inundan todo. Denuncia contra quienes favorecen en España un sistema dual de educación; al loro con la futura sociedad que se avecina. Denuncia contra lo que hizo que en este país no haya un sentido de lo colectivo para tantas cosas. Denuncia contra quienes llenan de humo el aire de mi ciudad. Denuncia contra quienes con sus decisiones están recortando el futuro. No espero respuestas, agente, tan loco no estoy; me limito a gritar mis denuncias y, escuche, qué a gusto me he quedado.»
Triste cuento
Érase una vez dos colegios, separados por una calle, en el mismo barrio, cualquier barrio, qué más da. El primero, público; el segundo, concertado. Uno era, digamos, más multicultural, acorde con los múltiples tonos de la piel de la España contemporánea: había niños y niñas de múltiples orígenes, de aquí, pero también de allá, de allende los mares. Pero todos eran españoles, claro, que es algo que algunos olvidan. La ciudadanía está por encima de la piel. En el segundo colegio eran todos sólo de aquí; apenas había niños cuyos padres hubieran venido de fuera. Son dos mundos paralelos, que se desarrollan a un tiempo, y con tristeza. Los niños que se crían en el segundo colegio están creciendo en una burbuja irreal, y cuando se den de bruces en el futuro con una realidad multicultural quizá se pregunten qué ha pasado durante los años pasados. También los del primer colegio se podrán hacer las mismas preguntas. Quiénes les impiden que se mezclen, crezcan juntos y aprendan juntos. La Administración, la Comunidad de Madrid en este caso, tiene mucha responsabilidad en haber consagrado estos mundos separados. También muchos padres que no quieren que sus hijos se mezclen. Se están creando nuevos guetos ante nuestros ojos, y parece que nadie hace nada por evitarlos. Se están alimentando prejuicios muy peligrosos. Atención a la sociedad que se avecina. Este es un triste cuento y hasta podría ser un triste SOS desesperado. Ahora bien: seguro que muchos de estos padres luego cogerán a sus hij@s y les llevarán a conocer países extranjeros: “Es bueno que el niño conozca otras culturas”. Cuánta hipocresía. Cuánto cinismo. Este es un triste cuento. Vaya tela. La cosa tiene cojones. Oh, yeah.
Primarias socialistas 2.0
Lo han destacado varios comentaristas avezados y diversos medios de comunicación desde la noche de este domingo (pero tampoco muchos): las elecciones primarias del Partido Socialista de Madrid han vuelto a demostrar el poder creciente de las redes 2.0, que se puso de manifiesto en el proceso de recuento de los apoyos recibidos por Tomás Gómez y Trinidad Jiménez. Numerosos twitteros apostados en las agrupaciones socialistas madrileñas fueron volcando datos in situ sobre el avance del recuento de votos, a toda velocidad, hasta dar con el resultado final, sorprendiendo por su rapidez a propios y extraños. La propia Trinidad Jiménez felicitó al vencedor, Tomás Gómez, a través de esta red de microblogging, que agrupó centenares de comentarios a través del hashtag #primarias (¿se llama, así, no @carloshidalgo?; yo es que soy neófito, ya sabes). Ojalá que el 22 de mayo de 2011, fecha de las próximas elecciones autonómicas, también se pueda anunciar la victoria del socialista Tomás Gómez en la Comunidad de Madrid a través de Twitter. ¿Tiene Esperanza Aguirre perfil en esta red? Yo no voy a tomar ni la molestia de buscarlo, pero que se lo vaya haciendo si no lo tiene, porque los tiempos están cambiando. Además, Twitter le viene bien a la política de la presidenta conservadora madrileña, por la tendencia de Aguirre a reducir a la mínima expresión los servicios públicos madrileños: microeducaciónpública, microsanidadpública, microetc…
Felices, libres, iguales
Mi hija Estrella y sus compañer@s entran a clase entre un torrente de gritos y risas. Son niños y niñas de corta edad, y el color de su piel y sus apellidos no les importan lo más mínimo: somos los mayores los que creamos los prejuicios. Es una imagen en un colegio público de un barrio de Madrid, claro, porque en los centros concertados (sufragados también con fondos públicos, ojo) y privados estas estampas multiculturales, como se dice desde hace un tiempo, son más inéditas. Mi deseo como padre, como el de cualquiera de los que acompañamos a nuestros niños al cole a esa hora de la mañana, es que crezcan felices, libres e iguales. Pero hace falta mucha inversión pública, y mucha más voluntad política (y desde luego al menos en la Comunidad de Madrid no se ve en demasía), para que la escuela pública pueda integrar con eficacia a todos estos pequeños cuyas familias han llegado a España en los últimos años, al modo en que ha venido funcionando el sistema educativo público de nuestra vecina Francia (vecina, ¡pero a años luz en tantas cosas!). Ellos y ellas, los de origen oriundo y los que tienen su procedencia allende de nuestras fronteras, tan españoles los unos como los otros, representan el futuro de esta piel de toro, mestiza para siempre. Y ninguno ha venido al mundo ni con un crucifijo, ni con un velo, ni con una kipá debajo del brazo, sino con un ansia infinita de crecer, reírse y aprender.
La mala educación
Hay rostros -rostros duros, caraduras- que temen cuartearse si sonríen al prójimo o simplemente le dicen hola o buenos días. Rostros -rostros duros, caraduras- que nunca dan las gracias por algo, o que miran hacia otro lado si una embarazada entra en el metro: no van a levantarse ellos a ceder su asiento, con la vida tan dura que llevan. Rostros -rostros duros, caraduras- que nunca reconocen el esfuerzo ajeno. Qué lástima. Qué pobreza de alma. Qué mala educación, que se expande como una plaga en la sociedad occidental de nuestro tiempo. Nos hemos vuelto más deshumanizados, y la renuncia a unos principios básicos de educación -que empieza por el mínimo respeto a tu prójimo- es una de las principales señas de esta realidad. A esos rostros duros, caraduras, hay que pedirles un poco de empatía con sus semejantes, aunque ya sepamos que ellos están por encima de estas debilidades y no sienten por qué tienen que saludar, dar las gracias, reconocer el esfuerzo ajeno o ceder el asiento del metro a una embarazada, no vaya a ser que les salgan arrugas en las comisuras de los labios, además de las que sin duda ya tienen en el alma.
Metáfora del bizcocho
Hay una receta clásica que sale muy buena para el bizcocho, la 3-2-1. Los números marcan las proporciones de los ingredientes. Se coge un yogur de limón, se vacía, y este mismo envase se emplea para determinar las cantidades: tres envases de harina, dos de azúcar, uno de aceite, y el yogur, claro. Para rematar la masa se agregan cuatro huevos y levadura. Se bate todo muy bien, se hornea unos cuarenta minutos a 180 grados y ¡albricias! consigue usted un bollo jugoso y exquisito, ideal para desayunos y meriendas. En toda esta receta hay un ingrediente básico: la levadura; sin ella, sería un mazacote indigerible que nos machacaría el epigastrio. Bien: pues el Estado de Bienestar viene a ser algo parecido. En este caso, la levadura es el esfuerzo de todos los ciudadan@s por aportar recursos a la caja común -léase impuestos-, que, bien gestionados, permiten luego que el bizcocho suba, crezca y nos alimente en forma de educación, sanidad, cultura, pensiones, infraestructuras … El problema radica en que, a estas alturas, haya todavía gente que no crea en la importancia de pagar impuestos, de aportar su granito de levadura. De ahí la relevancia de ideas como la de la Junta de Andalucía, con el objetivo de que los pacientes sepan lo que cuesta su tratamiento médico, de que sean conscientes de que sin sus impuestos no sería posible esa atención. Porque este bollo lo debemos cocinar entre todos, ya que luego todos queremos comer de él. Y porque para asegurar el futuro hay que seguir echándole levadura. De lo contrario, en el plato sólo habrá un mazacote y unas migajas que no alimentarán a nadie.














