Tres han hecho, o les han hecho hacer, mutis por el foro en la jornada de ayer. La primera en irse, la actriz Elizabeth Taylor, una clásica de la gran pantalla que llegó al final del camino. Mi madre, que también se marchó hace unos meses, se llamaba Felicitas, pero en su familia la conocían como Liz, no sé si por compartir con la primera unos ojos indescriptibles. Otros que hacen (de momento) mutis por el foro: el Supremo echa de la pista a Sortu, la nueva marca de la izquierda abertzale, por considerar que su actuación no es sincera y que son meros herederos de Batasuna. El tercero en salir por la puerta fue el primer ministro de Portugal, José Sócrates (tiene cierta apostura de actor este hombre), en un honroso gesto después de que el Parlamento luso rechazara su plan de ajuste financiero para afrontar la crisis. Mientras tanto, mi hija (5), al tiempo que escribo esto con la radio de fondo haciendo el habitual repaso de la penosa actualidad, apostilla con ternura: “Papi, yo no quiero que seas presidente de este país, porque no me verías nunca”. Tranquila, hija, que yo tampoco. La vida, Estrella, es puro teatro
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#Titulares# ¡Feliz año 11!
El 10, tan orondo él a primera vista, acabó demostrando que tenía unas curvas muy peligrosas que terminaron produciendo más de un siniestro total durante estos doce más bien insoportables meses. Menos mal que nos dice adiós. Prometía ser un año redondo y, como todo el que se cree perfecto, resultó insoportable. Tenía el 10 demasiados michelines, algunos de los cuales nos acabaron asfixiando. El año del agravamiento de la economía global. El año del Tea Party. La ebullición de partidos xenófobos en Europa. El envalentonamiento de la derecha. Los recortes sociales impuestos por la crisis. El estado de alarma. La huelga general. Las dudas de la izquierda. Los casinos universales que acaban maniatándonos. El imposible aprendizaje de la insondable macroeconomía y su efecto en la vida cotidiana. El rostro del poder desvelado por Wikileaks. La suspensión de Garzón. Algunas alegrías. La victoria de la roja. El Nobel a Mario Vargas Llosa. La irrupción de las sombras, con la confianza de que, a pesar de los pesares, algún rayo de sol las pueda despejar, de que alguna sonrisa relaje el rostro. En lo personal, el primer año de este modesto blog (250 entradas, ¡casi 12.000 visitas!; muchas gracias por la fidelidad y el cariño diario de tantos buenos lector@s, que me animan a seguir escribiéndolo). Ha sido el año en el que murió mi madre, Felicitas (71): aunque tus ojos se entornaron, sigo sintiendo el aliento de tu mirada azul. Y nunca olvidaré todo el afecto recibido en ese duro momento. El año en que su nieta, mi hija Estrella (5), aprendió a leer. Hay futuro. Queda esperanza. ¡Feliz año 11!
Post para Estrella
Este es un post para mi niña Estrella. Ahora que empiezas a leer. Te he contado muchos cuentos. Ahora te toca a ti descubrirlos. Cada sílaba se une a la siguiente. Varias sílabas bailan en tu mente. Las palabras son mágicas. Las palabras atesoran mundos. Tú lo sabes bien. Tú inventaste Faktuna. Nunca dejes de imaginar. El gato se pinta las uñas. El búho suda por la noche. La marmota se pasó con el orfidal (uy, esta frase mejor no la leas). La pata se tira un pedo de colores. Papá Noel tiene hipo. Los renos van a su bola. Somos monstruos felices. Esta noche había una bonita luna. La luna levantina parecía tener nariz. La luna dormía como acunada. La lagartija muda su piel. La cambia por otra recién comprada en el H&M (“¡maldito consumismo navideño!”, grita mientras ve los números rojos de su tarjeta de crédito; ésta tampoco sé si te conviene mucho). Los Reyes Majos son muy magos. Reparten muchos regalos. No tienen tiempo de hacer pis. Tampoco caca. La última frase es un poco más larga, pero tienes que leerla entera y llegar hasta el final, porque es especial para ti: Estrella tiene un corazón muy dulce, que sabe a calabaza asada recubierta de nueces y rociada con miel.
El Principito vs talibán
Cuando pienso en uno de los libros que más te pueden influir en la infancia, y en la no infancia, se me viene a la cabeza uno de forma inmediata: El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, del que mi mujer me recordaba el otro día que tenemos que ir buscando una edición infantil para mi hija Estrella. Es una historia maravillosa, que sigue dando pie a historias tan maravillosas como la que en fechas recientes contaba el diario El País: «Los militares españoles desplegados en Afganistán jamás pensaron que harían algo parecido (…) No era peligroso, pero sí inusual: han estado repartiendo libros, ejemplares de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry traducidos al dari, un dialecto del farsi hablado en ese país. No fue idea del Ministerio de Defensa, sino de una mujer llamada Fuencisla Gozalo, procuradora de profesión, que desde hace años colecciona ejemplares de esta obra en todos los idiomas (…) Buscando nuevas incorporaciones para su librería descubrió la triste historia de un traductor afgano llamado Ghulam Sakhi Ghairat, hoy director de la Escuela Diplomática de Kabul, que en 1977 hizo una pequeña edición del libro en dari (…) “El día de mi cumpleaños le pedí a mis amigos que, en lugar de hacerme un regalo, me ayudaran a financiar una edición de El Principito en dari para repartirlo entre las mujeres y los niños afganos”, cuenta Fuencisla (…) “Para repartirlos pensé que podía ayudarnos nuestro Ejército”, explica, “y le envié una carta a la ministra” (…) El Ministerio de Defensa le contestó que le parecía una excelente idea (…) Fuencisla no quiso perdérselo y viajó a Afganistán para ver con sus propios ojos a mujeres y niños paseando con su ejemplar. “Ningún niño había podido leer El Principito. Ahora sí. Podrán aprender los valores que enseña el libro: honestidad, lealtad, amistad. El traductor me dijo que lo más importante para garantizar la seguridad en el futuro, para que los niños no terminen en campos de entrenamiento talibanes, es la educación (…)» Los libros son una vacuna contra la intolerancia. Y las bibliotecas y librerías que los albergan, unas farmacias llenas de medicamentos contra las enfermedades del alma.
Apellidos: gesto por la igualdad
Cuando nació mi hija Estrella, hace cinco años, mi mujer y yo, ambos feministas y de izquierdas, o de izquierdas y feministas (tanto monta, monta tanto; ¿hay izquierdistas que no sean feministas?, pues qué contradicción, porque el feminismo ha sido, es y será uno de los grandes movimientos emancipadores de la condición humana) adoptamos una decisión. Como decía, ambos, y yo de manera especial, teníamos un deseo: invertir el orden de los apellidos, permitido por una modificación legal, para no repetir el uso y costumbre patriarcal en España de que el apellido paterno fuera en primer lugar. Así lo acordamos en el Registro Civil, con naturalidad, y tan contentos. Yo creo que estos pequeños gestos ayudan a transformar la sociedad y hacen avanzar la igualdad, y como me gusta predicar y dar trigo, así lo hice. Ahora leo el revuelo que se ha montado con este asunto y las voces desaforadas de la caverna, pegando gritos a diestro y siniestro, como acostumbran, porque parece que se tambalea otro de los sacrosantos pilares de la patria. Creo que la paternidad no se demuestra con la prevalencia del apellido paterno, que ya no basta con poner la semillita y el apellido primero, sino queriendo a mi hija con toda mi alma, jugando con ella, alimentando su ansia de saber, enseñándole a crecer libre y feliz, amando a Estrella con toda la dulzura del mundo que me es posible, con la misma dulzura con la que mi madre, su abuela, que tan mal lo está pasando en este tramo final de su vida, me ha amado a mí.
Poésias de amor
El equilibrio
Si tuviera un lienzo en blanco, proyectaría todas las imágenes en forma de diapositiva que han compuesto este verano de 2010 a punto de rematar. Desfilarían una detrás de otra las imágenes de los lugares que he visitado, los rostros de la gente amable que he conocido, el aspecto de los platos que he saboreado, las aguas de los mares que han bañado mi piel, los rayos de sol que me han tostado. Pero de todas las imágenes, para el disco duro de la posteridad, conservaría una de forma muy especial: la de mi hija Estrella montando en el patio de mi casa sobre su pequeña bicicleta sin ruedines, aprendiendo a guardar el equilibrio. Una lección clave que ella aprendió muy rápido: guardar el equilibrio, procurarlo al menos, sobre ese hilo invisible, tan inestable, que es la vida.













