Mi hija Estrella (6), inspiradora de este blog, acaba de escribir su primer cuento, que quiero dejar reflejado aquí porque luego estas cosas se olvidan. Lo ha llamado Navidades Fantásticas, y me llena de alegría que sea una niña tan imaginativa: «Era un día feliz porque los niños estaban dormidos esperando a Papá Noel, pero al levantarse no había regalos, y luego, el día de los Reyes Magos, tampoco. Los niños estaban muy extrañados. ¿Sabes por qué? Porque Papá Noel y los Reyes Magos estaban en manos de unos piratas. La tripulación pirata no era mala; solo su jefe, el capitán Lagartijón, que vivía en un castillo. Pero los niños fueron al castillo del capitán Lagartijón. Ellos conocían a Lagartijón, pero querían ver el castillo abandonado sin saber quién vivía allí. Entraron al castillo y entonces vieron una habitación que ponía “Camarote del capitán y su tripulación”. Abrieron la puerta y encontraron al capitán Lagartijón, que sabían que era malo, y a su tripulación. Dijeron: “¿Por qué habéis atrapado a los Reyes y a Papá Noel estas navidades?”. Su tripulación dijo: “El malo es Lagartijón”, y él dijo: “Siempre he querido estropear las navidades, y ese ha sido mi destino”. Los niños y niñas, que eran miles, ataron a Lagartijón y desataron a Papá Noel y a los Reyes, y les dieron un abrazo y un beso. Todos eran felices menos Lagartijón, porque en aquel castillo les dieron los regalos pedidos por los niños. Entonces ese día la Navidad fue fantástica.»
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#Titulares# ¡Feliz año 11!
El 10, tan orondo él a primera vista, acabó demostrando que tenía unas curvas muy peligrosas que terminaron produciendo más de un siniestro total durante estos doce más bien insoportables meses. Menos mal que nos dice adiós. Prometía ser un año redondo y, como todo el que se cree perfecto, resultó insoportable. Tenía el 10 demasiados michelines, algunos de los cuales nos acabaron asfixiando. El año del agravamiento de la economía global. El año del Tea Party. La ebullición de partidos xenófobos en Europa. El envalentonamiento de la derecha. Los recortes sociales impuestos por la crisis. El estado de alarma. La huelga general. Las dudas de la izquierda. Los casinos universales que acaban maniatándonos. El imposible aprendizaje de la insondable macroeconomía y su efecto en la vida cotidiana. El rostro del poder desvelado por Wikileaks. La suspensión de Garzón. Algunas alegrías. La victoria de la roja. El Nobel a Mario Vargas Llosa. La irrupción de las sombras, con la confianza de que, a pesar de los pesares, algún rayo de sol las pueda despejar, de que alguna sonrisa relaje el rostro. En lo personal, el primer año de este modesto blog (250 entradas, ¡casi 12.000 visitas!; muchas gracias por la fidelidad y el cariño diario de tantos buenos lector@s, que me animan a seguir escribiéndolo). Ha sido el año en el que murió mi madre, Felicitas (71): aunque tus ojos se entornaron, sigo sintiendo el aliento de tu mirada azul. Y nunca olvidaré todo el afecto recibido en ese duro momento. El año en que su nieta, mi hija Estrella (5), aprendió a leer. Hay futuro. Queda esperanza. ¡Feliz año 11!
¡No hay peces!
Mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas, me confesó la otra mañana, camino del cole, su último descubrimiento. El pasado jueves estrenó, en la piscina a cuyas clases acude desde hace tiempo para soltarse en el agua, unas gafas de natación, para que el cloro no le enrojezca los ojitos. Y de repente lo tuvo todo claro. Al poder ver bien entre el agua con su nuevo aditamento, se llevó un chasco, que me reveló con una mezcla de asombro y desilusión que me produjo una tierna pesadumbre: “¿Sabes, papi? ¡En la piscina no hay peces!”. Yo le tranquilicé -aunque tampoco parecía muy intranquila cuando me hizo esta revelación- y le recordé que con las gafas de su imaginación siempre podrá ver peces de colores en todos los lugares que quiera, por muy grises y turbias que sean las aguas. El poder de la imaginación que siempre acompaña a los niñ@s y que cuando nos hacemos mayores parecemos abandonar (sobre todo algunos); qué pena.
Felices, libres, iguales
Mi hija Estrella y sus compañer@s entran a clase entre un torrente de gritos y risas. Son niños y niñas de corta edad, y el color de su piel y sus apellidos no les importan lo más mínimo: somos los mayores los que creamos los prejuicios. Es una imagen en un colegio público de un barrio de Madrid, claro, porque en los centros concertados (sufragados también con fondos públicos, ojo) y privados estas estampas multiculturales, como se dice desde hace un tiempo, son más inéditas. Mi deseo como padre, como el de cualquiera de los que acompañamos a nuestros niños al cole a esa hora de la mañana, es que crezcan felices, libres e iguales. Pero hace falta mucha inversión pública, y mucha más voluntad política (y desde luego al menos en la Comunidad de Madrid no se ve en demasía), para que la escuela pública pueda integrar con eficacia a todos estos pequeños cuyas familias han llegado a España en los últimos años, al modo en que ha venido funcionando el sistema educativo público de nuestra vecina Francia (vecina, ¡pero a años luz en tantas cosas!). Ellos y ellas, los de origen oriundo y los que tienen su procedencia allende de nuestras fronteras, tan españoles los unos como los otros, representan el futuro de esta piel de toro, mestiza para siempre. Y ninguno ha venido al mundo ni con un crucifijo, ni con un velo, ni con una kipá debajo del brazo, sino con un ansia infinita de crecer, reírse y aprender.
Mapa del tesoro
Me vino mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas de Faktuna, con un gran secreto: “Papi, este es tu mapa del tesoro”. Mi mapa, porque confeccionó otras dos copias, una para su madre y otra para ella. Y en efecto, me hizo entrega de un pergamino (un folio enrollado) con un mapa dibujado con boli azul de arriba a abajo y los siguientes elementos en su composición: unas nubes, un barco pirata en el cielo, un sol de aspecto burlón, una isla con montañas, unas olas, un ser sin identificar (“un señor”), una palmera. A la derecha de la palmera parten unas decenas de puntos -pasos- que llevan a un lugar señalado con una equis… que es donde se encuentra el tesoro, claro. Mi niña me precisó: “Papi, debajo de la palmera, en la playa, antes de ir a buscar el tesoro, nos tomaremos un cóctel” (el suyo sin alcohol, apostillo yo). Lo que no me indicó es cuál es el tesoro, pero creo que le da igual. Estrella tiene claro que lo importante en la vida es el misterio y las ganas de jugar, de aprender y de avanzar, sin pensar en lo que haya al final del camino.
Solución de consenso
Mi hija Estrella, que se afana en estos momentos por desenvolver sus regalos del 6 de enero, ha encontrado una solución de consenso para congeniar sus dos grandes pasiones que le tienen el corazón partido: los Reyes Mayos y Papá Noel. Anoche, tras contemplar desde la plaza de Colón la espectacular cabalgata de Reyes de Madrid, Estrella se preguntaba por qué no había desfilado también Papá Noel, a la vez que no mostraba apego a Baltasar, mi rey favorito. O sea, le habría gustado un desfile con Melchor, Gaspar y… Papá Noel. A los Magos, como ya hizo con joujoujou en la noche del 24, les ha dejado también una carta: “Queridos Reyes Magos. Os dejamos una leche y polvorones, que no hay en vuestro país y así los probáis, para que cojáis fuerzas para traer regalos a todos los niños. Si no me habéis encontrado todos los regalos no me enfadaré y os quiero igual (a Baltasar también). Si la bici es blanca [hay que aclarar que pidió una bicicleta de Mickey Mouse que los Magos no encontraron] la decoraré con pegatinas de esqueletos a ver si os da miedo y os vais a perder [sic] de risa”. ¿Habrá recompuesto su corazón para el próximo solsticio de invierno?














