Entre que uno no valora lo suficiente lo que tiene más cerca (y a veces, ¡ay!, hay que perderlo para valorarlo) y que lo próximo no siempre es lo más conocido, los humanos nos pasamos la vida vagando entre geografías desconocidas. Lo tenemos todo al alcance de la mano, pero lo pasamos por alto. Recuerdo a una querida excompañera de trabajo de Barcelona a la que regalé una guía de la Ciudad Condal cuando decidió retornar a BCN tras largos años viviendo fuera, para que los mapas del libro anticiparan y fueran desbrozando su reenncuentro posterior con la ciudad de su infancia. Es lo que se me viene a la cabeza cuando recorro esta gran, extraordinaria ciudad de Madrid, llena de rincones por descubrir que no siempre son los que figuran en las guías turísticas. Y es lo que se refleja en una exposición que se acaba de inaugurar, el proyecto Turismo Raro, para que lo próximo se torne conocido y valorado, para que descubramos el alma que late bajo la coraza de asfalto de Madrid, repleta de rincones singulares y muchas veces ocultos a nuestros ojos transeúntes.
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Las golondrinas
«Tengo un comecome desde hace días, que me ronda la cabeza y me ha vuelto ahora que le acabo de coger a usted en el taxi, será porque, perdone, tiene usted cara de pájaro. ¿Dónde están las golondrinas? Las había a cientos en mi aldea, cuando venían a criar. Yo soy de un pueblo de Llanes, en Asturias, ¿sabe usted? Pero ya apenas las veo cuando voy de visita allá. Tampoco las veo en Madrid, en donde llevo cuarenta años trabajando en el taxis. Recuerdo que hacían nidos en los aleros, en cualquier recoveco. En mi pueblo decían que había que dejar los nidos de golondrina, que traía mala suerte destruir uno. Luego me vine a la ciudad, cagondiós, donde todo son hierros y aceros, y tampoco las veo. Tengo un comecome… En cuanto llegue a mi casa le voy a tocar el tema a mi mujer, que es cántabra, porque en su tierra también han desaparecido. Que llame a su hermana, que vive allí, y le pregunte qué ha pasado con las golondrinas. Bueno, con tanta conversación, ya hemos llegado a su destino.» Hasta la próxima, señor, le contesté, no sin antes preguntarle: “Por cierto, ¿qué cree usted que está pasando con los gorriones de la ciudad? Tampoco se ven tantos como antes”.
La barra de pan
No puedo salir a la calle sin desayunar, porque siento que me falta algo. El desayuno es la comida más importante del día, así que no puedo entender a la gente que amanece, salta de la cama, da un trago de agua al grifo y sale a la calle a encarar la jornada, sin más ni más. Sí, yo no puedo salir a la calle sin haber escuchado antes en mi casa las radios, visto alguna tele y sin comprarme el periódico, mi periódico, de camino a la boca del Metro que me engulle día a día para llevarme al trabajo. Desde hace muchos años viene siendo así, en los diferentes lugares en los que he trabajado hasta el momento. Al menú matinal se une también desde hace menos tiempo el repaso a algún medio digital. Hace muchos años ya, sí: creo que desde que tengo 18 años compro a diario mi periódico (he dejado una pasta a la empresa editora si echo cuentas). Sin estos nutrientes informativos matinales no me oriento bien en el mundo. Ya dice mi mujer que en esta casa el periódico es como la barra de pan.
PD: A la barra de pan tradicional de Madrid se le llama pistola, una denominación que no se emplea en otras partes de España. El caso es que hay periódicos que escupen balas. Y empresas editoras-panificadoras que juegan con fuego.
Vivan las tormentas de verano
Las mejores noches de verano en el Foro son aquellas que revientan en forma de maravillosa tormenta que refresca el aire. Truenos, relámpagos, rayos… El ambiente que se carga de electricidad y pone los vellos de punta. El olor a ozono antes de que la lluvia empape los cuerpos: que los encharque. Qué gusto sacudirse el bochorno debajo de una manta de agua y no echarse a correr cuando comienza a tronar (¡oigan, que es lluvia, que no es ácido clorhídrico!). Este pasado sábado al anochecer hubo una gran tormenta de verano, mis favoritas. Me pilló cerca del estadio del Manzanares, y me hizo recordar el concierto de los Rolling Stones un verano de 1982, al poco de recuperarse la democracia en España, cuando una furia de los cielos precedió un memorable recital de la banda británica en el Vicente Calderón (así lo describen quienes lo vivieron, que yo solo lo he visto en vídeo), con Mick Jagger envuelto en una bandera española. En el otoño del 82 también tuvo lugar la primera visita de Juan Pablo II a España. Ángeles y demonios reunidos en un mismo año. El sábado 20 de agosto de 2011 por la noche cayó la gran tormenta que comentaba al comienzo de este post, sobre los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud [Católica] en Cuatro Vientos y estuvo a punto de arruinar la letanía de su sucesor. Cada uno elige el chou que sigue en la vida. Yo me quedo con los Stones, que al menos sé a qué atenerme.
PD: Por cierto, SuSan[tidad] se despidió de la JMJ 11 sin pedir un chavo para la hambruna del Cuerno de África. Menudo olvido. Demasiado apego a los bienes temporales. Lástima que no aprovecharan para rogar para quien lo está pasando mal, muy mal. Dona aquí (sí, yo ya lo hice).
Ganas de pecar
«Con la caló sofocante y esta explosión de beatería en el foro, me han entrado unas ganas locas de pecar, doctora. Mi cuerpo pide guerra. Me acerqué a la farmacia del Atanasio, el que tantas veces me denegó látex cuando yo era más joven. Qué demonio. Estos días el Atanasio ha puesto unos grandes mostradores con todo tipo de productos preserváticos aprovechando el tirón de la JMJ, pero, vaya por Dios, se le han agotado todas provisiones. Su mujer andaba loca haciendo llamadas a Durex para conseguir cajas de donde sea. A la salida de casa de camino a su consulta escupí en la calle, meé contra un árbol, robé unas peras de un AhorraMas y me fui sin pagar el café con porras de un bar. Deseé a la vecina del quinto, envidié al tontaina del primero que tiene un megacarro, maldije a todos los que son más altos y más listos que yo … Nada que no forme parte del ADN del ser humano desde el origen de los tiempos y del invento de los dioses. Me iba a meter para el cuerpo unos gintonics, pero he decidido invertir ese dinero en ayuda para Somalia. He entrado en la web de El Corte Inglés, que se está haciendo de oro vendiendo merchandising de la Jornada Mundial de la Juventud [Católica], porque estaba convencido de que había un enlace para donar para el Cuerno de África, pero no lo hay, vaya por Dios. Me consolé luego viendo en uno de los restaurantes favoritos de mi barrio a un numeroso grupo de peregrinas católicas guiris trasegando sin parar jarras de sangría con cargo a los vales de manutención que les dan en su kit mochilero: debían de estar buscando al dios entre los vapores del vino. Bueno, qué más da, los de esas muchachas y los míos son pecadillos veniales al lado de los que cometen otr@s. Ahora me he tranquilizado porque me he dado una ducha fría y he reposado la cabeza antes de venir a su consulta. Pero lo que más me inquieta de todo esto, doctora, es que esta masiva presencia católica y catódica no sea el prólogo de otro advenimiento popular marianil que, ay, Dios no quiera. No perdamos la fe.»
Ferragosto
En Ferragosto los ritmos vitales caen bajo mínimos, como las bolsas de estos días. Cuesta levantarse y desperezarse, echar aftersun a la piel que el sol abrasó ayer entre canchales ribereños de parajes de montaña. Ha pasado la lluvia de Perseidas y, maldita sea, no he vuelto a ver ninguna por más que escudriñé los cielos, pero qué falta me hace verlas estando en compañía de mis dos estrellas preferidas, que cumplen años también alrededor del Ferragosto. La gran ciudad baja los latidos, acompasa su ritmo cardiaco al calor, aunque hayan desaparecido aquellos agostos de hace quince, veinte, veinticinco años, cuando Madrid a estas alturas de año se asemejaba a una ciudad golpeada por la bomba hache, vacía como una planta de un ministerio a las ocho de la tarde. Aquellos veranos con la ciudad desierta son historia; el foro ya no se vacía nunca del todo. Pero es Ferragosto, qué demonios, así que voy a dejarme poseer por el dolce far niente, que ya vendrá la marejada.
Selectividad
Miles de aspirantes a universitari@s afrontan estos días las pruebas de Selectividad, determinantes para su futuro. Durante las semanas previas abarrotaron las bibliotecas públicas, buscando una mesa donde repasar las asignaturas. Yo me acuerdo de mi selectividad con nostalgia a pesar de todo el esfuerzo, del atracón de temas que me metí, de los madrugones para estudiar en aquellos meses de mayo y junio de ¿1987? Una calurosa primavera de hace tantos años ya, en la qua me levantaba a estudiar con la fresca. Me salió bien. Durante estas mañanas de junio de 2011, estudiantes que también tienen 18 años copan los vagones del Metro, camino de los centros donde harán las pruebas. No hace tiempo que tú y yo viajábamos en el mismo vagón, estudiando nerviosos los últimos apuntes, echando un ojo a las últimas lecciones, riéndonos con algún compañero de viaje para disimular los nervios. Pasando las páginas de la vida y de las estaciones. No hace tanto tiempo.













