Lo malo no es solo que las cuchillas corten; lo peor es que el señor presidente ni siquiera parece que tenga sangre

Fabricación de una concertina como las que se usan en la frontera de Meilla
Fabricación de una concertina como las puestas en la frontera

Una gran persona que me honra con su amistad, dotada de una inteligencia emocional y una empatía fuera de lo común ahora que no me oye, me comentaba esta mañana que había tenido que parar de leer, porque se le hacía insoportable el dolor de fijar sus ojos entre las líneas del texto, un reportaje de El País sobre los efectos de la verja erizada de cuchillas que el Gobierno del PP mantiene en el perímetro fronterizo de Melilla. Unas cuchillas, recuerden ustedes, sobre las que el señor presidente del Gobierno dijo que iba a encargar un estudio acerca de su riesgo para la integridad humana, porque parece ser que no lo tenía claro, quedándose tan pancho, con esa cara de yo no fui y de cordero degollado que se gasta el prócer cuando se cumplen los dos años de su victoria en las urnas y de sus aterradoras consecuencias, ¡ay!, sobre el recortable en que ha convertido la piel de toro merced a sus tijeretazos por doquier. Qué ser. Y lo malo no es que las cuchillas corten a los inmigrantes que, llevados de su desesperación, intentan entrar en España, que también. Lo peor es que tengamos un presidente tan indiferente al efecto de sus políticas, un político que parezca tan de cartón piedra y que no sangre pensando en las consecuencias y los destrozos que están haciendo, con cuchillas o a machetazos que tajan nuestro Estado del Bienestar. Un presidente que ni siquiera parece que tenga sangre. Yo nunca jamás votaré ni a Rajoy, ni al conservador PP, y estoy seguro de que la persona que tuvo que dejar de leer el periódico tampoco, pero este señor es el presidente de tod@s, me caiga a mí mejor o peor (que es el caso), y da miedo semejante insensibilidad de quien nos representa. Un Gobierno democrático ha de tener otras alternativas para regular los flujos migratorios.

Que les dejen correr

Pizarra por el paro educativo de hoy
Pizarra por el paro educativo de hoy

En el cole público de mi hija les ponen música por los altavoces del patio cuando abren las puertas cada mañana a las nueve, a modo de bienvenida. Los madres y padres nos despedimos en el quicio del portón que da al patio de los mayores (así le llaman), y por allí entran ellos, tan diminutos todavía, y más pequeños aún en comparación con los mochilones que tienen que arrastrar. Por allí entran agolpados, arracimados, mi hija de ocho añitos y sus pequeños colegas, mi Estrella portando su cartera el almuerzo que le preparo cada mañana con toda la ternura del mundo. Los miércoles toca fruta, así que ayer entre Estrella y yo preparamos una brocheta con fresas que cogimos de nuestra azotea, alternadas con rodajas de plátano y bañadas con siropes de chocolate y de caramelo. Ayer por la mañana, como otras muchas mañanas, les pusieron una canción energética y energizante que me encanta y que queda muy bien como banda sonora para empezar cada jornada las películas de sus pequeñas vidas: Born to Run, de Bruce Springsteen. Esto ocurrió el miércoles. Hoy es jueves, día de paro educativo, y la niña no va a ir al cole. Hoy en el patio del cole de mi hija no creo que suene Born to Run, Nacidos para correr, sino un silencio triste, sin el eco de los ruidos infantiles de fondo. La canción de hoy es una pieza muda: el eco soterrado de una nueva protesta contra los reiterados recortes educativos que se están cebando con una enseñanza pública que debería dejar correr los sueños, las ilusiones y el ansia de saber de los escolares, sin que los cercenen los planes del ministro Wert y de este Gobierno pavorosamente conservador.

El aguador

Protesta de Femen contra Alberto Ruiz-Gallardón
Protesta de Femen contra Ruiz-Gallardón

El antaño Aguador Municipal, así escrito con mayúscula para darse más pisto en las comidas con los cuñados, fue muchos años dando gato por liebre. Llenaba sus botellas de agua del grifo y la vendía como si estuviera embotellada en los manantiales más salutíferos del universo mundo, a precio de oro. Muchos le compraron la mercancía, año tras año, especialmente cuando más apretaba la calor y el contorno entre izquierda y derecha se difuminaba. Algunos intentaban advertir: «¿Pero no os dais cuenta de que os está tomando el pelo, que Alberto RG os está vendiendo un borrico viejo?». Pero los incautos no hacían caso y siguieron comprando el agua, verano tras verano, y elección tras elección, llenándole los bolsillos y las ambiciones al aguador, aunque, como luego se verá, las ambiciones de aquel hombre en realidad rara vez podrán estar colmadas. El aguador dejó luego su puesto de designación municipal y pasó a otros menesteres. Lo de dar  agua ya no le iba: ahora quería cerrar el grifo de los derechos, como el del aborto. Y muchos de los incautos que le fueron votando se preguntan ahora: «Pero a este hombre, ¿qué le ha pasado? ¿No era tan progresista?». Y él, con su habitual impasibilidad de esfinge se ríe en sus adentros mientras sueña con alcanzar la primera magistratura del país y darle con el cántaro en la cabeza a quienes incautamente le fueron aupando, los pobres que sorbito a sorbito fueron ensoberbeciendo a aquel ministro.

¡No a la reforma de la ley reguladora del derecho al aborto!