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La ruidera

Stop ruido

Stop ruido

Qué ruidera en todas partes. Cuánta falta de silencio. En las clases, en todas partes, en las redes sociales.

– Nieta, a abuelo: ¿Por qué no te gusta la ruidera?

– Abuelo: hija, ¿qué ha pasado en los museos, que antaño eran templos a los que se acudía con veneración y que ahora son objetos de consumo y fondos ideales de esas cosas llamadas selfies? Sois la generación más ego-imagen-céntrica del mundo.

– Abuelo: recuerdo un viejo proverbio  árabe: Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas. Cariño, ¡tanto ruido por todas partes! Conversaciones subidas de decibelios. Tertulias de televisión a todo meter. Cláxones de coche. Uff, y en Navidad: jingle bells a todas horas, efecto cortylandia a lo bestia, y la musiquita esa de Mariah Carey; ¡es que ya ni los villancicos de antes! Ruido, ruido y ruido. Todo el día atronando.

Antes, cuando trabajaba, me pasaba el día hablando y hablando, no te creas. Pero estaba deseando llegar a mi apartamento y, tras tanto y tanto ruido, y tantas y tantas conversaciones, guardar silencio, en exclusiva conversación con mi persona, sin tener que escuchar a nadie. Al cerebro humano le encantan los bucles, así que podía pasar horas enredado conmigo mismo.

– Nieta, a abuelo: ¿Qué te bulle en la cabecita? ¡Habla, hombre, que te vas a ir cualquier día y no te voy a haber conocido!

– Abuelo: venga, va. Coge papel y lápiz. ¡No te vayas a emocionar, que tampoco tengo tanto que contar!

 
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Publicado por en 12 diciembre 2017 en Historias inventadas

 

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Cuento del jardinero

Quimera vegetal en una obra de El Bosco

Quimera vegetal en una obra de El Bosco

Érase una vez un jardinero que se lanzó a pasear por los paisajes de los cuadros clásicos. No contento solo con tocar la naturaleza que adora y en la que trabaja, el jardinero efectuó un ejercicio de inmersión en los lienzos que ama. Donde los demás vemos figuras históricas y religiosas acompañadas de una amalgama vegetal sin apenas distingos, él era capaz de reconocer e identificar árboles, plantas, flores y frutos, y de explicar su simbología y su relación con el lienzo. El jardinero habla el lenguaje secreto y sagrado de las plantas y lo traslada a los profanos. El arte mostrado en apariencia bidimensional adquiere así una tercera dimensión en forma de profundidad y hondura que él nos desvela y nos ayuda a entender. Con sus explicaciones, las obras cobran vida y laten por debajo de las escenas de santos y figuras de leyenda de siglos atrás. Parece un cuento, ¿verdad? Pues no, es historia verdadera, protagonizada por mi hermano, jardinero de alma artística, Eduardo Barba, que ha efectuado un interesantísimo estudio botánico sobre la exposición de tablas flamencas que se acaba de inagurar en el museo madrileño Lázaro Galdiano. Edu todavía no se ha puesto a desentrañar, creo, las locuras vegetales de los cuadros de Arcimboldo, pero todo llegará.¡Verdura al poder!

 
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Publicado por en 17 noviembre 2017 en Ocio, cultura y redes

 

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La capucha

Capucha

Capucha

Vuelven las prendas de abrigo a la calle, y las capuchas con ellas. Pero no son muchos los vecinos que se las echan a las cabezas en estas mañanas más bien gélidas ya en la capital tras el verano eterno que hemos vivido este año. Aunque no llueva, siempre es útil la capucha para guarecerse del frío que congela las orejillas y produce sabañones. Si no la usas, ¿para qué la quieres? Pero el ejemplo que yo doy cuando bien me embozo no cunde. La mayor parte de la basca lleva la capucha echada sobre los hombros, haciendo un extraño amasijo de tela sobre el que malamente colocan la mochila o la tira del bolso en bandolera. ¡Úsenla, hombres, mujeres! Úsenla, o elimínenla de la prenda de abrigo, que será menos prenda de abrigo sin ella. La capucha es como el cerebro: tenemos un gran potencial, pero solo usamos una pequeña parte, dicen los especialistas. ¿Y a qué se deberá esa reticencia a utilizarla? ¿Tal vez a ese pudor y miedo al ridículo tan nuestro, tan grabado en el ADN patrio desde los tiempos de las pinturas rupestres de Altamira o más allá? Ponte la capucha, protégete la cabecita y, de paso, procura que tus ideas tengan el suficiente calorcito como para eclosionar y hasta florecer. ¡Usa tu potencial!

 
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Publicado por en 15 noviembre 2017 en Actualidad, Historias reales

 

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