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Gorriones

Gorrión común

Gorrión común

Envolverse en patrias y banderas suele ser un entretenimiento que solo gusta  al que le gusta envolverse en patrias y banderas. Nunca he creído en identidades cerradas, en enseñas, en himnos. Deberíamos haber avanzado lo suficiente, en la historia humana, para entender que lo único que nos deberían unir son los valores y principios universales, los fundados en aquella lejana revolución de 1789, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los que levantan muros y fronteras no van conmigo. No creo que haya que ser nacionalista para que se pueda sentir apego a una cultura o a una lengua, pero ese apego, llevado a extremos y traducido a políticas concretas, solo genera grandes dolores de cabeza y cegueras irreversibles. Todo nacionalismo se define por oposición a algo, por negación de alguien. Las banderas las deshilachan el tiempo y la historia, y todo esfuerzo destinado a remendarlas es una empresa inútil. Vivimos en un mundo globalizado que dejó atrás la taifa, el campanario y la aldea. El nacimiento es un mero accidente: convertir esa pura chiripa en una señal de destino fulgurante o en un designio de los dioses es una pura tontería. Un gorrión se llama de diferentes formas en las distintas partes que componen este accidente geográfico llamado España, pero surca cielos a veces azules, a veces grises, que no tienen limitaciones ni enseñas, que pertenecen a todos los que habitamos este loco país dentro de este no menos loquimundo global.

 
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Publicado por en 11 septiembre 2017 en Actualidad

 

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Casa de Campo, 1937

Búnker de la Casa de Campo (http://disfrutandodemadrid.blogspot.com.es)

Búnker de la Casa de Campo

De las múltiples heridas que surcan la tierra yo prefiero las que hacía con el arado para labrar el campo que me mantenía en Castilla. Detesto estos andurriales de las afueras de Madrid, con este sol de plomo, este calor asfixiante y el enemigo apuntando. Ayer mataron a Basilio: cayó como un conejo al que le hubieran propinado un golpe seco. Somos cientos, miles, de soldados, tirados entre estos árboles y estas lomas, viendo silbar las balas y detonar las bombas. De cuando en cuando cae uno de los nuestros, o uno de los suyos. Qué más da. Yo ya no sé de quién soy, de quiénes somos, presos como estamos en estas trincheras cavadas alrededor de los cerros de lo que llaman Casa de Campo, cautivos de la locura de una guerra sin fin, en la que muchos no quisiéramos estar. Qué cosas tienen los de ciudad, llamar “casa” a esta inmensa finca sin puertas, ni ventanas. No me siento de ningún bando. Me siento de mi pueblo, en donde me reclutaron para traerme aquí y llenarme de miedo, de piojos y de mugre. Una nube negra, la misma que, me temo, se cierne sobre España se ha apoderado de mi mente y no me deja ver más allá de la mirilla de este fusil que pesa como un muerto y apenas sé cómo manejar. Sí, este es el momento en el que uno, por insignificante que sea, siente el peso de la historia sobre sus hombros, de una historia trágica de España que ojalá nunca se vuelva a repetir.

 

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La gran y las pequeñas historias de España

Actores y actrices de Júbilo

Actores y actrices de Júbilo

No sé si el objetivo de mi amigo Fernando Sánchez-Cabezudo, el director de Kubik Fabrik, es que el espectador reflexione sobre la gran y la pequeña historia contemporánea de España cuando programó para estos días, en doblete, las obras Salón Primavera y Júbilo, pero a fe mía que lo consigue. Porque la primera, que lleva el elocuente subtítulo Una tragicomedia republicana, de las compañías Hongaresa y La perrica de Jérez, es un repaso por la trayectoria de nuestro país desde los años 30 en adelante, reflejada en la vida de un lugar que se va transformando, sucesivamente, pero con saltos adelante y atrás en el tiempo, en cine, salón de baile, burdel del rey borbón, sede anarcosindicalista, hospital de la Guerra Civil, cárcel de represión franquista, casa regional de Aragón, taller de pintores postimpresionistas y bingo setentero. Y la segunda, de la compañía F de Asfalto, habla de las historias de un entrañable grupo de jubilados convertidos en actores, que reflexionan y nos hacen reflexionar sobre sus vidas y las nuestras. Al comienzo de Júbilo los actores y actrices de esta emotiva pieza descubren sus vientres, en los que vemos el paso del tiempo: arrugas, cicatrices, costuras… Los vientres de nuestros padres y madres, de donde venimos todos; los vientres en los que nos convertiremos. Júbilo es una más que meritoria obra para un conjunto de juniors, de debutantes, que en realidad son seniors en la vida y de quienes tanto podemos aprender en esta pieza que acaba con una gran fiesta de actores y público. Este domingo es la última oportunidad para ver, en doblete, estas dos obras que hablan de la gran y de las pequeñas historias de nuestro país (Salón Primavera a las 19:30; Júbilo a las 22:00). Luego habrá oportunidad para ver Júbilo los sábados 15 y 22. La historia queda escrita en los libros, pero no nos olvidemos de que son los hombres y mujeres quienes la escriben, quienes la escribimos.

 

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