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Gorriones

Gorrión común

Gorrión común

Envolverse en patrias y banderas suele ser un entretenimiento que solo gusta  al que le gusta envolverse en patrias y banderas. Nunca he creído en identidades cerradas, en enseñas, en himnos. Deberíamos haber avanzado lo suficiente, en la historia humana, para entender que lo único que nos deberían unir son los valores y principios universales, los fundados en aquella lejana revolución de 1789, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los que levantan muros y fronteras no van conmigo. No creo que haya que ser nacionalista para que se pueda sentir apego a una cultura o a una lengua, pero ese apego, llevado a extremos y traducido a políticas concretas, solo genera grandes dolores de cabeza y cegueras irreversibles. Todo nacionalismo se define por oposición a algo, por negación de alguien. Las banderas las deshilachan el tiempo y la historia, y todo esfuerzo destinado a remendarlas es una empresa inútil. Vivimos en un mundo globalizado que dejó atrás la taifa, el campanario y la aldea. El nacimiento es un mero accidente: convertir esa pura chiripa en una señal de destino fulgurante o en un designio de los dioses es una pura tontería. Un gorrión se llama de diferentes formas en las distintas partes que componen este accidente geográfico llamado España, pero surca cielos a veces azules, a veces grises, que no tienen limitaciones ni enseñas, que pertenecen a todos los que habitamos este loco país dentro de este no menos loquimundo global.

 
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Publicado por en 11 septiembre 2017 en Actualidad

 

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Distopías que asustan: algunas cosas se van cumpliendo

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451

El género distópico (obras que hablan de mundos futuros indeseables, creadas en muchos casos con intención de que reflexionemos sobre los riesgos que nos atañen como sociedad ante la evolución vertiginosa de estos tiempos) no cesa de generar productos y de ganar adeptos. Este verano leí El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una ficción escrita en 1985 –no tan ficción en algunos aspectos- y que está muy de moda en las librerías porque describe la deriva totalitaria y teocrática en que se transforman los Estados Unidos, con las mujeres convertidas en esclavas sin ningún tipo de derecho… Asusta, pero hay rasgos de mucha actualidad, lo cual asusta doblemente. Distopías varias me marcaron en la adolescencia, como 1984, de Orwell, o Fahrenheit  451, de Ray Bradbury. Ahora me tiene fascinado una serie de Netflix, Black Mirror, acerca del impacto perverso que tienen las nuevas tecnologías en sociedades de un futuro que cada vez es más presente. La primera temporada de Black Mirror, de 2011, presenta cachivaches electrónicos, maneras y comportamientos que, hoy por hoy, ya son una realidad en algunos aspectos. Las distopías son útiles en tanto que abren debates sobre los límites de la ética, la imposición de una nueva “moral” y la manera en que rayas rojas que creíamos inviolables se traspasan una y otra vez, con los consiguientes riesgos para derechos y libertades que parecían no tener vuelta atrás. Pero ojo, que ya están aquí… Y es muy fácil dejarse manipular por lo cool, lo guay, que son unas modernas tecnologías que, sin duda, traen muchos beneficios, pero comportan una parte de riesgo sobre la que debemos estar prevenidos. Al móvil es mejor irlo mirando con recelo; por si acaso, vaya.

 

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El teatro a la calle

Cuánta razón

Cuánta razón

En la madrileña Cuesta del Moyano ha aflorado un escenario temporal –hasta el 24 de septiembre-, que simula los corrales de comedias que se instalaban en las plazas durante el Siglo de Oro, y que nos devuelve el teatro a pie de calle. La idea es fruto de la colaboración entre el Ayuntamiento y la Fundación Siglo de Oro. Una de las obras que tienen en cartel es una fábula entre un encuentro imaginado entre dos cimas literarias de aquellos tiempos, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, bajo el título Los espejos de Don Quijote. Es una pieza escrita y dirigida por Alberto Herreros con motivo del 400 aniversario del fallecimiento del autor alcalaíno. Divertida y entretenida, con diálogos muy bien escritos y un brillante monólogo final, la obra invita a acercarnos a los libros de Cervantes, pues, como dice con ironía el propio actor que encarna al autor, haríamos mejor en recorrer sus obras que en buscar sus huesos. Sucede mucho en este país con los clásicos: todo el mundo habla de ellos, nadie los lee. Ocurre también con la obra de otro autor que tampoco debemos olvidar, especialmente por la hondura, el ingenio y el calibre de sus textos, Lope de Vega, del que se descubrió –como consecuencia de la labor de un investigador en la Biblioteca Nacional– una obra inédita, Mujeres y criados, que también está en cartel en este escenario efímero y con fecha de caducidad de la Cuesta del Moyano, pero con obras que están llamadas a perdurar.

 
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Publicado por en 29 agosto 2017 en madrid, Ocio, cultura y redes

 

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