Un carnicero bajo el sofá

Revuelta egipcia
Revuelta egipcia

«Le prometojuro, agente, que no sé cómo llegó aquel ser hasta debajo de mi sofá. A mí me despertó el mal olor, tras una larga siesta pijamera de tres horas que perpetré hace unos días en el susodicho sofá. Al principio pensé que la peste debía de proceder de las bolas de carne que mi hija hace con el solomillo, porque la cachonda tira bajo el sofá los cachos de carne cuando se lía a masticarlos y a masticarlos y se le hacen bola, como dice ella. Para eso me gasto los talegos, para que a la niña se le haga bola el solomillo; lástima de no haber pasado hambre, como su padre. Bueno, al grano, el caso es que, en efecto, algo tenían que ver las bolas de carne del solomillo a medio masticar con la presencia de aquel ser. Al mirar bajo el sofá me lo encontré a él. Su cara me sonaba de verle estos días en los noticieros internacionales sobre las revueltas del norte de África. Creo que debió de escaparse de la tele, de la vieja Sony Trinitron que tengo averiada y de vez en cuando suelta humo. Perseguido por los manifestantes, el pobre Joselín (así le llamo yo, porque su nombre en árabe me resulta difícil de pronunciar) se coló dentro de la cámara de un reportero español que estaba grabando manifestaciones contra su augusta persona en su país, subió al satélite convertido en una plasta de unos y ceros, bajó a la parabólica de mi azotea y llegó hasta mi tele, para colarse a continuación a través de una rendija del aparato televisivo mencionado, cobrar de nuevo su forma humana y refugiarse bajo mi sofá, sin duda atraído por el olor/hedor de las bolas de solomillo a medio masticar que hace mi hija. Bueno, esto es en sentido metafórico: bajo mi sofá y bajo el sofá de todos y de todas los occidentales, que hemos estado tan cómoda y mullidamente sentados sobre tiranos como éste, sin decir nada mientras nos han hecho el caldo gordo. Agente, el caso es que vengo a poner una denuncia para ver si le pueden detener, antes de que me devore. Y mire que siento que se lo lleven, porque me he acostumbrado a echarle bajo el sofá todos los restos de cochinillo, cordero, lechazo, ternasco y ternera y el tipo me los devuelve mondos y lirondos, con los huesos relucientes, con el consiguiente ahorro en bolsas de basura. Joselín tiene mucha experiencia en procesar carne, y temo que ahora quiera probar conmigo, porque en el fondo echa de menos su tierra, agente. Pobre.»

From lost to the river

Alien
El alien

«Cuando me desperté, el dinosaurio seguía allí. Se me viene a la cabeza una copia del cuentecillo de Augusto Monterroso, agente, porque ocurrió tal que así: al incorporarme de la siesta, me encontré con el cadáver de la casera, doña Rogelia, en el suelo de la cocina, todo roído hasta los huesos. No es que esté comparando a la señora con un dinosaurio, no, aunque sus años tenía ya. El probecito se lo había comido entero. ¿Quién es el probecito? Le cuento; apunte, agente, apunte. Esta buena mujer cuyos restos están ahí desparramados, mi casera (lo que queda de ella), vino a visitarme esta mañana y se empeñó en recoger la cocina y en limpiarlo todo. Yo no lo veía tan sucio, pero es que la viejuna era obsesiva. Se puso a colocar los estantes, a frotar la encimera, a limpiar los azulejos con baldosinín, amoniaco, lejía y KH7… ¡Muerte a la grasa! Qué tipa. A mí, plim. Le dije que, muy bien, que limpiara lo que quisiera, que eran las cuatro de la tarde y yo me iba a echar un rato. Y mira que se lo advertí: doña Rogelia, el refrigerador mejor no lo toque, y, sobre todo, no se le ocurra abrir la olla naranja que está dentro de la nevera. Pero, oiga, la viejuna era tozuda, qué quiere que le diga, agente. En la olla naranja vivía él, un alien que surgió un buen día, estos meses de atrás, transmutado de unas albóndigas putrefactas que no me comí; yo le tenía cariño al probecito alien, y de hecho usaba la olla naranja para echar basurillas varias, que el probecito alien roía con gula; a mí me quería bien y no me hacía nada. Pero, claro, a la viejuna no le conocía, se debió sentir amenazado y… le saltó a la yugular. ¡Mira que le dije que no abriera la olla naranja! Pobre mujer; si ya le decía yo que tanta obsesión con la limpieza no era buena. Mire, mire, agente, el alien se ha encaramado a la estantería y se relame de gusto cuando repara en los huesos de doña Rogelia. ¿Ha visto qué dientecillos tan afilados tiene?; cortan como un bisturí. Pero, ¿qué hace, agente?, no le dispare al probe, que me va a agujerear los azulejos. En fin, agente, que de perdidos, al río (from lost to the river, ¿en inglés se dice así, ¿no?; yo es que estoy aprendiéndolo 😉   »

Pesadillas 3D

Gafas 3D
Gafas 3D

«Sabe agente, tuve una visión consistente en que parece ser, según anuncian los Mediamarkets y los Carrefoures, que entre las próximas innovaciones más pronto que tarde que se colarán en nuestros hogares vendrán las televisiones en tres dimensiones o 3D de las que eclosionarán directamente ante nuestras pupilas en 2D unos seres que nos enseñarán los dientes en 3D para ver qué feos tenemos los nuestros en 2D y nos invitarán a que nos cepillemos muy fuerte también hasta que nos sangren las encías y necesitemos un lavado gingival para enseñar los dientes en los vídeos que también nos grabaremos en 3D para que en la posteridad nuestros descendientes vean lo bien que teníamos la piñata y lo bien que sonreíamos a la cámara tridimensional. Porque, oiga, cuartos no sé si les vamos  a dejar a nuestros descendientes, pero fotos y vídeos digitales, a mansalva; sacos y sacos de imágenes; vamos a ser los más inmortalizados de la historia de la humanidad. Uf, y perdone la rapidez con la que he hablado, que no le he dejado ni tomar nota, porque a todo esto no recuerdo a cuento de qué venía al cuartelillo. Bueno, como se ha hecho tarde y veo que empiezan a echar el fútbol, si no le importa me sentaré a su vera. Vaya, y veo que en el cuartelillo este tienen todavía una tele de tubos para ver el Mundial. ¿Qué cutres, no?»