No nos merecemos esto

Res Publica
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«Si usted, doctora, o yo, que tan poco soy, sintiéramos sobre nuestros hombros unas acusaciones con unos indicios tan demoledores como los que pesan contra el presidente del Gobierno, seguro que usted y yo anunciaríamos nuestra dimisión y echaríamos a correr hasta Perpiñán. Eso lo haría cualquier mortal, salvo que tenga una jeta de hormigón armado o esté tan absolutamente emponzoñado de mentira que sea incapaz de discernir nada. Pero el bueno de Rajoy, todo entrega a España, se aferra a su silla y no dice ni esta boca es mía. Se niega a hablar sobre un subordinado que no era un cualquiera, sino el jefe de los servicios de tesorería A y B del PP y quién sabe qué más, con el empecinamiento que tienen algunos niños pequeños en admitir la verdad cuando saben que han obrado mal. Se le puede llamar de muchas formas, y tal vez la de cobardía no sea la menor, pero este, doctora, no es el presidente que se merece este país en un momento en el que lo estamos pasando tan mal. Señor Rajoy, dimita ya, y dedíquese a escribir algún tratado sobre la indignidad en la cosa pública y el daño que está originando a todos los que creemos que la política está al servicio de los demás. Señores de los sobresueldos: quienes se enriquecen y buscan enriquecerse mediante la cosa pública merecen todo el desprecio y el oprobio sociales; porque el único enriquecimiento que es lícito procurar en el desempeño de la función pública es el enriquecimiento de todos: en valores, en derechos, en libertades.»

Que no te venzan: vitaminas para el alma

Farmacia
Farmacia

«Querida doctora, mucho tiempo llevaba sin requerir sus servicios. Le digo una cosa antes de que comience usted a hablarme: al igual que en alguna parte del mundo, la parte chunga sin duda, se acumulan los miles de millones tangados por fulanos de todos conocidos, en alguna parte también tienen que irse atesorando todas las cosas buenas del mundo, que también las hay. Las risas, los besos, los abrazos, las caricias… La infinidad de pequeños detalles que hacen que la vida merezca la pena a pesar de los pesares y de la tristeza de estos tiempos inciertos. Los millones trincados por fulanos sin escrúpulos se almacenan en fríos depósitos de metal, despiadados y crueles, venenosos y malignos como el mercurio, la ponzoña de las gentes miserables que nos han llevado a esta puta crisis. Pero las risas y todo lo demás de la buena gente, los tesoros mucho más valiosos que los millones que estamos dejando de darnos y de echarnos, pueden estar esperándonos a la vuelta de cualquier esquina, y hay que conjurarse para que vuelvan a adueñarse de todo, a enseñorearse de las sombras y a espantar las tinieblas. Suelo ir a una farmacia a buscar medicinas para el alma, doctora, pero la mejor vitamina que recibo cuando frecuento ese establecimiento la obtengo de un mensaje que la buena gente que la regenta tienen en un cartelito colgado en la pared: procura ser feliz. Al final es solo eso, ¿verdad, doctora? La química curativa está en nosotros, en los afectos que damos y que recibimos; lo demás son miserias.»

El rey, a portagayola

El rey, durante su discurso nochebuenesco
El rey, durante su discurso nochebuenesco

«Pues yo no sé a usted, doctora, pero a mí me desconcertó mucho lo del discurso del monarca en esta Nochebuena. Más allá de las palabras habituales tan augustas, que pretenden responder a la situación de angustia real y generalizada que se vive en el nuestro país, me chocó esa cuestión del lenguaje postural de Su Majestad. Ese recibir a las cámaras que le estaban grabando digamos casi que a portagayola, como dicen los taurinos, ahí asentadico en el borde de la mesa de su real despacho, como las charletas que se soltaba el bueno de José María Carrascal al filo de la medianoche en Antena 3 años ha. ¿Se acuerda, doctora, del informativo aquel? Toda la vida acostumbrado uno a ver a SM apoltronado para dirigirse a los españoles/as, y ahora resulta que pega un bote y se acomoda en el borde de la mesa, al filo de lo imposible. Dicen los entendidos que la Monarquía se está modernizando, pero los hay malvados que van más allá y dicen que, si se quieren modernizar de verdad, dé un paso al frente para irse atrás, se vayan con sus pompas y sus atavíos y venga la Tercera República, que es una construcción más avanzada que esta monarquía centenaria. Para la próxima consulta, doctora, creo que voy también yo a variar la liturgia de esta consulta: en vez de estar tumbado en el diván, me voy a sentar en el borde de la mesa a pegar la hebra con usted. ¿Qué tiene que decir?»