El aguador

Protesta de Femen contra Alberto Ruiz-Gallardón
Protesta de Femen contra Ruiz-Gallardón

El antaño Aguador Municipal, así escrito con mayúscula para darse más pisto en las comidas con los cuñados, fue muchos años dando gato por liebre. Llenaba sus botellas de agua del grifo y la vendía como si estuviera embotellada en los manantiales más salutíferos del universo mundo, a precio de oro. Muchos le compraron la mercancía, año tras año, especialmente cuando más apretaba la calor y el contorno entre izquierda y derecha se difuminaba. Algunos intentaban advertir: «¿Pero no os dais cuenta de que os está tomando el pelo, que Alberto RG os está vendiendo un borrico viejo?». Pero los incautos no hacían caso y siguieron comprando el agua, verano tras verano, y elección tras elección, llenándole los bolsillos y las ambiciones al aguador, aunque, como luego se verá, las ambiciones de aquel hombre en realidad rara vez podrán estar colmadas. El aguador dejó luego su puesto de designación municipal y pasó a otros menesteres. Lo de dar  agua ya no le iba: ahora quería cerrar el grifo de los derechos, como el del aborto. Y muchos de los incautos que le fueron votando se preguntan ahora: «Pero a este hombre, ¿qué le ha pasado? ¿No era tan progresista?». Y él, con su habitual impasibilidad de esfinge se ríe en sus adentros mientras sueña con alcanzar la primera magistratura del país y darle con el cántaro en la cabeza a quienes incautamente le fueron aupando, los pobres que sorbito a sorbito fueron ensoberbeciendo a aquel ministro.

¡No a la reforma de la ley reguladora del derecho al aborto!

No nos merecemos esto

Res Publica
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«Si usted, doctora, o yo, que tan poco soy, sintiéramos sobre nuestros hombros unas acusaciones con unos indicios tan demoledores como los que pesan contra el presidente del Gobierno, seguro que usted y yo anunciaríamos nuestra dimisión y echaríamos a correr hasta Perpiñán. Eso lo haría cualquier mortal, salvo que tenga una jeta de hormigón armado o esté tan absolutamente emponzoñado de mentira que sea incapaz de discernir nada. Pero el bueno de Rajoy, todo entrega a España, se aferra a su silla y no dice ni esta boca es mía. Se niega a hablar sobre un subordinado que no era un cualquiera, sino el jefe de los servicios de tesorería A y B del PP y quién sabe qué más, con el empecinamiento que tienen algunos niños pequeños en admitir la verdad cuando saben que han obrado mal. Se le puede llamar de muchas formas, y tal vez la de cobardía no sea la menor, pero este, doctora, no es el presidente que se merece este país en un momento en el que lo estamos pasando tan mal. Señor Rajoy, dimita ya, y dedíquese a escribir algún tratado sobre la indignidad en la cosa pública y el daño que está originando a todos los que creemos que la política está al servicio de los demás. Señores de los sobresueldos: quienes se enriquecen y buscan enriquecerse mediante la cosa pública merecen todo el desprecio y el oprobio sociales; porque el único enriquecimiento que es lícito procurar en el desempeño de la función pública es el enriquecimiento de todos: en valores, en derechos, en libertades.»

Calles despuestas

Calles de Madrid
Calles de Madrid

Antes de la crisis, porque antes de la crisis también había realidad, cuando alguien quería salir demasiado pronto de su casa, casi que a la amanecida, cuando las sombras de la noche difuminan la realidad y todos los gat@s son pardos, siempre había alguien que reponía para intentar disuadirle: «Pero ¿dónde vas? ¿No ves que no están puestas las calles?». Ahora sale uno a la calle, ya sea pronto o ya sea tarde, y las calles ya están puestas, pero puestas de aquella manera. Cruza uno el portal y se encuentra con una realidad cosida a machetazos y con socavones por dondequiera que uno mire. Calles puestas, de aquella manera, sí: aquí se recortaron los servicios de un centro de salud, allí un colegio sobrevive a pesar los tajos. Allí se ve un solar de un polideportivo municipal tan necesario para este barrio, pero que nunca se hará. Por aquella linde, rayana en el horizonte, solía pasar un tren de cercanías que ya no volveremos a oír pasar porque los gestores de la pela han dicho que sale caro. Al sol le falta un cacho porque alguien se excedió con las tijeras de podar, y la luna llora por la noche de angustia con los desvelos de tanta gente que no puede conciliar el sueño. Las calles están despuestas.