Mi marido no me toca

Dedos
Dedos

«Mi marido no me toca. Ni me roza siquiera. Al soso ése lo único que le apasiona es la electrónica, la informática y la domótica. Qué pirado. Sus dedos sólo se posan sobre las pantallas táctiles de los innumerables cacharros que se va comprando: primero un monitor de no sé cuántas pulgadas; luego un teléfono de última generación; a continuación una nevera con un plasma integrado; más tarde el condenado GPS para el coche, que no para de hablar… Sólo tiene ojos y dedos para sus paridas electrónicas, en las que se gasta un dineral, y a mí me tiene abandonada. Lo he pasado mal, pero últimamente estoy mejor. Se le averió uno de sus jodidos juguetes y vino a revisarlo a casa el técnico de la compañía. Él tontolculo de mi marido no estaba, y me pude deleitar con el mimo con que el especialista reparaba el aparato aquel. Las yemas de sus dedos empalmando cablecitos y soldando circuitos integrados, sus manos ágiles enroscando tuerquecillas. Me volvió loca. Desde aquella visita me dedico a provocar averías en los putos cacharros de mi por -poco tiempo- todavía esposo, para que el técnico tenga que volver una y otra vez.»

Cuento de invierno

Fideos de colores
Fideos de colores

Ahora que él ya no está, los recuerdos de los buenos momentos pasados juntos se agolpan en la mente de ella en esta tarde de invierno. De cuando era cría, hace tantos años, e iba a su casa, la casa del abuelo, que le preparaba chocolate con picatostes, y se ponía la cara y el vestido perdidos. De cuando en primavera se quedaba a comer, y el abuelo le hacía de postre unas fresas con nata que decoraba con fideos dulces de colores; aquellos fideos de colores que crujían al masticarlos. Y de aquella vez que los Reyes Magos le dejaron una bici, la primera bicicleta que tuvo, en su casa. Y el abuelo, que vivía en un barrio de una gran ciudad lleno de coches y sin parques cerca, ni corto ni perezoso, se la llevó con su flamante bici para que fuera aprendiendo ¡a un larguísimo pasillo de la estación del metro que les quedaba más cerca de casa! Ella todavía se ríe cuando se acuerda de la la cara de sorpresa que pusieron los agentes de seguridad de la estación, alarmados porque un abuelo y su nieta hubieran convertido aquel anodino pasillo en la etapa final del tour de su infancia.

Maldito goterón

El Burj Dubai
El Burj Dubai

Malhadado goterón que te precipitas desde lo alto del alerón, a saco y a traición. ¿Qué mano criminal te guía? ¿Cuál es tu impulso asesino para que te dirijas como un kamikaze sobre el cuello o la coronilla de tu víctima, dejando a tu paso un reguero frío sobre la piel que te acoge ahí abajo? ¿No preferirías, goterón, aunque otro sea tu infeliz destino, engordar eternamente en el alero del tejado, como un gorrión? ¿Cómo se ve el mundo desde allá arriba, humilde goterón? ¿Qué piensas de tus primos del flamante rascacialos Burj Dubai? ¡Menudo vértigo caer desde ochocientos metros de altura, estamparte sobre cualquier cabeza haciendo que un rastro de pequeños arcoiris quede como epitafio de tu breve existencia!