La tuneladora

Tuneladora
Tuneladora

«En cuanto que empieza septiembre me gusta irme a la tuneladora. Tampoco me queda otra opción, porque ese es mi trabajo. Tengo alma de topo. Me paso agosto a la luz del sol, tostando mi piel, bronceándome para todos los meses ayunos de calor que me esperan luego pilotando la tuneladora. Abro zanjas, cavo fosas, devoro terrones de tierra sin prisa pero sin pausa, llevando la civilización tuneladora a todos los confines para los que mi empresa me manda. Por el camino como raíces de árbol, veo nidos de animales raros que me miran aunque no me vean, porque están ciegos. Maniobro con la tuneladora y me acuerdo de mis abuelos, a los que no traté demasiado, pero de quienes me dijeron que uno fue labrador y el otro un panadero que tocaba el clarinete en sus escasos ratos de ocio. Yo no he heredado ninguno de esos oficios: no sé labrar la tierra; solo la roturo por dentro. Tampoco sé hacer pan, aunque los efectos explosivos de la levadura quizá podrían emplearse para abizcochar la tierra, para hacerla más esponjosa cuando la horado con la tuneladora. Vienen meses de estar sumergido con la tuneladora, y de aflorar en algún momento para ver si afuera sigue luciendo el mismo sol del que me despedí en agosto.»

El dilema de Atanasio

Durex
Durex

Hacer caja o hacer valores. He ahí el dilema que desde hace unos días atenaza la plácida vida de Atanasio González-Salsero, farmacéutico. Atanasio regenta una botica sita junto a un colegio elegido como base de la JMJ 2011, la fiesta del orgullo católico que ha traído a este tranquilo barrio de los suburbios de Madrid a más de mil jóvenes católicos de Europa, que pernoctan en el mencionado centro educativo. Atanasio es tan católico, o más, que ellos. En sus treinta y cinco años como boticario jamás de los jamases se ha prestado a vender ni un solo condón, ni uno. Cuando alguien se ha acercado a su farmacia con la aviesa intención de adquirir una caja de sucios preservativos, su respuesta furiosa siempre ha sido la misma: «¡¡Yo no vendo de eso!!». Pero ahora, pero ahora… Su mujer le hizo abrir los ojos: miles de jóvenes a orilla de su farmacia… Que por muy devotos y seguidores de los preceptos que sean sentirán también la llamada de la carne en algún momento… Dios santo… Qué dilema. Las ventas podrían suponerle enderezar este mes de agosto. Y su mujer, que no es tan piadosa como él ni tan temerosa del Señor, sino más práctica porque comprende que el camino a la gloria eterna está lleno de pedruscos, le implora: «Atanasio, ¿llamo a Durex para hacer un pedido o elevas consultas a tu Dios?».

Somatizando

Pop Party
Pop Party

«Doctora, tiendo a somatizar los males, a transformar problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria. Hace muchos años regenté durante un tiempo una panadería y me venía muy bien el negocio aquel para evitarme males mayores, porque, cuando tenía grandes comecomes, me ponía a hacer unos panes, mezclaba harina, agua, levadura y mis penas, encendía el horno… y las preocupaciones volaban lejos en forma de olorosas y apetitosas volutas de humo panificado, para reposo de mis carnes. Lo que ocurría, doctora, es que la clientela acababa un poco desnortada cuando comía mi pan y el negocio quebró. Desde entonces tengo que volver a engullir yo mismo las desazones y los males, sin horno que me alivie. Así que tiendo a somatizar en mi cuerpo. Le pongo un ejemplo, doctora: creo que siempre meto la pata últimamente porque estoy predestinado a ello, y me he levantado con sendas torceduras reales en los pies, primero en uno y luego en otro. Ahora ando inquieto porque he amanecido por todo el cuerpo, pero por todo el cuerpo, con unas grandísimas magulladoras de color azul. Esto último no sé si será algo permanente, o pasajero, aunque no tiene pinta de que ese color vaya a desaparecer en un tiempo. Aunque para mi consuelo me repito que siempre después de una marea azul acabará llegando otra roja y mi piel recobrará su tono habitual, seguro que sí, doctora.»