El mono maniático

Mono
Mono

«El mono venía de regalo con un paquete grande grandísimo de magdalenas. Fue un momento extraño, porque llegué a pagar a la caja del Ahorramás y la señorita de la susodicha me dijo que me había tocado de regalo aquel animal. Era muy listo. Al principio en casa se pasaba el día encaramado a las estanterías de mi biblioteca; a falta de lianas, le gustaba colgarse de las hojas de mis libros. Luego le dio por leerlos y más luego por comérselos. Así adquirió un grande saber. Tenía querencia por los relatos con final infeliz. El día que bajó de las estanterías de los libros, después de haberlos arrasados casi por completo, noté que tenía la cabeza más grande y la mandíbula menos desarrollada: parecía casi humano. Se fue al patio de atrás de mi casa y lo convirtió en un jardín. Un día compró un cerdo por Internet, lo crió en ese mismo patio con mondas de patata y de naranja y un diciembre lo sacrificó para hacer chorizos y jamones. Se le daba bien amaestrar y domesticar otras realidades. Lo mejor es que era amoral y no tenía sentimiento de pecado, ni de culpa por nada. Un mes de febrero se hizo un curso online de tiro al blanco y menos mal que se marchó, porque me miraba a veces con ojillos raros, como si me me quisiera utilizar de diana. Era un mono maniático, sí. Todos somos monos maniáticos.»

Putogato

Putogato
Putogato

«Putogato aquel. Fuckingcat. Menuda me lió. Siempre tenía calor el jodío bicho. Siempre. Desde que le rescaté entre unos arbustos del patio de mi casa. Siempre parecía quejarse de tener mucho pelo. Pues haber nacido calvo, o en Groenlandia, no te jode, le decía yo. Le encantaban las bebidas frías con mucho hielo. Sus favoritas eran los gintonics. Cuando me descuidaba, le pegaba un lametazo al cóctel que siempre me acompaña en la medianoche. Sus ginebras favoritas, la Hendrick’s y la Seagram’s que me recomendó Pat. Qué pajaro. No sé qué pasó aquella noche de agosto, aunque lo barrunto. Me despertó un ruido raro del motor de la nevera. Y el olor a chamusquina. Me acerqué al refrigerador, y allí estaba. Había un arañazo en la puerta. Se ve que putogato quiso abrir la puerta buscando un hielo. Qué loco. Y había un cable pelado. Pobre. Se quedó tieso como la mojama. Cuando le saqué de debajo de la nevera ya estaba como él siempre quería, frío.»

Universo indiferente

Edadepiédrix
Edadepiédrix

Decía siempre Edadepiédrix que vivimos en un universo indiferente al sufrimiento humano.  «¿Y Dios, dónde está dios?», bramaba desde que los romanos nos expulsaron de nuestra querida aldea gala en el noroeste de la Galia (no podía estar en otro lado) y tuvimos que decirle adiós a nuestros pastos, a nuestros ríos y a nuestros montes, y venirnos pa España. Él siempre temió una cosa, una sola cosa (que no eran precisamente ni que nos cayera un pepinazo de coreadelnortecoreadelsur o que los especuladores se merendaran la economía de nuestro país de adopción, no). Su única preocupación, su único temor, como buen galo, era que el cielo se desplomabara sobre su cabeza. Todo el santo día estaba con la misma cantinela. Vivía acongojado y acojonado incluso, con una cara de susto y de espanto que ni siquiera se le pasaba cuando representábamos nuestros locos espectáculos enfrente de los niños. Bueno, no es que tuviéramos el tirón de los cantajuegos, pero teníamos nuestro público. Y hete aquí que llegamos a hacer unos bolos a Oviedo, en plena cornisa cantábrica. Estábamos tomando unas sidrinas afuera de un chigre (El Llagar de Carmiña se llamaba) y, ¡pumba!, un cacho de cornisa del edificio colindante, que no había pasado la ITE, le pegó en tó lo alto a Edadepiédrix. Fue una muerte fulminante, oiga, y, créame, se le dibujó una sonrisa en el rostro. Al final resultó que el cielo se le desplomó sobre la cabeza. Yo creo que fue una especie de acto de justicia poética la manera que tuvo de morir el probe.