Castigados sin membrillo

Membrillos (bodegón de Mercedes Gallardo)
Membrillos (foto: Mercedes Gallardo)

Voy a retomar la escritura de este blog, porque sobran motivos para escribir, y porque hay gente que lo echa de menos. Me recordaba una amiga ayer, a través de un precioso bodegón que colgó en Facebook, que estamos en tiempo de membrillo, y yo, que aunque sea un ser de ciudad cuento el paso de las estaciones según las frutas van cambiando en los estantes, me he animado a que esta bitácora no decaiga (muchas gracias, Mercedes). Es tiempo de membrillo: creo que esta misma tarde compraré un kilo en el mercado, para hacer una buena fuente, al modo como lo hacía mi madre. Membrillo que me endulce en estos tiempos amargos, más amargos si cabe por quienes desencadenan fenómenos huracanados más destructivos que el ciclón Sandy, y que no pisan la realidad y solo la contemplan agazapados desde las frías estadísticas. Me refiero a algunos de los desalmados que nos gobiernan, a quienes parecen darles lo mismo las consecuencias de sus decisiones y de sus no decisiones: el incremento de parados, de desposeídos, de ciudadanos desahuciados, arrojados a los márgenes de la sociedad. Sí, estos seres gobernantes no se merecen membrillo, porque son unos desalmados, insisto, porque no tienen alma: que le pregunten a la célebre Mariló Montero qué fue de ella, en qué extraño trasplante perdieron el alma y la empatía, si es que alguna vez las tuvieron. El membrillo, para quien se lo merezca.

Orejas aduendadas

Duende
Duende

Mi hija Estrella llama «orejas aduendadas»… a las orejas de los duendes. Sí, a esos pabellones auriculares con terminación en punta, triangular y apuntada hacia arriba. Esa forma del cartílago que, por arte de magia, unos dedos dotados de poderes han estirado con garbo y gracia hasta darle la forma correspondiente, que distingue a los estos seres. Orejas aduendadas, las que suelen tener los duendes, vaya. A mí no se me ocurriría una mejor forma de denominarlas. «Triangulares, apuntadas…». No: «aduendadas» es perfecto. Las orejas con las que se dotan los duendes. Ella suele tratar con ellos, para su fortuna y su suerte; para su imaginación. Yo, que yo me hice mayor, aunque no hace tanto tiempo, no encuentro semejantes orejas en mis semejantes, que en general se tocan/tocamos con pabellones auditivos más bien vulgares y tirando a feuchitos. Lo cual no quiere decir que no se encuentre uno en el camino con seres mágicos, pero sin esas orejas aduendadas que Estrella halla en los seres de sus cuentos.

Los cascotes

Casco
Casco

Las calles de España están repletas de gentes desnucadas. Durante años hemos estado levantando entre todos, con desigual reparto de responsabilidades, castillos en el aire en forma de hipotecas infladas, sobreprecios por pisos que no valían lo que pagamos por ellos y cuyo valor se ha desplomado de forma brutal. La llamada burbuja inmobiliaria. Ahora algunos parecen haber descubierto la ensoñación en la que hemos vivido, puesta de manifiesto con el escándalo de Bankia, y se llevan las manos a la cabeza. Hemos estado levantando castillos en el aire, castillos que parecían de naipes, pero que resultaron ser de hormigón y mazacote. Y los cascotes resultantes del desastre nos han pegado ahora en toda la cabeza. La diferencia es que algunos estaremos de por vida atados a hipotecas miserables, por no escribir hipotecas de mierda, y que otros (vulgo Rodrigo Rato) salen por la puerta de atrás con indemnizaciones millonarias (tiene tela: 1,2 millones de euros en el caso del ilustre prócer). Así van las cosas en este país, y no hay cascos suficientes para tod@s.