Navidades fantásticas

Capitán Lagartijón
Capitán Lagartijón

Mi hija Estrella (6), inspiradora de este blog, acaba de escribir su primer cuento, que quiero dejar reflejado aquí porque luego estas cosas se olvidan. Lo ha llamado Navidades Fantásticas, y me llena de alegría que sea una niña tan imaginativa: «Era un día feliz porque los niños estaban dormidos esperando a Papá Noel, pero al levantarse no había regalos, y luego, el día de los Reyes Magos, tampoco. Los niños estaban muy extrañados. ¿Sabes por qué? Porque Papá Noel y los Reyes Magos estaban en manos de unos piratas. La tripulación pirata no era mala; solo su jefe, el capitán Lagartijón, que vivía en un castillo. Pero los niños fueron al castillo del capitán Lagartijón. Ellos conocían a Lagartijón, pero querían ver el castillo abandonado sin saber quién vivía allí. Entraron al castillo y entonces vieron una habitación que ponía “Camarote del capitán y su tripulación”. Abrieron la puerta y encontraron al capitán Lagartijón, que sabían que era malo, y a su tripulación. Dijeron: «¿Por qué habéis atrapado a los Reyes y a Papá Noel estas navidades?». Su tripulación dijo: “El malo es Lagartijón”, y él dijo: “Siempre he querido estropear las navidades, y ese ha sido mi destino”. Los niños y niñas, que eran miles, ataron a Lagartijón y desataron a Papá Noel y a los Reyes, y les dieron un abrazo y un beso. Todos eran felices menos Lagartijón, porque en aquel castillo les dieron los regalos pedidos por los niños. Entonces ese día la Navidad fue fantástica.»

El imbécil

Idiota
Idiota

Conozco a un sujeto la mar de imbécil en esta ciudad que, cada vez que ve a un inmigrante en el metro demasiado cercano a su persona, intenta alejarse de él y en un impulso reflejo se cerciora de que la cremallera de sus bolsillos y cartera está subida hasta los topes. El imbécil piensa que todos los inmigrantes le quieren asaltar y tienen pinta de delincuentes simplemente porque tienen el rostro algo más oscuro que el suyo. El imbécil es un gran pensador. El imbécil tiene un rostro de hormigón armado. Aquí el único listo es él. El imbécil se aplica el ande yo caliente, ríase la gente, porque luego hace negocio con todos y no le hace ascos a nadie; la pela es la pela y ahí no hay colores. El imbécil trabaja en un agencia inmobiliaria y más de una vez durante estos años de atrás se ha hecho el imbécil colocando pisos con precios por las nubes a inmigrantes ignorantes que los pagaban gustosos bajo condiciones leoninas. El imbécil es en realidad un delincuente, pero, eso sí, vestido con traje y corbata, que va pegando palos a todo el mundo que se le pone por delante. Si le ven en el metro, agarren la cartera.

Amaneceres infantiles

Pesadillas
Pesadillas

Cuando uno es niño las noches se pueblan de trasgos, monstruos y brujas, que no se van del todo a pesar de que haya una lamparita que dé luz al lado de la cama. Más bien al contrario, porque la lamparita tiene por costumbre arrojar sombras con formas caprichosas que, no se sabe cómo lo hacen, pero siempre se asemejan a seres fantasmagóricos. Qué miedo. Y meterse debajo de la sábana y las mantas (hoy, del edredón) tampoco ayuda, aunque consuele, porque los seres raros siguen ahí afuera acechando al otro lado de la tela, debajo de la cama o subidos a la estantería de los cuentos, que en sí mismos son formidables contenedores de sueños y pesadillas. Solo la llegada de nuestra madre, al requerimiento de nuestra voz o de nuestro llanto, espanta las bestias y ahuyenta los temores. Mi madre, la madre de cada cual, su cálida voz con propiedades balsámicas, sus manos siempre llenas de caricias tranquilizadoras, que corre a arroparnos o a darnos un beso de hola al mundo matinal, de adiós a las sombras, de triunfo de la luz, de bienvenid@ al amanecer.