Energía para mover todo esto

El Intérprete
El Intérprete

Supongo que le ocurre a cualquiera que estos días se pone delante de un folio en blanco, una experiencia tan aterradora. ¿De qué escribir, si se tienen tantas cosas que contar, pero son todas tan siniestras, para qué dar la lata y amargar a quien te lee con este nubarrón que tenemos todos en la cabeza? Cuesta, mucho, cuando se ve todo tan negro a pesar de esta luz radiante de primavera que entra por todos los rincones de la casa. Incluso en esta casa soleada, con patio y azotea, en la que hay tantos dibujitos de brujas, con decoraciones también de brujitas buenas que trepan por las paredes, pero que no dan miedo. Dice mi hija que asusta más la realidad, y razón no le falta a la pequeña. Ahí fuera están pasando cosas tremendas y cuesta, cuesta mucho tirar para adelante. Pero hay que hacerlo, porque con las noticias que caen cada día de las portadas de los periódicos y de las ondas radiofónicas dan ganas de meterse en la cama, debajo del edredón nórdico o de la colcha de primaveraverano, y echarse a dormir unos cuantos años (si es que se puede) mientras las brujitas que decoran las paredes de este hogar velan los sueños. Venga, que no, que no nos van a vencer. Tirar, tirar palante, que la vida sigue y los sueños no siempre se pueden alcanzar, pero en el camino de alcanzarlos uno puede experimentar grandes cotas de felicidad. No están los tiempos para pensar qué ocurrirá dentro de un año, o de dos… Pero sí para tratar de conseguir que el mañana sea un poco mejor que hoy. Pasito a pasito se hace el camino y pueden cambiarse muchísimas cosas con empeño e ilusión, como demuestra el actor Asier Etxeandia, vecino de este barrio de Usera en el que habito, en una maravillosa función teatral, El Intérprete, muy recomendable para todo aquel que necesite un chute de energía extra para tirar para adelante.

¿Cómo me he puesto así de gordo?

Arenques
Caja de arenques

«Ando ya para los ochenta años. Me acuerdo de cuando este barrio era un pueblín desangelado al otro lado del Manzanares, en aquel entonces tan lejos del centro de Madrid. Me vienen a la cabeza la guerra, el hambre que vino antes y el hambre y el horror que vinieron después con la victoria del fascio redentor. Años de plomo. Entre tanta grisura sonrío con recuerdos de pequeñas tonterías, de cuando subíamos en el tranvía que nos llevaba al centro, que iba brincando entre el adoquinado de las calles. El puentucho que había sobre el río, que había que reconstruir en cuanto el Manzanares crecía un poquito con las lluvias del invierno (que en aquellos años llovía un poco más, aunque este invierno no está siendo nada seco). Y chupábamos la raspa de la sardina arenque en salazón que comía mi padre, cuando podía, casi que como único sustento. Oiga, usted, qué hambre he pasado yo, un hambre de siglos, una hambruna insaciable. Como un ratón he roído cortezas de jamón, espinazos de cerdo, esas raspas de sardina arenque que le decía, mendrugos de pan miserable, los cachos de tocino rancio y trozos de algo que se parecía al queso, duro como una piedra. Quién me ha visto y quién me ve, porque lo que no me explico, oiga usted, es cómo me he podido poner así de gordo, con toda la hambre que yo he pasado…»

Que no te venzan: vitaminas para el alma

Farmacia
Farmacia

«Querida doctora, mucho tiempo llevaba sin requerir sus servicios. Le digo una cosa antes de que comience usted a hablarme: al igual que en alguna parte del mundo, la parte chunga sin duda, se acumulan los miles de millones tangados por fulanos de todos conocidos, en alguna parte también tienen que irse atesorando todas las cosas buenas del mundo, que también las hay. Las risas, los besos, los abrazos, las caricias… La infinidad de pequeños detalles que hacen que la vida merezca la pena a pesar de los pesares y de la tristeza de estos tiempos inciertos. Los millones trincados por fulanos sin escrúpulos se almacenan en fríos depósitos de metal, despiadados y crueles, venenosos y malignos como el mercurio, la ponzoña de las gentes miserables que nos han llevado a esta puta crisis. Pero las risas y todo lo demás de la buena gente, los tesoros mucho más valiosos que los millones que estamos dejando de darnos y de echarnos, pueden estar esperándonos a la vuelta de cualquier esquina, y hay que conjurarse para que vuelvan a adueñarse de todo, a enseñorearse de las sombras y a espantar las tinieblas. Suelo ir a una farmacia a buscar medicinas para el alma, doctora, pero la mejor vitamina que recibo cuando frecuento ese establecimiento la obtengo de un mensaje que la buena gente que la regenta tienen en un cartelito colgado en la pared: procura ser feliz. Al final es solo eso, ¿verdad, doctora? La química curativa está en nosotros, en los afectos que damos y que recibimos; lo demás son miserias.»