Energía para mover todo esto

El Intérprete
El Intérprete

Supongo que le ocurre a cualquiera que estos días se pone delante de un folio en blanco, una experiencia tan aterradora. ¿De qué escribir, si se tienen tantas cosas que contar, pero son todas tan siniestras, para qué dar la lata y amargar a quien te lee con este nubarrón que tenemos todos en la cabeza? Cuesta, mucho, cuando se ve todo tan negro a pesar de esta luz radiante de primavera que entra por todos los rincones de la casa. Incluso en esta casa soleada, con patio y azotea, en la que hay tantos dibujitos de brujas, con decoraciones también de brujitas buenas que trepan por las paredes, pero que no dan miedo. Dice mi hija que asusta más la realidad, y razón no le falta a la pequeña. Ahí fuera están pasando cosas tremendas y cuesta, cuesta mucho tirar para adelante. Pero hay que hacerlo, porque con las noticias que caen cada día de las portadas de los periódicos y de las ondas radiofónicas dan ganas de meterse en la cama, debajo del edredón nórdico o de la colcha de primaveraverano, y echarse a dormir unos cuantos años (si es que se puede) mientras las brujitas que decoran las paredes de este hogar velan los sueños. Venga, que no, que no nos van a vencer. Tirar, tirar palante, que la vida sigue y los sueños no siempre se pueden alcanzar, pero en el camino de alcanzarlos uno puede experimentar grandes cotas de felicidad. No están los tiempos para pensar qué ocurrirá dentro de un año, o de dos… Pero sí para tratar de conseguir que el mañana sea un poco mejor que hoy. Pasito a pasito se hace el camino y pueden cambiarse muchísimas cosas con empeño e ilusión, como demuestra el actor Asier Etxeandia, vecino de este barrio de Usera en el que habito, en una maravillosa función teatral, El Intérprete, muy recomendable para todo aquel que necesite un chute de energía extra para tirar para adelante.

¿Y si las cosas no hubieran sido como nos las contaron?

¡Adelante Kubik!
¡Adelante Kubik!

Ahora que todo es tan cambiante, y que realidad está sometida a una tensión permanente, ¿y si las cosas no hubieran sido como nos las han contado? ¿Cuántas mentiras nos cuentan y contamos para no volvernos locos y poder seguir viviendo? ¿Cuántos lugares comunes se han perpetuado a través de los siglos y forman parte de nuestro imaginario colectivo? Estas son las preguntas que subyacen bajo la función Claudio, tío de Hamlet, de Rajatabla Teatro, representada estos días en el emplazamiento provisional de mi querida sala Kubik Fabrik en el Matadero, de Madrid. La obra, en genial interpretación de Ernesto Arias, Eduardo Mayo y Verónica Ronda (tres actores, solo tres actores sobre los que se sostiene todo un universo), pone el foco en el personaje de Claudio, el asesino de su hermano el rey Hamlet, y tío del hijo del mismo nombre, para lanzar esos interrogantes sobre un personaje que Shakespeare describió como ambicioso, envidioso y celoso, pero que en esta obra se enfrenta a una nueva óptica: la de quien comete ese crimen para librar a su pueblo de un mal mayor, pues «no se puede obrar justamente con quien es injusto». Claudio abre, así, un tiempo para la reflexión, y tras hora y media de espectáculo sale uno con las neuronas calientes y la sonrisa en los labios. Por fortuna, Kubik Fabrik volverá pronto a su sala habitual en Usera, una vez felizmente superados los problemas de licencia después de la ímproba tarea de Fernando Sánchez-Cabezudo, su director, del resto de la entusiasta tripulación de este gran proyecto, y del apoyo que le hemos prestado muchos micromecenas. Kubik volverán a seguir deleitándonos con sus mentiras, desde las tablas, porque eso es el teatro: una gran mentira que permite a sus espectadores coger energías para poder seguir viviendo. Enhorabuena y ¡adelante Kubik!

Muerte de un quiosco

Un quiosco de prensa, en Madrid
Un quiosco de prensa, en Madrid

Pues se acaba el año 2012 y termina con una mala noticia: el quiosco de prensa del barrio donde vivo desaparece hoy para siempre. Sí, sé que es una tontada al lado de la cantidad de grandes calamidades que nos afligen, pero, oigan, a mí me da tristeza. Porque reparo en que en los barrios obreros de Madrid, que son los que sostienen el alma de esta gran ciudad, van desapareciendo poco a poco estos establecimientos que antes eran tan habituales, como los olmos que acabaron muriendo víctimas de grafiosis en los últimos años. Pienso en la lenta y silenciosa desaparición de los quioscos que con frecuencia habían sido un modesto, pero importante, foco de influencia cultural en barrios madrileños tan privados a menudo de servicios, cuando no existía la Internet ni nada que se le pareciera, con aquellos quiosqueros con los que comentar las noticias e intentar enderezar la realidad tras un vistazo rápido a las portadas de las publicaciones. Recuerdo, de temprano adolescente, la ilusión que me hacía ir a buscar solo, sin compañía de mis padres, el periódico de los domingos al quiosco de Carabanchel Alto donde me crié: esa sensación de libertad de ir al encuentro del ejemplar impreso de El País y volver a casa echando un vistazo ansioso a sus páginas. Hubo un quiosquero hace muchos años en Francia que se llevó el premio más insigne de las letras galas, el Goncourt. Pero da igual. Un buen día cierran, al siguiente los desmontan y como prueba de su existencia -en muchos casos estuvieron ahí decenas de años- solo queda la plataforma de hormigón donde se aposentaron, a modo de túmulo funerario. Los periódicos pasan a ser despachados en esas tiendas multiusos que lo mismo te venden peluches como una chuche, sin mayor entusiasmo. Cierran el quiosco de la esquina de mi barrio, en donde todas las mañanas compraba mi barra de pan, mi periódico, antes de que me engullera la boca de Metro que está justo al lado y que me conduce por sus entrañas hasta escupirme cerca de mi trabajo. Sí, es una tontada, pero me da pena, porque es también una señal del declive de los medios impresos, algo doloroso para quienes trabajamos en este negociado de la comunicación. El quiosco que por desgracia tantas malas noticias ha dado en los últimos tiempos se ha convertido él mismo en noticia y ha acabado pereciendo en estos días oscuros para la prensa (con los propios periódicos en papel con un futuro incierto). Ojalá en 2013 volviera a resurgir y a abrir sus puertas, pero me temo que no será así y que lo añoraré, como el tocón de un olmo muerto por grafiosis evoca un tronco y unas ramas desaparecidas para siempre.

PD.- Este humilde blog, según me cuenta WordPress, ha tenido casi ocho mil visitas en 2012, durante el cual escribí un centenar de posts. Faktuna, cuyo nombre surgió de una idea de mi hija, acumula casi 29.000 visitas en sus tres años de existencia. Gracias a todo@s los que me seguís: a tod@s os deseo que en 2013 comencemos a ver un poquito de luz y que la cosa vaya lo mejor posible. ¡Feliz año nuevo!