Bueno para desalinearse de la alienación

Metro Cúbico
Metro Cúbico

«Doctora, yo saber sé, porque lo sé por usted y también porque lo sé por mi misma mismidad, que estar estamos todos alienados o como se diga. Alienados, eso, no alineados, que esto segundo es un fenómeno que se da el el fúrbol: A ver, míster, la alineación, ¿me toca jugar o me quedo en el banquillo viendo jugar a los colegas? Eso, alienados digo. Como ocupados por un alien. En manos de fuerzas en las que no nos gustaría estar y que nos hacen llevar vidas absurdas, o pasando la vida en tonterías que nos consumen sin dar gran cosa a cambio. Yo le recomiendo, doctora, que vaya una sala de teatro cojonuda que hay en Usera, o Useras como dicen los taxistas, que se llama Kubik Fabrik. Que es un sitio estupendo, oiga. El otro día, la otra noche mejor dicho, fui a ver dos piezas teatrales que tratan esto de la alienación y sus problemáticas. Una se llama Metro Cúbico, y va de los habitáculos que yo y mis contemporáneos fingimos habitar, con la soledad del ser y esas cosas entre cuatro paredes. Vivimos en celdas monásticas, oiga, doc. Y la otra que vi se llama Büro, y es también sobre la problemática del trabajador en una oficina chasqueante y desternillante, en un decorado con pop-ups, como los libros de los críos. Oiga, doctora, que son dos obras muy recomendables y divertidísimas, le digo, que en esta sala se interpretan con mucha frecuencia. Oiga, megaoriginales le digo pa sintonizar con usted, que usted es un poco pija.  Las dos forman parte de La Trilogía del Hombre Moderno (la tercera obra no estaba en cartel), hacen de reír porque son muito divertentes y son buenas también pa hacer gimnasia con la mente. Kubik Fabrik, repito, doctora. Yo salí consciente, más consciente, de mi alienación, y consciente también de que en la vida les gusta que nos alineemos y tod@s tenemos tendencia a alienarnos, pero que no debemos olvidar de que, para meter gol, hay que desmarcarse de la alineación.»

Muerte de un revolucionario


Se cumplen hoy veinte años de la muerte de un revolucionario, José Monge Cruz, Camarón de la Isla, que galvanizó el mundo del cante y lo abrió a las generaciones más jóvenes, entre quienes, modestamente, me incluyo. Veinte años de la desaparición de un visionario que maridó el flamenco con otros géneros, haciendo caso omiso de los puristas y los puretas, y llegó a altísimas cotas de belleza y hermosura. El cante de Camarón, ahora que ya han pasado veinte años de casi todo, no ha perdido un ápice de magia, de arte y de frescura. Reescuchar La leyenda del tiempo, con esos toques de jazz y de rock, es como recibir una descarga eléctrica, una tormenta de verano en este comienzo de julio. Su voz reúne la rabia, el misterio y la alegría de vivir. Larga vida al maestro.

Norma Jeane, tan sola

Blonde
Blonde

Norma Jeane Mortenson (o Baker), su verdadero nombre, para sus íntimos; la icónica Marilyn Monroe, su nombre artístico, clave en la cultura popular y el imaginario colectivo de la segunda mitad del siglo pasado. Murió sin afeites, sin maquillaje, este 2012 hace cincuenta años, y posiblemente, quién sabe, nunca encontró ese yo interior que se afanó toda su vida por buscar, esa identidad propia sepultada bajo kilos de maquillaje e impostura, bajo el acoso de multitudes de admiradores y de acosadores. Marilyn, tan sola, como magistralmente la describe la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en su novela Blonde, un tocho de mil páginas que se lee de un tirón por lo que tiene de buceo en el complejo yo interior de la actriz, y que deja un sabor de boca tan triste por la vida desdichada que llevó Marilyn, que murió (o la murieron; esto nunca quedó claro) con solo 36 años, dejando imágenes tan perdurables en el imaginario colectivo. La persona «mitificada por millones de desconocidos, mientras la mujer de carne y hueso vomitaba por la taza del retrete», escribe Oates, convencida de que «el camino de la vida es ser algo más que nosotros mismos, ¿no?», que anhelaba querer y ser querida de una forma que, al final, no pareció encontrar. De Marilyn a mí me gusta la mujer que latía debajo de todo el maquillaje, la persona doliente y sufriente que recuerdo haber visto en una foto de periódico hace más de veinte años, el rostro de una belleza serena y sin artificios. El semblante de Norma Jeane, que quedó bien retratado no en sus grandes producciones hollywoodienses, sino en su última película, Vidas rebeldes, un filme crepuscular sobre la recta final de un conjunto de perdedores tristes y solitarios, que ansiaban la libertad y la vida a pesar de la pena, buscando, como acaba la película, el rastro de la Estrella Polar. Marilyn murió al año siguiente de concluir el rodaje de Vidas Rebeldes, y su estrella, cincuenta años más tarde, no se ha consumido. El mejor homenaje que se le puede hacer es seguir buscando ese yo interior, buscándonos también cada uno nuestro yo interior, sepultado tan a menudo entre las toneladas de afeites y oculto por los temores e inseguridades con los que cada cual nos desayunamos todas las mañanas. Esa desesperación de que nos amen por lo que verdadaremente somos, y de amarnos también a nosotros mismos. Todos hemos conocido a Marilyn, pero no a Norma Jeane.