Rock con R mayúscula

Ramoncín, antes de en un emsayo previo a su concierto
Ramoncín, en un ensayo previo al concierto

Me dijo ayer mi hija Estrella: “¡Qué guachi que pudieras saludar a uno de tus artistas favoritos!”. Fue su respuesta cuando le comenté que, el pasado sábado, había tenido oportunidad de darle un abrazo a Ramón, a Ramoncín, cuya música –con la de otros muchos, pero que no son tantos al final-, forma parte de la banda sonora de mi vida, la sinfonía de canciones que nunca me ha abandonado. A Ramón pude darle un abrazo, a modo de pequeño y humilde reconocimiento a un gran artista que ha sido tan injustamente denostado y menospreciado durante muchos, demasiados, años, algo que no comprendí nunca y que solo se entiende por la saña y la inquina que en este país somos tan dados a producir. Se nos da como hongos tirar por tierra a alguien en esta sociedad que tiene rasgos atávicos cuando se pone manos a la obra para generar odios contra alguien. A mí me dieron igual los dimes y diretes estúpidos. Siempre me gustó la música de Ramoncín, el artista al que de siempre le recuerdo dar conciertos tan intensos y generosos como el del pasado sábado en la Sala Joy Eslava de Madrid: dos horas y media de recital, ahí es nada. La misma o similar duración de los conciertos que le escuché cuando era más joven. Y la misma o similar duración que estoy seguro que seguirán teniendo los conciertos que me quedan por escuchar de él. A alguno tendré que llevar a mi hija Estrella, cuando sea un poco más mayor, para que vibre con los himnos de rebeldía y libertad que representa el rock and roll con la R mayúscula de Ramoncín. ¡Yo creo que te gustará, Estrella! Y seguro que a Ramón también le gustará ver cómo su música trasciende generaciones.

Sociedad de la Opinión

Mil opiniones
Mil opiniones

Los investigadores de las ciencias sociales han ido describiendo los estadios por los que ha ido pasando la especie humana. Uno de las etapas superiores ya imaginada hace décadas fue la de la Sociedad de la información, como un bien esencial que rige todas las actividades del hombre (y de la mujer) contemporáneos, desde que se levanta hasta que se acuesta. De esa Sociedad de la Información hemos pasado ahora a la Sociedad de la Opinión. Ya no importa lo que se cuenta, sino la versión de quien lo cuenta. Las opiniones nos persiguen a todas horas desde las innumerables pantallitas que pululan a nuestro alrededor, convertidas en apéndices de nuestra existencia. Todos obligados a opinar, de lo que sea, en todo momento, con o sin fundamento, en Twitter, en los blogs, en Facebook. En este mismo blog también, claro. La siguiente evolución tal vez sea la de la Sociedad del Hartazgo Con Ansia de Silencio.

Historiadores de lo cotidiano

Última viñeta de Forges
Última viñeta de Forges

En una de las casas donde viví en Lugo, provincia de donde era oriunda la familia paterna de Antonio Fraguas Forges, tenía una puerta corredera repleta de viñetas de El Perich, que, en aquellos tiempos de inexistencia de lo digital (lo digital no ha existido siempre, querid@s), el periódico en el que yo trabajaba iba recibiendo día a día por fax (otro artilugio del pasado) para su publicación. El Progreso las publicaba, y yo hacía una copia para irlas coleccionando y pegando en mi hogar. Viñetistas, humoristas o, ¿por qué no?, historiadores de lo cotidiano en los medios, como El Perich, Peridis, Gallego y Rey, Romeu, Máximo, El Roto… Mucho genio y mucho arte comprimido en unos pocos centímetros cuadrados.Ahora acaba de irse Forges, y a partir de este viernes va a ser triste abrir El País que cada día recojo en el quiosco de mi quiosquera, Candi, buscar la viñeta y no encontrarla. De Forges se pondera su humor compasivo, nunca hiriente, que siempre nos arrancaba una sonrisa matinal a sus lectores, fascinados por la inteligencia y ternura con la que este genio de la ilustración reflejaba las tontunas de este tonto ser humano que somos todos. La vida necesita de intérpretes así, que nos la expliquen con cuatro trazos y unas pocas palabras, algo tan sencillo y tan complejo a la vez.