Caminar hacia la luz

El Concierto de San Ovidio
El Concierto de San Ovidio

En la vida deberíamos caminar hacia la luz, aunque haya tanta gente que prefiera el reverso de las tinieblas. Dejar de abismarnos en las sombras, salir al sol. Hoy leía una entrevista en prensa con un filósofo que no conocía, Josep María Esquirol, que habla de los dos infinitivos que, al final, son los que guían nuestra vida: amar y pensar.  Evitar las penumbras. Ignorar a los que hieren y causan daño. Rechazar también a los insensibles al dolor ajeno, a quienes tienen el corazón de hielo, a los que no se conmueven ante el sufrimiento (uf, estos son casi los peores). No transigir, tampoco, con quienes ríen las bromas y las chanzas, con los miserables que se burlan de los demás, como los personajes que se pitorrean de los ciegos de El Concierto de San Ovidio, de Antonio Buero Vallejo, que se representa estos días en el Centro Dramático Nacional de Madrid. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, como también apuntaba el filósofo que citaba al principio de este apunte.

Viva lo tradicional, aunque no siempre

Torrijas
Torrijas

Voy a pillarme un proyector para conectar al ordenata y lanzar su imagen sobre una pantalla. Cine a domicilio, qué demonios. Aunque hay que seguir yendo a las salas, sobre todo ahora, y ya era hora, que el Gobierno ha tenido a bien rebajar el IVA. Voy a vender mi coche y a comprar una bici eléctrica para subir las cuestas de la ciudad. Queda uno muy hipster y molón. Voy a seguir comprando vinilos de segunda mano sin parar, que son tendencia. Esta Semana Santa me niego a hacer torrijas de horchata y otras guarrerías que he visto en la red. Haré las de siempre, con pan, leche, azúcar, huevo y canela. Me gusta, aunque no siempre, lo tradicional. La cocina tiene mucho de tradición, aunque me encanta poder innovar. Cocinar, cocinar me mola. Me gustan las cosas hechas a fuego lento, poquito a poco, en los fogones y en la vida. Las llamas puede ser que gusten a algunos, pero a mí no: calientan muy rápido y en muy poco tiempo, y luego solo queda mal olor y ceniza. Hacer las cosas a fuego lento –en el cine, en la bici, en la música, en la cocina, en la vida- es garantía de un sabor inigualable.

Rock con R mayúscula

Ramoncín, antes de en un emsayo previo a su concierto
Ramoncín, en un ensayo previo al concierto

Me dijo ayer mi hija Estrella: “¡Qué guachi que pudieras saludar a uno de tus artistas favoritos!”. Fue su respuesta cuando le comenté que, el pasado sábado, había tenido oportunidad de darle un abrazo a Ramón, a Ramoncín, cuya música –con la de otros muchos, pero que no son tantos al final-, forma parte de la banda sonora de mi vida, la sinfonía de canciones que nunca me ha abandonado. A Ramón pude darle un abrazo, a modo de pequeño y humilde reconocimiento a un gran artista que ha sido tan injustamente denostado y menospreciado durante muchos, demasiados, años, algo que no comprendí nunca y que solo se entiende por la saña y la inquina que en este país somos tan dados a producir. Se nos da como hongos tirar por tierra a alguien en esta sociedad que tiene rasgos atávicos cuando se pone manos a la obra para generar odios contra alguien. A mí me dieron igual los dimes y diretes estúpidos. Siempre me gustó la música de Ramoncín, el artista al que de siempre le recuerdo dar conciertos tan intensos y generosos como el del pasado sábado en la Sala Joy Eslava de Madrid: dos horas y media de recital, ahí es nada. La misma o similar duración de los conciertos que le escuché cuando era más joven. Y la misma o similar duración que estoy seguro que seguirán teniendo los conciertos que me quedan por escuchar de él. A alguno tendré que llevar a mi hija Estrella, cuando sea un poco más mayor, para que vibre con los himnos de rebeldía y libertad que representa el rock and roll con la R mayúscula de Ramoncín. ¡Yo creo que te gustará, Estrella! Y seguro que a Ramón también le gustará ver cómo su música trasciende generaciones.