Al sur del Manzanares

Kubik Fabrik
Kubik Fabrik

En los barrios obreros madrileños de la ribera sur del Manzanares, al otro lado de la multimillonaria y faraónica remodelación de la M-30 propulsada por Gallardón, el alcalde cuya única ambición es ser presidente del Gobierno sea como sea y al precio que sea, están surgiendo interesantes iniciativas ciudadanas, en muchas ocasiones sin apenas ayudas oficiales. Por encima del decorado oficial del río nacen tramoyas ciudadanas con espíritu colectivo y libertario, para animar el ocio y la cultura en la sociedad red, en la que el germen creador ya no se circunscribe al centro de las ciudades y surge en cualquier periferia. He conocido dos, bien interesantes y recientes. Una está en Carabanchel y se llama Caldero de Cobre: una sala de música, teatro y talleres. La segunda está en el vecino barrio de Usera y lleva el nombre de Kubik Fabrik, una fábrica de creación. Algo se está moviendo con el empeño de muchas gentes que arriesgan dineros y sueños.

Piknik

Cosimo
Cosimo

«Sí, piknik; no sé si se escribe así o si es picnic; no tuve facilidades para los idiomas y aquí arriba en el árbol no tengo guguel ni diccionario electrónico para consultarlo. Digo piknik porque empezó todo así. Cuando llegó la primavera, alguien propuso en la oficina: hey, caraculos, ¿que tal si hoy pasamos de ir a papear el menú del bareto de enfrente?; ha llegado la caló, ¿nos compramos unos bocatas en el mesón de la esquina y nos montamos un piknik en el parque de abajo, antes de volver al tajo por la tarde? Lo hicimos así, pero, cuando mis compañer@s decidieron volver al trabajo, yo me quedé tirado en la hierba, dejando que el sol, que en abril ya pica, me tostara la cara y las ideas. Vi el arbol tan frondoso y me subí, como el muchacho aquel, Cosimo, de la novela de Italo Calvino que leí de adolescente. Y aquí sigo: llevo un par de semanas y he escrito esto en una serie de pañuelos de papel anudados. Sólo he bajado una vez en estas dos semanas para dejarles unos mensajes garabateados en unos papelujos a mis compas; se los dejé en los parabrisas de los coches (los aparcan en un parking al aire libre que puedo ver desde aquí). No sé si volveré a bajar.»

Al-Mulk

Medina Azahara
Medina Azahara

En las ruinas de la arrasada ciudad medieval palaciega árabe de Medina Azahara, levantada en el siglo X al lado de Córdoba, se han hallado numerosos restos de cerámica que presentan una inscripción: «Al-Mulk» (el poder), que pueden verse en su museo anexo. No he buscado demasiadas interpretaciones del porqué de esa leyenda, pero llama la atención la abundancia de estos restos: los especialistas dicen que es uno de los 99 nombres que puede adoptar Alá. A mí, sin base alguna, me da por pensar que quizá tenga que ver con la reafirmación y la proclamación de la soberanía del califato omeya de Córdoba, el reino que deslumbró a Occidente. Sabe Dios. Los omeyas que fundaron este próspero estado hispanoárabe, cabeza de Al Andalus, procedían de Damasco, la capital de lo que hoy es Siria, en la que en la actualidad el poder encarnado por Bachar el Asad se resiste a decir adiós y prefiere hacer saltar por los aires las frágiles vidas de cerámica de sus conciudadan@s que piden democracia y libertad. Ojalá que fuera él quien se marchara al museo, pero al museo de los horrores, junto con el resto de déspotas que han gobernado en los estados de la cuenca del Mediterráneo.