Ratas orientales

Ratas
Ratas

Los sátrapas orientales confunden su mundo con el mundo. Lo que distingue el crecimiento del ser humano es su capacidad para concebirse como un ente autónomo frente al entorno (The Magic Years, Selma H. Fraiberg): «Un perro no sabe que es un perro; un ratón no sabe que es un ratón; e incluso entre los primates superiores encontramos que los más avanzados chimpancés no saben que son un chimpancé (…) La cualidad fundamental de la inteligencia humana proviene de su conocimiento de un sí mismo que está separado y es distinto del mundo objetivo». Los sátrapas orientales son ratas que no han pasado de la fase del pensamiento mágico infantil que considera que sus acciones y pensamientos son la causa de todas las cosas. Son patéticos absolutistas disfrazados de Carnaval de manera permanente. Y lo peor es que se pensaron que podrían someter eternamente al pueblo con sus chiquilladas (y casi lo consiguieron; el dictador de Libia durante cuarenta años). Y lo peor es también el papel de un Occidente que les ha reído las gracias durante muchos años, muchos, casi los que median entre el reparto colonial de estos territorios en el siglo XIX y principios del XX hasta ahora, cuando las cosas parecen estar cambiando. Es hora de que los países del otro lado del Mediterráneo avancen hacia sociedades adultas que sustenten democracias avanzadas de una vez, en beneficio de todo el mundo. Y que las ratas orientales se escondan con sus disfraces carnavalescos en las cloacas de las que nunca debieron salir.

Liberticida I

Stop
Stop

«Agente, soy el mismo que vino a verle ayer. Me declaro liberticida, según los sesudos análisis de prestigiosos comentaristas de nuestras radios cavernarias. Sueño con ser Liberticida I. No solo estoy de acuerdo con bajar la velocidad de los carromatos que recorren las autovías, como ha acordado nuestro Gobierno, sino que voy más allá. Soy partidario de restringir de forma radical la circulación en el centro de las ciudades, porque nos están envenenando y no me gusta mascar humo, y mucho menos que lo masquen los pulmones de nuestros niños y de nuestros mayores. ¡La ciudad, para los ciudadan@s! ¡Deténgame, agente! Tengo ganas de salir corriendo, aunque quizá usted corra más que yo porque sus piernas seguro que son más fuertes que las mías. ¡Apréseme!»

¡Sus vais a matar igual!

Velocidad
Velocidad

«Amigo agente. Un placer saludarle de nuevo en esta comisaría tan chula que han abierto en el barrio. Pasaba por delante y quise saludarle. Aparte, le cuento. A mí lo de la disminución de la velocidad me parece de maravilla, le parezca mal a quien le parezca. ¿Que al Alonso ese no le gusta porque se duerme? Fantástico; que vaya en bici. ¿Que al PP tampoco? Mejor. Yo estoy totalmente de acuerdo. Es más: yo incluso pondría controladores de velocidad a la salida de los portales de las ciudades, por las mañanas. Y a todo aquel que presentara a tan tempranas horas un exceso de revoluciones, ordenaría que por ley les mandaran a reposar al sofá de su casa o a la camita, hasta que se templaran los ánimos. Vamos todos muy pasados de vueltas en esta sociedad moderna, sobre todo con las cosas que escucha uno. Verá qué bien íbamos a vivir. ¿Usted tiene mano con Alfredo Pérez Rubalcaba para trasladarle esta modesta propuesta de los controladores de revoluciones apostados a pie de los portales? Le estaría eternamente agradecido. Tanto correr, ¿pa qué? Pa ná; ¡si sus vais a matar igual!»