Instantáneo

Café soluble
Café soluble

«Mis miedos y temores se diluyen de manera instantánea cuando estoy en este diván suyo, doctora, pero no del todo; siempre me queda un poso, como el café. Me despierto por la mañana y me abandono entera a un rápido instante de placer instantáneo, que desaparece de forma instantánea en cuanto pongo la radio con las noticias de los boletines, el primer bofetón automático de realidad. Con el agua de la ducha cayendo instantánea sobre mi cabeza repaso todas las cosas que debo hacer durante el día y no haré, pienso en todas las cosas que hice en mi vida hasta ahora y las que me quedan por hacer (¿las haré?). Cuando tengo algo de tiempo agarro la guitarra y grabo mis ocurrencias instantáneamente en un magnetofón casero, antes de salir a la calle. Tomo un café soluble con unos sobaos pasiegos y bajo las escaleras, para ser disuelta como un azucarillo en la multitud que viaja en el metro, instantáneamente, de un punto a otro de la ciudad. Antes de venir a la consulta estuve en el restaurante asiático de la esquina, recién reformado, al que antes iba mucho, y salí con una sensación agridulce porque la reforma no me acaba de convencer. Es la misma sensación, doctora, que tengo cuando estoy en este diván: lo echo de menos cuando no vengo a consulta, y lo echo de más cuando estoy aquí, porque aunque usted me alivia, no me acabo de curar del todo; todo en apenas un instante.»

Manifiesto…

La tortilla, con cebolla
¡Con cebolla!

… contra los intolerantes, los racistas, los xenófobos, los ultraderechistas, los machistas, los vocingleros, los que vomitan en lugar de hablar, los que piensan con las vísceras, los abusadores, los sexistas, los obstruccionistas, los que le ponen pegas a todo, los fascistas, los que no aportan nada, los que lo ven todo negro, los chovinistas, los que no ven más allá de la punta de su nariz, los que detestan la cebolla en la tortilla de patatas, los que apostillan de manera permanente, los que sobrepasan los límites de velocidad y se jactan de hacerlo, los que no respetan los pasos de peatones ni los stops, los que no se sitúan nunca en el lugar del otro, los que no ponen el intermitente, los que creen que acaban de descubrir el Mediterráneo, los que siempre contraponen a los beatles y a los stones, los prepotentes,  los que le echan agua al vino, los que te dan garrafón, los vendemotos, los vendeburras, los que se llevan el coche hasta para comprar el pan a la vuelta de la esquina, los que no dejan que sus hij@s jueguen con niños de origen inmigrante, los que no liberan al flamante Nobel Liu Xiaobo (¡set him free!)… A todos (en diferentes grados, claro; los de la tortilla de patatas están eximidos): cómprense un desierto y dedíquense a barrerlo, adquieran un bosque y piérdanse.

 

La patria de la lengua

Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa

En la patria, o matria, de la lengua que mamamos cuando nacemos nos hallamos todos. Todos nos encontramos compartiendo palabras, significados y signficantes, envolviéndonos en la bandera de este español universal que es una de las lenguas más habladas del mundo y que este jueves recibió un nuevo premio Nobel en la figura del escritor Mario Vargas Llosa. Las palabras dan sentido a nuestro mundo y permiten nuestra convivencia, aunque haya gentes que las sigan usando como dardos. Los teclados escupen sílabas en español que inundan el globo (pero el castellano todavía no tiene en Internet una presencia acorde con su relevancia en el mundo), los críos comparten planetas literarios desde Madrid a Buenos Aires, desde Los Ángeles a Barcelona. Enhorabuena a Vargas Llosa; enhorabuena a tod@s. Este viernes no hay fronteras, ni banderas que valgan; las enseñas de todas las naciones que compartimos el español pierden sus colores y sus símbolos y se inundan de letras, vestidas de gala y tiros largos en este gran día de fiesta.