Fahrenheit 451

Ray Bradbury
Ray Bradbury

Desde que la vi siendo adolescente, siempre he tenido en mente las imágenes de la versión cinematográfica de la fábula futurista Fahrenheit 451, escrita en 1953 por el autor norteamericano Ray Bradbury, con esos bomberos pirómanos consagrados a destruir el saber en forma de libros, incendiando bibliotecas como si quemaran, en realidad, personas, en una pesadilla en la que pensar está prohibido y es peligroso para la existencia. Las imágenes de esta obra maestra de la ciencia ficción han cobrado ahora forma de nuevo con la publicación de esta conocida novela de Bradbury en forma de una gran versión en cómic elevada a arte mayor, del también estadounidense Tim Hamilton: una novela gráfica -género que inventara el inmortal Will Eisner-, que en España acaba de publicar el sello madrileño 451editores. La moraleja de esta obra -la resistencia frente al totalitarismo y a la censura, encarnada en hombres y mujeres que memorizan los libros para que estos nunca desaparezcan- sigue vigente. Como escribe Bradbury en una introducción específica para esta edición en cómic, «me gustaría sugerir que todo aquel o aquella que lea esta introducción se tome un tiempo para escoger el libro que más le gustaría memorizar y proteger de cualquier censor o bombero. Y no sólo escogerlo, sino dar las razones de por qué querría memorizarlo y de cuál es el valor por el que debería recitarse y recordarse en el futuro. Creo que si mis lectores se reúnen y hablan de los libros que han escogido y memorizado pueden producirse encuentros muy entretenidos». Para que nunca se pueda llegar a los 451 grados Fahrenheit (o 233 grados centígrados) que se necesitan para que arda el papel.

Dejémosles ser niñ@s

Playmobil
Playmobil

Traía en fechas recientes La Vanguardia una información que constata algo que todos podemos ver en las calles de nuestros barrios, pueblos y ciudades: los niñ@s cada vez son menos niños; su tránsito en esa etapa de sus vidas cada vez acaba antes, lo cual debería hacernos pensar en qué sociedad estamos construyendo entre todos (unos más que otros). Reproduzco algunos párrafos de la información, porque no tienen desperdicio: «La infancia de los niños españoles se reduce paulatinamente y pierde terreno frente a a la adolescencia, en la que los menores entran cada vez a edades más tempranas, adoptando modelos de comportamiento adulto a partir de los 11 años, e incluso antes. Los niños no están viviendo la infancia, ha asegurado la catedrática de Teoría de la Educación de la Universidad de Valencia Petra María Pérez, autora del estudio Infancia y familias. Valores y estilo de educación (…) Mientras que los niños se entretenían antes hasta los 13 años con muñecas, coches y otros juguetes tradicionales, en la actualidad dejan de jugar a una edad muy prematura, les interesan los programas de televisión de adultos, quieren vestirse como mayores y usar móviles. El no haber jugado y leído lo suficiente provoca que los menores no sepan esperar y quieran todo ya, factor que se convierte en la causa de conflictos en el seno de las familias más destacada por los padres, en un 22,3% (…)». A mí constatar estos hechos, que uno ve a diario cuando tiene hijos pequeños de corta edad, con compañeros de colegio que imitan el comportamiento de modelos o de cantantes de televisión me produce un gran desasosiego. Estamos privándoles de su infancia; qué triste es condenarles a que sean viejunos antes de tiempo.

Pararse y pensar

Stop
Stop de calma

Los humanos llevamos miles de años de historia a nuestras espaldas, pero nos hemos olvidado de esa perpsectiva; es más, parece incomodarnos. Ahora nos mueve lo inmediato: lo queremos todo y lo queremos ya, si puede ser con un clic, mejor que con dos. Las nuevas tecnologías lo sitúan todo a una pantalla de distancia, de forma muy rápida y muy cómoda. Mejor lo que puedas conseguir en diez segundos que no algo por lo que tengas que esperar dos semanas. Mejor poner el fuego al máximo que comprender que hay cosas que salen y saben mucho mejor a fuego lento. Las sensaciones sustituyen a la realidad y la enmascaran; nos quedamos con la espuma de los días en vez de aguardar al fondo del vaso. Para qué esperar al semáforo de manera paciente, yo quiero pasar ya, y encima tocando el claxon, que se note que tengo prisa. Es un mal, porque yo creo que es un mal, que afecta sobre todo a las generaciones más jóvenes, las criadas en la era digital, sin paciencia para nada. Esa inmediatez, esas prisas imprudentes, parecen ser precisamente el motivo de la tragedia de Castelldefels. Deberíamos pararnos y pensar más ante lo que está ocurriendo, poner un stop de calma de cuando en cuando en nuestras vidas.