Vida sintética

El comecocos
El comecocos

Dicen estos días los papeles que los científicos han logrado crear vida artificial, en forma de una célula sintética elaborada a partir de una bacteria que causa infecciones en el tracto respiratorio humano. La han bautizado, aunque no haya habido por lo que se ve intervención divina, como Mycoplasma mycoides JCVI-syn1.0. No proviene de ninguna reproducción previa, aunque en sí misma tenga nombre de reproductor de DVD o Blu-ray, sino de una fría probeta. No se sabe qué será de mayor, pero se le augura un fulgurante porvenir. Quién sabe si de esta célula de momento poco humana podrán nacer en el futuro seres complejos, como jueces, bomberos o controladores aéreos. El alumbramiento de Mycoplasma mycoides JCVI-syn1.0 ha querido coincidir en estos días inciertos con el aniversario de otra célula informática, nacida en los 80, que nos animó muchos ratos de bar a los chavales de aquellos tiempos (no había entonces consolas de videojuegos, no): el comecocos o pacman en su nombre en inglés, que cumple treinta años. Era ésta una célula de comportamiento bastante similar al de cualquier ser humano: deambulaba como enloquecida por pasillos cerrados, no veía más allá de su nariz y ganaba puntos a base de comerse a los demás cuando era necesario. Qué nostalgia.

¡País!

¡Más empatía!
¡Más empatía!

«El caso es que tengo un dolorcillo aquí, atrás, en la espalda. Uf, míratelo, seguro que tienes algo malo; así empezó mi cuñada, y ya ves. Vaya, parece que al coche no le quiere entrar la marcha. Uf, claro, con este coche viejo; te veo comprando uno nuevo y, vaya, justo ahora que acaban las ayudas oficiales y sube el IVA, qué mala suerte. Estoy preocupada por mi empresa; la cosa va mal. Uf, qué mala pata, y con la edad que tienes; no te preocupes (que si necesitas algo ya sabes dónde no me tienes). Pues resulta que ando de baja; me han encontrado algo raro y estoy preocupado con las pruebas. Uf, ¿me lo dices o me lo cuentas?; yo acabo de tener un catarrazo que pa qué. Tengo un cabreo; mi hijo pequeño no estudia nada y no veo manera de motivarlo. Uf, carne de cañón; si yo ya te decía que ese chico es un vaguete. Espero que salgamos de la crisis cuanto antes. Uf, qué va. Mira Grecia. Vaya, parece que el avión atraviesa una turbulencia; qué nervios. Uf, nos matamos fijo. Padrenuestroqueestásenloscielos. Qué bien está remontando el equipo; creo que salvará la Liga. Uf, para nada. Estos mantas bajan a segunda, fijo. ¿Qué tal me queda el vestido? Uf, te hace un poco gorda, ¿no? Estoy segura: quiero tener un hijo. Uf, ¿a tu edad? Mira que ya estás talludita. Etcétera… ¿Por qué nos cuesta tanto, sencillamente, intentar comprender al que tenemos enfrente? Curiosa España, doctora, este país en el que tododios tiene un cenizo dentro, siempre en forma de última y fatalista palabra para decir, apostillar y quedar por encima, como el aceite (con algunas honrosas salvedades, de acuerdo; no hay regla sin excepción). Dígame, doctora, ¿dónde pueden recetar empatía («Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro», DRAE) en dosis industriales?»

Ficciones financieras

Especulador
Especulador

La capacidad de fabular y sostener ficciones del ser humano es casi infinita. Con frecuencia, incluso, es tan poderosa que nuestra mente lanza construcciones imaginarias que se imponen sobre lo real y lo acaban suplantando. Así ocurre con el entramado financiero que nos rodea sin que nos demos cuenta… hasta que llegó su desplome. Como recuerda Santiago Niño Becerra, catedrático de Estructura Económica en la Universidad Ramón Llull, en su polémico libro El crash de 2010. Toda la verdad sobre la crisis (Barcelona: Los Libros del Lince, 2009), lo financiero «posibilita la inversión, anticipa y paga aplazadamente el consumo, mueve los capitales alrededor del planeta, asegura inversiones, cobros, pagos, apalanca riesgos, cubre compras, emite medios de pago». Se calcula, dice Niño Becerra, que «por cada dólar que se mueve en el mundo sustentado por la economía real, se mueven 300 en la financiera; se cuenta que sumando todas las formas y manifestaciones del subsector financiero, el volumen que alcanza un monto resultante equivale a entre 25 y 30 veces el PIB del planeta». Son estimaciones, porque, como él precisa, nuestras percepciones de estas cantidades no pueden ser certeras. Así no es de extrañar que todo este mundo financiero tenga mucho de alquimia y de magia, y lo malo es cuando las fórmulas -léase, la avaricia de muchos especuladores- han socavado los cimientos y el edificio se nos ha caído encima a los pobres mortales que padecemos esta crisis interminable, tras la que habrá que construir un nuevo sistema a prueba de seísmos; al menos, habrá que intentarlo para que no siempre sean los mism@s los que paguen los platos rotos del festín que otros se meten entre pecho y espalda.