Maldito goterón

El Burj Dubai
El Burj Dubai

Malhadado goterón que te precipitas desde lo alto del alerón, a saco y a traición. ¿Qué mano criminal te guía? ¿Cuál es tu impulso asesino para que te dirijas como un kamikaze sobre el cuello o la coronilla de tu víctima, dejando a tu paso un reguero frío sobre la piel que te acoge ahí abajo? ¿No preferirías, goterón, aunque otro sea tu infeliz destino, engordar eternamente en el alero del tejado, como un gorrión? ¿Cómo se ve el mundo desde allá arriba, humilde goterón? ¿Qué piensas de tus primos del flamante rascacialos Burj Dubai? ¡Menudo vértigo caer desde ochocientos metros de altura, estamparte sobre cualquier cabeza haciendo que un rastro de pequeños arcoiris quede como epitafio de tu breve existencia!

El sueño de Andrés Laguna

Andrés Laguna
Andrés Laguna

Qué casualidades. España ingresó en la entonces denominada CEE (precursora de la actual Unión Europea) en 1986. Fue el mismo año en el que un grupo sueco de rock llamado Europe (quién no se acuerda de las permanentes de sus componentes) cosechó un gran éxito mundial -España incluida-, con una pegadiza canción que estaba hasta en la sopa, The final countdown. Para España, aquel año significó también el final de la cuenta atrás para entrar en una UE que ha impulsado nuestro bienestar, y que ahora nos toca presidir durante este primer semestre del nuevo año. En 1986, España puso su reloj en hora con una Europa cuya identidad glosaron figuras de nuestra historia como el humanista Andrés Laguna, un médico segoviano de origen judío que en un lejano discurso del siglo XVI abogó, según sus conocedores, por una idea moderna de civilización europea opuesta a la barbarie. ¿Qué pensaría hoy Laguna ante una UE que se ha convertido en el mayor espacio de desarrollo humano del mundo? Posiblemente constataría que, con todas sus imperfecciones, se cumplió su sueño.

¡Feliz zambullida!

El nadador de Paestum
El nadador

Año tras año se repite la liturgia: guardar la agenda vieja, comprar una nueva; repasar el año que termina, aventurar cómo serán los doce meses -inmaculados- que se presentan por delante. El tiempo no espera por nadie, y mi deseo ante el nuevo 2010 es disponer del suficiente para gastarlo en procurar la felicidad de la gente que quiero. Decía López Aranguren -objeto de una exposición retrospectiva este 2009- que el tiempo se nos escapa «precisamente, paradójicamente, porque corremos tras él». Pues bien, mi deseo es que tengamos -yo y quienes lean estas líneas- tiempo para lo verdaderamente importante. En estos momentos en los que 2010 es ante todo un horizonte de posibilidades, zambullámonos en sus aguas -como el nadador del enigmático fresco de la colonia griega de Paestum (Italia), que parece arrojarse con entusiasmo a lo desconocido- y disfrutemos  del porvenir. ¡Feliz Año Nuevo!