El aguador

Protesta de Femen contra Alberto Ruiz-Gallardón
Protesta de Femen contra Ruiz-Gallardón

El antaño Aguador Municipal, así escrito con mayúscula para darse más pisto en las comidas con los cuñados, fue muchos años dando gato por liebre. Llenaba sus botellas de agua del grifo y la vendía como si estuviera embotellada en los manantiales más salutíferos del universo mundo, a precio de oro. Muchos le compraron la mercancía, año tras año, especialmente cuando más apretaba la calor y el contorno entre izquierda y derecha se difuminaba. Algunos intentaban advertir: «¿Pero no os dais cuenta de que os está tomando el pelo, que Alberto RG os está vendiendo un borrico viejo?». Pero los incautos no hacían caso y siguieron comprando el agua, verano tras verano, y elección tras elección, llenándole los bolsillos y las ambiciones al aguador, aunque, como luego se verá, las ambiciones de aquel hombre en realidad rara vez podrán estar colmadas. El aguador dejó luego su puesto de designación municipal y pasó a otros menesteres. Lo de dar  agua ya no le iba: ahora quería cerrar el grifo de los derechos, como el del aborto. Y muchos de los incautos que le fueron votando se preguntan ahora: «Pero a este hombre, ¿qué le ha pasado? ¿No era tan progresista?». Y él, con su habitual impasibilidad de esfinge se ríe en sus adentros mientras sueña con alcanzar la primera magistratura del país y darle con el cántaro en la cabeza a quienes incautamente le fueron aupando, los pobres que sorbito a sorbito fueron ensoberbeciendo a aquel ministro.

¡No a la reforma de la ley reguladora del derecho al aborto!

Veraneos del 127

Un Seat 127 naranja
Un Seat 127 naranja

Recordaba en una conversación de ayer los veranos en los que las familias trabajadoras de Madrid descubríamos la playa tras largos viajes por las carreteras de los años 70, embutidos en los coches de la época (en mi caso, en el Seat 127 de mi padre), con yo y mis hermanos amontonados en el asiento de atrás y sin cinturón de seguridad. Aquellos años felices plasmados en fotos que han virado a sepia y en las que por desgracia ya hay ausencias, aquellos tiempos despreocupados de la infancia, cuando todo parecía al alcance de la mano. Un poco de agua, de sal, de sol y de arena de mar durante los quince días del apartamento en Fuengirola daban para calentar el cuerpo todo el año, con mi madre embadurnándonos el cuerpo de cremas para que no nos quemáramos con el rey sol; lo que yo hago ahora con mi hija. Me acuerdo ahora de nuevo con nostalgia de aquellos tiempos, justo esta mañana cuando acabo de dedicarme a uno de los mejores momentos del día: el riego de las plantas en esta casa tan linda, cuando intento repartir agua y cariño entre las macetas, viendo cómo se empapa la tierra que luego impulsará la vida a seguir medrando. Si solo necesitamos un poco de sal, sol y agua para vivir, bienes que son gratis y abundantes, ¿por qué la vida se muestra tantas veces tan avara con tanta gente?

No nos merecemos esto

Res Publica
Res Publica

«Si usted, doctora, o yo, que tan poco soy, sintiéramos sobre nuestros hombros unas acusaciones con unos indicios tan demoledores como los que pesan contra el presidente del Gobierno, seguro que usted y yo anunciaríamos nuestra dimisión y echaríamos a correr hasta Perpiñán. Eso lo haría cualquier mortal, salvo que tenga una jeta de hormigón armado o esté tan absolutamente emponzoñado de mentira que sea incapaz de discernir nada. Pero el bueno de Rajoy, todo entrega a España, se aferra a su silla y no dice ni esta boca es mía. Se niega a hablar sobre un subordinado que no era un cualquiera, sino el jefe de los servicios de tesorería A y B del PP y quién sabe qué más, con el empecinamiento que tienen algunos niños pequeños en admitir la verdad cuando saben que han obrado mal. Se le puede llamar de muchas formas, y tal vez la de cobardía no sea la menor, pero este, doctora, no es el presidente que se merece este país en un momento en el que lo estamos pasando tan mal. Señor Rajoy, dimita ya, y dedíquese a escribir algún tratado sobre la indignidad en la cosa pública y el daño que está originando a todos los que creemos que la política está al servicio de los demás. Señores de los sobresueldos: quienes se enriquecen y buscan enriquecerse mediante la cosa pública merecen todo el desprecio y el oprobio sociales; porque el único enriquecimiento que es lícito procurar en el desempeño de la función pública es el enriquecimiento de todos: en valores, en derechos, en libertades.»