Ana Frank, la adolescente que quería ser periodista

Ana Frank
Ana Frank

Nunca es tarde si la dicha es buena, así que nunca es tarde para haber leído un libro como el Diario de Ana Frank. Aunque sea una dicha triste, porque conforme avanzan las páginas sabes que se aproxima no solo el final del propio diario, sino el de su autora, que murió en el campo de concentración de Bergen-Belsen en 1945, víctima del tifus, después de que los nazis descubrieran el escondite en el que sobrevivió durante dos años junto con su familia judía en Amsterdam, al que ella llamaba la Casa de Atrás.

Ana era, cuando comenzó su escritura, una preadolescente que en ese momento tendría la edad que mi hija tiene ahora. Dejó escrito un alegato de una hondura y una sinceridad estremecedoras contra la barbarie del ser humano y el horror nazi.

Compré este libro, que llevaba años queriendo leer, tras visitar, también con mi pequeña, una de las exposiciones más conmovedoras que ahora mismo se pueden ver en Madrid, la tremenda Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos.

Para que tragedias tan espeluznantes como esta no se vuelvan a repetir hace falta mucha vacuna contra el odio, la intolerancia y el antisemitismo en forma de páginas como las del Diario de la pequeña Ana. Ella, que quería ser periodista y escritora, murió sin poder conocer la enorme repercusión que tendrían sus palabras: su eco, la verdad y la fuerza de su Diario acompañarán siempre a sus lectores.

Seres plastilina

Plastilina
Plastilina

Éranse una vez unas personas plastilina. Bueno, «éranse» no es de recibo escribirlo, porque nunca han dejado de ser, ni dejarán de serlo en el futuro. La denominación de personas plastilina se la escuchó una vez a un amigo, y le hizo tanta gracia que la adoptó. Dícese de aquellos seres que se amoldan a lo que hay, y son capaces, como le dijo su amigo, de ser colegas tanto de Darth Vader como de Luke Skywalker. Les da igual. El ser plastilina se lleva bien con malos y buenos, con el Imperio o la Resistencia, con víctimas y villanos, con asesinos y asesinados. Así son ellos de flamencos. Su naturaleza es camaleónica. Y su ser, su ser es inane. La plastilina, como dice su definición, se utiliza para modelar esculturas y como material educativo. Pero estos seres de sustancia moldeable es mejor que no se utilicen para nada, porque son ellos los que te acaban utilizando a ti. Ni son modelos a seguir, ni son precisamente ejemplos educativos. Así que, aunque ellos no lo sepan, en su naturaleza llevan su condena. Porque de tanto tomar forma y amoldarse a otros seres y de ignorar cualquier ética, cualquier moral, los seres plastilina carecen de ser.

Un volcán bajo los cimientos

Techo del hemiciclo
Techo del hemiciclo

Hoy un diputado ha insultado gravemente a un ministro del Gobierno de España, disparando en el hemiciclo una tensión insoportable. ¿Ha reparado este diputado en la imagen pública que actitudes como la suya producen, minando por completo la confianza de los ciudadanos en la política? ¿Le importa algo? En otras ocasiones son otros los que vierten sus porquerías. Deberían sobrar los exabruptos y las palabras gruesas en el que algunos llaman templo de la palabra. Porque la imagen que se traslada a la sociedad es penosa, porque se alimenta un caldo de cultivo ideal para para la propagación de populismos y extremismos.

He escrito muchas veces que la política interesa y es noticia cuando es escándalo y es bronca. Los medios también tendrían que reflexionar. Porque no es normal que el debate de esta mañana en los mentideros mediáticos fuera si hubo escupitajo o no al ministro Borrell.

En el solar que ocupa el Congreso de los Diputados había un monasterio, el convento del Espíritu Santo. Hoy parece, más bien, que bajo esos cimientos se esconde un volcán de lava ardiente cuyas fumarolas tapan todo el trabajo que se lleva a cabo en esta Cámara en beneficio de la sociedad a la que se debe y que es fuente de su legitimidad.