Dormidin@s

Vieja radio
Vieja radio

«Doctora, doctora, esta mañana he escuchado en la radio un anuncio muy raro. En principio pensé que había escuchado mal, y también atribuí mi percepción primera a la emoción que me embarga por la celebración hoy de la boda ducal. Pero no. Lo había escuchado bien. Resulta que en la radio anuncian un producto para dormir bien, que se llama Dormidina o algo así, y en el anuncio meten la voz de alguien que lo toma para poder descansar porque lo pasa muy mal con la presión que tiene que afrontar cuando aborda «recortes de personal» (sic). Me ha dado un escalofrío escuchar esto el mismo día que se han conocido los últimos datos de paro. Y me ha dado un escalofrío aun mayor cuando pienso en todas las víctimas de los recortes, los ajustes o como quiera usted llamarlos, doctora. Vivimos en una situación en la que algunos no tienen ni un céntimo para comprar dormidina y poder descansar, porque viven en una pesadilla permanente. Y otr@s, tan panchos, roncando, tomando dormidina o sin tomarla, que ni siquiera el ruido permanente de la motosierra y las tijeras de podar les quita el sueño.»

Fenómenos paranormales

Pau Donés
Pau Donés

Los indígenas de la piel de toro en particular y los humanos en general siempre hemos padecido una relación conflictiva con la realidad difusa que nos rodea, presente y ausente a la vez. En tiempos inquisitoriales se llegaba a condenar a los herejes en ausencia, y el castigo lo recibían efigies de los reos a falta de carne mortal sobre la que ensañarse. El tiempo ha pasado, pero esa relación conflictiva sigue sucediendo. Vean lo del premio literario otorgado a un etarra huido, un premio en ausencia (el Sarri, Sarri de la canción de Kortatu que bailaban los punkis radicales de mi barrio años ha). Y la epidemia se ha contagiado: acaban de darle un Nobel a un investigador que se presuponía vivo, pero que en realidad se acababa de mudar al otro barrio. Fíjense que ahora hay un candidato que aspira a gobernar la realidad española sin decir ni mu sobre sus verdaderas intenciones y cuya doctrina principal es el «depende» (le preguntan: ¿bajará las pensiones?, ¿recortará el gasto social?, ¿erradicará el cangrejo americano de los ríos patrios?, y él contesta, «uff, pues qué lío, depende, depende, depende…»). «Depende» fue el título de una pegadiza canción que cosechó un gran éxito estos años de atrás; a mí no me gustaba, pero eran legión sus seguidores.

La televisión

Televisor
Televisor

«… ¡Ah! Ponme también mitad de cuarto de salchichón ibérico, y luego un trozo de queso manchego metido en manteca. ¿Sabes, Paco? Desde que murió mi marido, te puedo pedir de todo en esta charcutería tan mona que tienes en el mercado. ¡Mi esposo solía estar tan mal del colesterol que se nos estaba poniendo cara de acelga de tanto comer sano! Estoy bromeando; me gustaría tanto que él siguiera viviendo… Le echo mucho de menos, Paco, tan sola. Mis hijos me acaban de regalar una tele de esas planas de ahora, que por trescientos euros tiene de todo, dicen. Cuando me la trajeron, me acordé del primer televisor que tuvimos en casa, hace… 48 años, sí. En blanco y negro, claro; costaba 14.000 pesetas de la época, que era un dinero, ¿sabes? Bueno, qué vas a saber tú, que eres tan joven. Catorce mil pesetas, un dineral. A mi marido se las iban descontando de la paga de Galerías. De Galerías Preciados, un negocio que ya no existe, que es donde él trabajaba y donde compró el televisor. Éramos la envidia del barrio. Con la nueva tele me he acordado mucho de aquel viejo televisor y de mi marido… Por las noches, frente a la pantalla plana que me han traído los hijos, extiendo la mano en el sofá. Parece como si estuviera tocando sus dedos nudosos, aunque él ya no esté más. Presiento que mi vida está virando a sepia y barrunto que pronto se fundirá en negro, por muchos colores brillantes que tenga esta pantalla. Y que, quizá cuando llegue el the end, le vuelva a ver. Ah, Paco, échame también cuarto y mitad de lomo, del ibérico, claro, que hoy vienen los nietos a comer a casa…»