Pescadillas de enroscar

De Cospedal
De Cospedal

Las pescadillas de enroscar, esas que se muerden la cola, se pasan por harina y se fríen, eran un plato clásico en las cenas de mi infancia, cuando Europa estaba tan lejos. De cuando yo era un niño y Europa era un sueño lejano al que había parientes y conocidos de mis padres que habían emigrado para buscarse la vida lejos de la España franquista, a Alemania, a Inglaterra, a Suiza. Las pescadillas de enroscar fueron perdiendo peso, conforme yo crecía, en las cenas, que a cambio se enriquecieron con platos más internacionales, al tiempo que España se reencontraba con Europa y entraba en ella. Hoy Europa es un plato enfermo. La están devorando desde dentro y desde fuera. Los especuladores sacan provecho a cuenta de su deuda pública y Europa aplica más y más ajustes, sin llevar a cabo políticas de reactivación, con lo que la pescadilla que se muerde la cola está a punto de autoengullirse y desaparecer del plato.

PD.- El PP dice que devolverá la confianza a los inversores en España. A mí solo me infuden más y más desconfianza. Qué preocupantes son las trazas del Advenimiento Marianil si finalmente se perpetra. Vaticinó ayer De Cospedal que para después del 20-N España va a tener la calle «llena de manifestaciones» cuando Rajoy «diga lo que hay que hacer». Y ¿qué es lo que quiere hacer? ¿No les parece una desvergüenza no desvelar su verdadero programa a los ciudadan@s antes de que vayan a las urnas? Salieron del gobierno mintiendo y pretenden volver no diciendo la verdad sobre sus intenciones y su programa. Mal final y, si es así, peor comienzo.

Poblados espectrales

Ladrillos
Ladrillos

Hay grandes extensiones de terreno en los paisajes españoles arruinadas por el ladrillo. Espacios enormes repletos de edificaciones a medio terminar y que posiblemente nunca llegarán a albergar a nadie. Promociones urbanísticas gigantescas de casas vacías, varadas como cáscaras de nuez en medio de páramos inhóspitos. Adosados levantados en los tiempos del frenesí urbanístico, edificados a un ritmo muy superior al de la demanda real. Eran los tiempos de la burbuja que comenzó a crecer aproximadamente en 1996, cuando los precios empezaron a ponerse por las nubes y aquí se seguía vendiendo todo a precios desorbitados, con la premisa de que «la vivienda nunca va a bajar de precio» y el sustrato sociológico del culto al ladrillo tan extendido en la piel de toro. Las familias se endeudaron hasta límites intolerables para pagar casas cuyo precio no era real, y los bancos se endeudaron para prestar dinero a todo tren y la burbuja se siguió inflando hasta que reventó y nos devolvió a la más cruda de las realidades. Me vienen a la cabeza imágenes de la costa sur de Lanzarote, en la que hay muchas promociones urbanísticas abandonadas, y de caminar a través de ellas atravesando poblados espectrales, sintiendo mucho frío a pesar de que fuera julio cuando anduve allí.

Esa mayoría

Debate
Debate

Las encuestas publicadas por los medios de comunicación dicen que la mayoría de los españoles cree que Mariano Rajoy ganó el debate con Alfredo Pérez Rubalcaba del pasado lunes por la noche. A esa mayoría, por tanto, no le inquietan la ambigüedad calculada, la falta de propuestas y de iniciativas del presidente del PP. A esa mayoría no le alarmó que el líder del PP echara una y otra vez balones fuera ante las reiteradas preguntas del candidato socialista sobre el futuro del Estado del Bienestar. A esa mayoría, por lo que se ve, no parece preocuparle lo que pueda ocurrir con las pensiones, con la sanidad, con la  educación. «Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros», decía Groucho Marx, y es la divisa que podría emplear Mariano Rajoy para esta campaña, en la que procura por todos los medios no dar un paso que movilice al electorado de izquierda y que le reste votos. Lo que sea con tal de llegar a La Moncloa a golpe de bostezos, sin que nadie conozca, aunque se intuyan, las auténticas propuestas de su programa en la sombra, y que él se negó a desvelar en el debate televisivo. Si esa mayoría se mantiene y el Advenimiento Marianil se produce (¡los votos no lo quieran!), las próximas comparecencias televisivas de Rajoy a partir del 20 de noviembre ya no serán tan ambiguas, y más de uno entre esa mayoría tendrá que plantearse para qué ha servido su voto.