Ciao, papi

Hartas de Berlusconi
Contra Berlusconi

Un buen regalo hoy que hago años, en forma de titular de apertura de todos los medios: el primer ministro italiano, Silvio Papi Berlusconi, «será juzgado por abuso de poder y prostitución de menores por el denominado caso Ruby, después de que la juez Cristina di Censo aceptase la petición de la Fiscalía de Milán. La magistrada dictaminó ayer que Berlusconi debe ser procesado de inmediato porque “existen pruebas evidentes de que cometió ambos delitos”, y llamó al primer ministro a comparecer ante la Corte milanesa el próximo 6 de abril (…) La jueza precisó que Berlusconi cometió el delito de abuso de poder cuando en mayo pasado llamó por teléfono a la comisaría de Milán para interceder por la puesta en libertad de Ruby, detenida por hurto. La magistrada añade que Berlusconi afirmó que Ruby era la sobrina del entonces presidente egipcio, Hosni Mubarak. La acusación de incitación a la prostitución de menores se centra en la presencia de la joven en varias ocasiones en la casa de Berlusconi en Arcores, próxima a Milán, en la que la Fiscalía cree que hubo encuentros sexuales con el mandatario cuando Ruby era menor de edad. El delito de abuso de poder está penado en Italia con entre tres y doce años de prisión, y el de prostitución de menores con un máximo de tres, por lo que Berlusconi podría afrontar una condena de hasta 15 años. El mandatario italiano será juzgado por un tribunal compuesto por tres magistradas.» Berlusconi será, por tanto, juzgado, pero siempre que aparecen caudillos de este tipo, conviene recordar que no surgen por generación espontánea. En su caso, el primer ministro italiano llegó al poder, y se ha mantenido en él, a lomos del uso y abuso de las televisiones de su país, que han difundido modelos sociales que no están tan lejos de España. Sólo hay que encender la tele y hacer un poco de zapping para verlo.

Adentro y afuera

Juan Goytisolo
Juan Goytisolo

Repasando la prensa en esta recta final del Día de los Enamorados encuentro dos artículos que vienen bien para (intentar) comprender lo que está ocurriendo ahí afuera de nuestras fronteras y aquí adentro. Sobre allá afuera, pero no tan lejos, escribe Juan Goytisolo en El País (La historia se escribe en la plaza): «Los cairotas que atestaban la plaza de la Liberación descubrían de pronto que podían ser dueños de su destino y decir basta. Adultos, familias, jóvenes, abogados, blogueros, sindicalistas, sin distinción de credo ni ideología, compartían una misma fe en la urgencia del cambio (…) Resulta difícil predecir cómo se llevará a cabo la indispensable transición democrática bajo la tutela del Ejército (…) El pueblo egipcio reclama una auténtica democracia (…) Las sombrías predicciones de una apropiación de la revuelta popular por los Hermanos Musulmanes (…) no se asientan en base alguna. Los propios islamistas son conscientes de sus anteriores fracasos y no quieren que se repitan. El triunfo del movimiento espontáneo de las masas egipcias es, al contrario, el mayor revés sufrido por el extremismo yihadista desde el 11-S. Obama lo entendió bien en su célebre discurso de El Cairo: la democracia, no una dictadura como la de Ben Ali y Mubarak, constituye el mejor baluarte frente al terrorismo de Al Qaeda.» Otra recomendación del mismo diario, sobre algo de aquí adentro, más cercano (Lo tienen todo, excepto a sus padres): «Lo tienen todo menos lo imprescindible. Casas confortables, padres con profesiones de éxito, toda la tecnología casera disponible en el mercado, ropa de marca, dinero para gastos, caprichos… Pero les falta algo. Los adolescentes urbanos procedentes de familias de clase media y media alta empiezan a llenar las consultas de psicólogos y pediatras sociales aquejados del mal de la soledad. Han crecido casi por su cuenta, a cargo de cuidadoras ajenas a la familia, y sus padres, ocupados a tiempo completo en mantener el estatus social, carecen del tiempo que ellos demandan. Las consecuencias suelen ser perversas: trastornos de conducta, agresividad, enfrentamientos constantes con los padres… Y también una tendencia al aislamiento preocupante.»

Cementerio para elefantes tiranos, ya

Elefante
Elefante

Cuando los elefantes tiranos están en el poder, acostumbran a dar muchas, muchas patadas por debajo de la mesa. Por encima de la mesa suelen sonreír con sus cerúleos rostros de esfinge, sobre todo en encuentros oficiales con otros mandatarios occidentales que nunca les han hecho demasiados ascos y cuando estrechan con sus manos de manicura las manos de los gerentes de los bancos en los que depositan el dinero que han trincado durante largos años de rapiña. Pero por debajo de la mesa no paran de patalear, y no precisamente de forma inocente y traviesa. Cada vez que patalean, apachurran bajo sus pezuñas las ansias de libertad y democracia de muchos de sus compatriotas. Ha ocurrido durante mucho tiempo con el elefante que vivía en El Cairo. Ocurre a veces, aunque no en todas las necesarias, que los paisanos del elefante se hartan de él, y patalean más y más fuerte hasta que consiguen echarlo. Ha pasado en Egipto. Antes en Túnez. Y quizá siga ocurriendo con otros elefantes de otros tantos países árabes. El sonido de las pisadas del elefante, que era tan estruendoso y que daba tanto miedo, se ha ido alejando, desvaneciéndose poco a poco, hasta desaparecer. Las pisadas del elefante serán una posible fuente de pesadillas nocturnas para los niños y niñas de este país, de pesadillas que sus padres tuvieron que padecer en vida. Como esta ola de revuelta árabe siga, van a tener que ir pensando las naciones del mundo en dedicar un gran terreno en algún desierto ignoto para que todos estos elefantes tiranos se pierdan en él, no sin antes rendir cuentas ante la justicia.