Un carnicero bajo el sofá

Revuelta egipcia
Revuelta egipcia

«Le prometojuro, agente, que no sé cómo llegó aquel ser hasta debajo de mi sofá. A mí me despertó el mal olor, tras una larga siesta pijamera de tres horas que perpetré hace unos días en el susodicho sofá. Al principio pensé que la peste debía de proceder de las bolas de carne que mi hija hace con el solomillo, porque la cachonda tira bajo el sofá los cachos de carne cuando se lía a masticarlos y a masticarlos y se le hacen bola, como dice ella. Para eso me gasto los talegos, para que a la niña se le haga bola el solomillo; lástima de no haber pasado hambre, como su padre. Bueno, al grano, el caso es que, en efecto, algo tenían que ver las bolas de carne del solomillo a medio masticar con la presencia de aquel ser. Al mirar bajo el sofá me lo encontré a él. Su cara me sonaba de verle estos días en los noticieros internacionales sobre las revueltas del norte de África. Creo que debió de escaparse de la tele, de la vieja Sony Trinitron que tengo averiada y de vez en cuando suelta humo. Perseguido por los manifestantes, el pobre Joselín (así le llamo yo, porque su nombre en árabe me resulta difícil de pronunciar) se coló dentro de la cámara de un reportero español que estaba grabando manifestaciones contra su augusta persona en su país, subió al satélite convertido en una plasta de unos y ceros, bajó a la parabólica de mi azotea y llegó hasta mi tele, para colarse a continuación a través de una rendija del aparato televisivo mencionado, cobrar de nuevo su forma humana y refugiarse bajo mi sofá, sin duda atraído por el olor/hedor de las bolas de solomillo a medio masticar que hace mi hija. Bueno, esto es en sentido metafórico: bajo mi sofá y bajo el sofá de todos y de todas los occidentales, que hemos estado tan cómoda y mullidamente sentados sobre tiranos como éste, sin decir nada mientras nos han hecho el caldo gordo. Agente, el caso es que vengo a poner una denuncia para ver si le pueden detener, antes de que me devore. Y mire que siento que se lo lleven, porque me he acostumbrado a echarle bajo el sofá todos los restos de cochinillo, cordero, lechazo, ternasco y ternera y el tipo me los devuelve mondos y lirondos, con los huesos relucientes, con el consiguiente ahorro en bolsas de basura. Joselín tiene mucha experiencia en procesar carne, y temo que ahora quiera probar conmigo, porque en el fondo echa de menos su tierra, agente. Pobre.»

El mono creador

La Solitude
La Solitude

Como un gorila encaramado en un sillón que mira circunspecto a su entorno (La solitude organisative) parece verse el pintor Miquel Barceló, al que el todavía flamante CaixaForum de Madrid dedica hasta el 13 de junio una exposición antológica que reúne 180 obras creadas por el artista mallorquín entre 1983 y 2009. El cosmos de Barceló eclosiona a modo de cuadros, pero también de cerámicas, de esculturas, de cuadernos de viaje. Estalla literalmente en esos cuadros con relieve que hechizan al espectador con sus formas de frutas, animales, comidas… Un complejo bestiario en el que el ser humano es una especie más -y no la más importante- entre pulpos, peces, siluetas de cuadrúpedos, la vastedad del desierto, la incógnita del sexo y la misteriosa inmensidad del mar. La mezcla del Mediterráneo y África se agita en su obra y literalmente te atrapa, como un gorila creador que se fija en su entorno, lo procesa, lo transforma y lo lanza hacia el resto de sus congéneres. Si van con niñ@s, la muestra se completa con unos talleres plásticos anexos para que los pequeños recreen lo que acaban de ver. No se la pierdan, y no mientan: acabarían como el pinocho muerto que se exhibe en una de las salas, una escultura de cráneo con una nariz enhiesta.