Lo privado ya es público

Conversación
Conversación

Conversación mañanera en el bus. Una pasajera habla con alguien por el móvil, mediante esos auriculares que convierten en públicas conversaciones que antes eran privadas (quien así lo quiera, claro). Con las tecnologías se pierden el sentido del pudor y de la intimidad.

“Tú estás muy ida, pero mucho. Te vuelves a embarcar en un matrimonio con alguien a quien acabas de conocer en un chat, que te dice cuatro cosas bonitas y ya te vuelve loca. ¡Pero si no le conoces de nada! Os volvéis tontos con las redes, no sé dónde vamos a llegar. ¿No te das cuenta de que solo quiere tu dinero, que le compres un departamento lindo y luego te quedes en la calle? Ay, qué tonta estás. Y lo peor es que no haces caso de la gente que te queremos y te guiamos para que no metas la pata. Te da igual, solo escuchas lo que quieres oír y de quien quieres oírlo, de ese tipo cuya vida ignoras. Qué distintas somos tú y yo. Yo no pongo la mano en el fuego por nadie, y tú no dudas en arrojarte al brasero a la primera de cambio. ¡Si soy yo, que llevo trece años casada con mi marido, y sigo sin conocerle! Vamos, que no puedo llenarme la boca de él, de mi marido, porque sigue siendo un enigma.”

El blues de la piel de toro

Camarón
Camarón

Me caen muy bien los asturian@s. Son gentes nobles, llanas, trabajadoras, sencillas; buena gente. Es curioso, porque hay una cosa con la que muchos de ellos que conozco pierden su natural templanza. Sucede cuando les mientas la bicha de una empresa de bus que enlaza el Principado con otros puntos de la piel de toro; la voy a llamar La Compañía, no vaya a ser que de lo contrario atraiga el gafe o la mencionada compañía me mande correos con virus emponzoñados. Me pasó el pasado sábado. Tras una misión laboral concluida por la mañana, en Oviedo, tenía que regresar al Foro, pero no había combinaciones adecuadas de tren o avión. Alquilar un coche no me apetecía, porque ya estoy cansado de la brega laboral a estas alturas del año (y lo que te rondaré morena para lo que queda), así que opté por La Compañía. Y varios queridos compañer@s asturianos intentaron disuadirme, con cariño: “Estás loco; no sabes lo que haces; ¿pero cómo vas a hacer ese viaje bizarro…”. Pero seguí adelante con el plan. Total, si La Compañía y yo somos viejos conocidos de una larguísima estancia laboral mía en Galicia, años ha, en la que tenía el cuasi monopolio del transporte Lugo-Madrid-Lugo. Yo también acabé harto de La Compañía en aquel entonces, pero llevaba ¿doce años? sin subirme en uno de sus buses, y hasta me hacía ilusión. Ahora los vehículos de La Compañía ya no están llenos de humo de tabaco; llevan wifi y un monitor que te va mostrando la ruta que te queda sobre un mapa, como en los vuelos de larga distancia. En el bus íbamos apenas una decena de viajeros, que fueron/fuimos buena parte del trayecto dormidos, quizá soñando. Barrunto que hasta el joven conductor, que iba bien despierto, soñaba con encontrarse con su también joven amor, que le telefoneó en plena ruta y que le estaba esperando a pie de andén cuando aparcamos en la estación de Méndez Álvaro. Bueno, este también fue un modesto vuelo a ras de tierra, elevándose apenas un palmo sobre la Meseta después de atravesar las montañas astures, con una sintonía de fondo que, aunque no sonara, me acompañó durante las horas de este viaje que me trajo recuerdos de tiempos pasados: La leyenda del tiempo, de Camarón. El flamenco, el blues de la piel de toro: “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero”.