Las golondrinas

Golondrina
Golondrina

«Tengo un comecome desde hace días, que me ronda la cabeza y me ha vuelto ahora que le acabo de coger a usted en el taxi, será porque, perdone, tiene usted cara de pájaro. ¿Dónde están las golondrinas? Las había a cientos en mi aldea, cuando venían a criar. Yo soy de un pueblo de Llanes, en Asturias, ¿sabe usted? Pero ya apenas las veo cuando voy de visita allá. Tampoco las veo en Madrid, en donde llevo cuarenta años trabajando en el taxis. Recuerdo que hacían nidos en los aleros, en cualquier recoveco. En mi pueblo decían que había que dejar los nidos de golondrina, que traía mala suerte destruir uno. Luego me vine a la ciudad, cagondiós, donde todo son hierros y aceros, y tampoco las veo. Tengo un comecome… En cuanto llegue a mi casa le voy a tocar el tema a mi mujer, que es cántabra, porque en su tierra también han desaparecido. Que llame a su hermana, que vive allí, y le pregunte qué ha pasado con las golondrinas. Bueno, con tanta conversación, ya hemos llegado a su destino.» Hasta la próxima, señor, le contesté, no sin antes preguntarle: “Por cierto, ¿qué cree usted que está pasando con los gorriones de la ciudad? Tampoco se ven tantos como antes”.

Pequeña alegría

Anchoa & Rev¡lla
Anchoa & Rev¡lla

Arranca la semana con una pequeña alegría. ¿La economía?, lo habitual. ¿La política?, lo habitual. ¿Egipto?, lo habitual. ¿Contaminación en Madrid?, subiendo… No, la pequeña alegría viene del Cantábrico. Es una noticia de El Diario Montañes de hoy lunes: “Las conserveras ponen a la venta las primeras anchoas del Cantábrico después de cinco años”. “Primero fue la alegría de saber que volvía a haber bocartes del Cantábrico. Que los barcos que se echaron a la mar en los primeros meses de 2010 conseguían en abril y mayo una buena captura después de casi cinco años en dique seco. De una parte de aquella pesca ya se ha dado buena cuenta, pero aún queda lo que se compró para conserva. Los bocartes de primavera se metieron en el barril y se dejaron madurar. Hace sólo unas semanas que esas barricas se abrieron y esas anchoas se enlataron o embotaron. Ahora toca lo mejor: comérselas.” Con el caladero cerrado desde 2005, toda la pesca que se había transformado en Cantabria desde entonces se traía de Croacia o Marruecos. ¿Se enrollará el presidente Revilla y nos mandará una lata?

Altamira

Bisonte
Bisonte de Altamira

El camino evolutivo del ser humano es un no retorno desde el árbol a la tierra, desde la caverna al mundo exterior. Descendimos de las ramas, hace millones de años, en África; salimos de las grutas que pintaban nuestros ancestros hace otros miles de años en el norte de España y en otros tantos lugares. Son noticia estos días las cuevas de Altamira, pintadas en el Paleolítico Superior, ahora que se plantea la posibilidad de que unos pocos afortunados puedan volver a ver una de las grutas que habitamos, cerradas a cal y canto durante los últimos tiempos para preservarlas de cara a futuras generaciones. Es una decisión polémica, no obstante, porque está en juego la conservación de un bien tan preciado y el ser humano ya sabemos que exhala unas partículas destructivas. De ella sólo se podían ver algunas reproducciones, una in situ allá en su museo de Santillana del Mar; otra aquí en Madrid, en el jardín de Museo Arqueológico Nacional. Volver a las tinieblas y deslumbrarse de golpe con los trazos y las formas de la fauna prehistórica, retornar al genio creativo del ser humano que nos permitió avanzar, aunque todavía pervivan gentes que parece que no se hayan bajado del árbol.