Carta a mi sobrino

Libia
Libia

Querido Alberto. Acabas de hacer 18 años. Ya eres mayor de edad. Cómo pasa el tiempo: aún recuerdo cuando eras pequeño, como un garbanzo revoltoso. Ya eres adulto y tienes plena capacidad de obrar y para hacer cosas que antes te estaban vedadas. Puedes, por ejemplo, sacarte el carné de conducir. Y también puedes votar. Tienes en tus manos -y podrás ejercerlo en las próximas elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo- el derecho a elegir quién gobierna el espacio público. Parece una tontería, pero hay muchas personas que han dado su vida para que los jóvenes como tú puedan realizar un gesto para nosotros ahora tan familiar como introducir un voto en una urna. Fíjate en todos los jóvenes que están participando en las revoluciones árabes, movidos por un ansia de libertad y de sacudirse de encima a los amojamados sátrapas que les venían gobernando. Muchos de esos jóvenes seguro que no han podido votar nunca, o quizá lo hayan hecho en elecciones falsas, de cartón piedra. Jóvenes, por cierto, muchos de los cuales han empleado las redes sociales virtuales para armar esta revolución. Jóvenes y adolescentes árabes que hacen un uso adulto de las redes y que nos han dado una lección a muchos mayores occidentales obsesionados con hacer un uso adolescente de las redes.

Carta a Paul Auster

Paul Auster
Paul Auster

«Estimado Paul Auster. Sus libros siempre me hacen pensar en los complejos vericuetos de la identidad humana, que usted con tanta maestría describe, y desde planos tan distintos. Creo recordar que es en su libro semibiográfico El Palacio de la Luna donde uno de los personajes habla de que en alguna parte, en algún lado, vive un tipo igual que él, o que yo, o que usted, que posiblemente se llame igual que usted, o que yo, y tenga el mismo rostro y quizá piense lo mismo. O piense totalmente distinto pese a ser en apariencia tan iguales. Un amigo me contó hace mucho, cuando éramos adolescentes, en la edad del dolor, la siguiente pesadilla: perseguía, entre brumas, a un individuo de aspecto fantasmagórico y enmascarado, por los pasillos en penumbra del colegio donde estudiaba; le atrapaba, caían rodando al suelo y mi amigo le acababa golpeando la cabeza con un melón, o una sandía; qué extraño desenlace. Al quitarle la máscara, descubrió que el tipo fantasmagórico, desvanecido, tenía su misma cara. Nuestro principal enemigo está en nuestro interior.»