¿Qué fue de?

Krishna
Krishna

«Doctora, qué complicado es en estos días esféricos trabar una conversación cuando a uno no le gusta el fútbol. Menos mal que con usted, aquí en el diván, todo es distinto, y la simple visión de su sonrisa, la comprobación de su escucha solícita a mis paranoias y sus sabios consejos posteriores son todo un consuelo. Ayer, fíjese, parece ser que un bollo suizo con exceso de levadura estalló en plena cara de La Roja, y lo más curioso es la que se montó cuando acabó el partido: la proliferación de ese fenómeno tan español del que hemos hablado alguna vez: el cenizo yoyaísta (No, si yo ya decía que estos chavales a la hora de la verdad se vienen abajo; No, si yo ya sabía que España no pasa de la primera fase). Qué país, y ya le digo que a mí el fútbol me trae al pairo, pero, ¿por qué nos falta tanta empatía? En fin, doctora, que menos mal que usted me escucha; así que, cambiando de asunto, y como veo que a usted tampoco el gusta el balompié, aprovecho para plantearle un tema que ha atribulado mis sueños esta pasada noche: ¿qué fue de los hare krishna? ¿Se acuerda de ell@s? Esos jóvenes y jóvenas de melena lacia y largas vestiduras, que antes eran tan habituales en las calles del centro de esta capital, moviendo las caderas al ritmo de sus salmodias (Hare Krishna Hare Krishna / Krishna Krishna Hare Hare / Hare Rama Hare Rama / Rama Rama Hare Hare). Tod@s hemos tarareado ese mantra alguna vez cuando veíamos su show en Sol, o en Preciados, aun sospechando que era una secta rara. ¿Qué fue de ellos? ¿Ha tenido alguna vez en esta consulta a alguno, doctora?»

¡País!

¡Más empatía!
¡Más empatía!

«El caso es que tengo un dolorcillo aquí, atrás, en la espalda. Uf, míratelo, seguro que tienes algo malo; así empezó mi cuñada, y ya ves. Vaya, parece que al coche no le quiere entrar la marcha. Uf, claro, con este coche viejo; te veo comprando uno nuevo y, vaya, justo ahora que acaban las ayudas oficiales y sube el IVA, qué mala suerte. Estoy preocupada por mi empresa; la cosa va mal. Uf, qué mala pata, y con la edad que tienes; no te preocupes (que si necesitas algo ya sabes dónde no me tienes). Pues resulta que ando de baja; me han encontrado algo raro y estoy preocupado con las pruebas. Uf, ¿me lo dices o me lo cuentas?; yo acabo de tener un catarrazo que pa qué. Tengo un cabreo; mi hijo pequeño no estudia nada y no veo manera de motivarlo. Uf, carne de cañón; si yo ya te decía que ese chico es un vaguete. Espero que salgamos de la crisis cuanto antes. Uf, qué va. Mira Grecia. Vaya, parece que el avión atraviesa una turbulencia; qué nervios. Uf, nos matamos fijo. Padrenuestroqueestásenloscielos. Qué bien está remontando el equipo; creo que salvará la Liga. Uf, para nada. Estos mantas bajan a segunda, fijo. ¿Qué tal me queda el vestido? Uf, te hace un poco gorda, ¿no? Estoy segura: quiero tener un hijo. Uf, ¿a tu edad? Mira que ya estás talludita. Etcétera… ¿Por qué nos cuesta tanto, sencillamente, intentar comprender al que tenemos enfrente? Curiosa España, doctora, este país en el que tododios tiene un cenizo dentro, siempre en forma de última y fatalista palabra para decir, apostillar y quedar por encima, como el aceite (con algunas honrosas salvedades, de acuerdo; no hay regla sin excepción). Dígame, doctora, ¿dónde pueden recetar empatía («Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro», DRAE) en dosis industriales?»